Por José Luis Enríquez Guzmán / Imagen: Germán Saenz. Soda Stereo. Sitio Oficial

Entre lágrimas inesperadas, que ningún manual de ética laboral puede detener, una presentadora de noticias trató de leer la dura noticia del telepronter. Antes de que se le quebrara la voz, improvisó unas cuantas palabras: “A veces no sabemos hasta dónde nos acompañan los artistas en nuestros momentos personales”. Con esa frase culminó la nota que anunciaba lo impensable: tras cuatro años en coma, Gustavo Cerati había fallecido. Más de uno dijo aquella lluviosa tarde invernal del hemisferio sur que Cerati sin duda dejó un legado, que varios músicos caminan por donde el ex vocalista de Soda Stereo dejó huella. Sin embargo, poco se ha hablado de lo que lo llevó a él, Zeta y Charly a formar una de las bandas de rock pop más importantes en español.

Soda Stereo no es un producto arbitrario; su música se debe a un contexto y al camino que otros más trazaron. Ante esto, los siguientes párrafos pretenden mostrar el lado b de los inicios de Soda, pero no como relato biográfico, sino como una síntesis histórica de los eventos que moldearon no sólo la carrera de este trío, sino también la de otros grupos argentinos.

La Argentina que vio dar sus primeros pasos en la música a Gustavo Cerati era un país convulso, inmiscuido en el contexto de inestabilidad política que caracterizó a Centro y Sudamérica en la década de 1970. A la par que Gustavo escuchaba los discos de Led Zeppelin y The Police, que su padre le traía de Estados Unidos, en las calles de Buenos Aires se libraba una batalla por las libertades políticas.

Desde la caída de Juan Domingo Perón en 1974 el país entró en una crisis política, que fue aprovechada por la Operación Cóndor, una serie de acciones militares ejecutadas por la CIA para imponer regímenes que promovían los intereses económicos de Estados Unidos. Tan sólo un año antes, Augusto Pinochet orquestó un golpe de estado contra Salvador Allende, cuyo gobierno atentó contra los intereses de las empresas norteamericanas que extraían cobre. De esta forma, en 1976 se instaló la dictadura militar encabezada por la Junta Militar, siendo Rafael Videla uno de los miembros más destacados, que duraría hasta 1983. Para fines prácticos, sólo nos referiremos a una de las tantas prácticas de la dictadura que, como se verá, consiguió el efecto contrario a lo que buscaba.

Todas las dictaduras se afirman sobre un nacionalismo bárbaro, que califica o descalifica a ciertas prácticas o personas de acuerdo a sus intereses. La dictadura de Videla encontró al enemigo perfecto en el comunismo, debido al contexto de la latente Guerra Fría, cuyo núcleo de seguidores se encontraba en las universidades, y estaba conformado en su mayoría por jóvenes. Así, el régimen se encargó de figurar a los jóvenes como enemigos potenciales, por lo que acotó los espacios de recreo de la población más joven. Ante esta represión, se buscó una salida, una manera de expresar el desacuerdo con un régimen violento, que para 1983 ya había desaparecido a más de 30 mil “disidentes”.

No es casualidad que durante los primeros años del gobierno de la Junta Militar (1976-1977) haya habido un boom de bandas de rock que se convirtieron en la voz de la oposición. Sin embargo, estos eventos masivos se llevaban a cabo en espacios comerciales masivos, como si no se temiera a la represión. Sin lugar a dudas, la fiesta era sinónimo de acción política; asistir a recitales masivos era el equivalente a las movilizaciones sociales.

Pronto el rock pasó de ser una manera de discernir del gobierno, al que no parecía importarle mucho, a una acción peligrosa que podía terminar con la vida de quienes se atrevían a hacerlo. En 1980 se publicó una lista negra que prohibía el consumo de ciertos libros, películas y canciones. Un total de 242 canciones fueron vetadas de la radio. Los conciertos masivos en el Luna Park se redujeron al equivalente de los hoyos funky a los que el rock mexicano se vio obligado a emigrar ante la prohibición gubernamental del género en la década de 1970.

A estas alturas de la represión, la música, como práctica, se interiorizó; esta retrospección se tradujo en una mayor complejidad del mensaje lírico, que ocultaba mensajes de crítica dura contra la Junta Militar en versos rebuscados y ritmos alegres que parecieron dejar a un lado el abanderamiento político.

Como ejemplo puede mostrarse un fragmento de “Nos siguen pegando abajo” de Charly García:

“Ella se quedó sin boda ni arroz/Y al novio lo agarraron entre muchos más que dos/Miren lo están golpeando todo el tiempo/Lo vuelven a golpear/Nos siguen pegando abajo”.

Pronto, el enemigo a vencer por Videla y el resto de su gobierno dejó de salir del territorio nacional, y pronto se convirtió en un enemigo exterior que cantaba en inglés.

El 2 de abril de 1982 Argentina desplegó a sus tropas en las Islas Malvinas, reclamadas por los británicos desde finales del siglo XIX y que se encontraban en una especie de litigio mediado por la Organización de las Naciones Unidas.

Entre algunas de las acciones del gobierno en contra de la ocupación inglesa, estuvo la prohibición de música proveniente de la isla británica. El sonido de The Beatles, Queen o The Police había quedado relegado por decreto presidencial.

Empero, el rock nacional, que tan sólo dos años había sido acallado por una orden similar, volvió a sonar en la radio; hubo un cambio de discurso en cuanto a la otredad: si bien el rock argentino fue tachado de subversivo, cuyos principales consumidores eran los jóvenes,  y contrario a los intereses de la Junta Militar, ahora respondía al discurso nacional, ante el conflicto con el país liderado por la Dama de Hierro.

Esta guerra, aun con el número elevado de bajas en el frente argentino, marcó el fin de la dictadura y el restablecimiento de la democracia. Aunado a esto, la música experimentó un repunte comercial ante la llegada de casas productoras, representantes y conciertos; lo que antes se repudiaba como rebeldía, ahora se consumía como diversión. No sólo hubo cambios en la industria per se, sino que las bandas y cantantes también experimentaron con nuevos sonidos y propuestas líricas, que dejaron atrás los ritmos solemnes y letras contestatarias de la dictadura.

A finales de ese año, un grupo de amigos, que llevaban encerrados en una sala de ensayo desde meses atrás, fueron invitados a tocar en la fiesta de uno de un conocido, ya que la banda que iba que iba a amenizar el evento canceló de último minuto. Sonaban diferente. Su sonido hacía pensar que no habían sido partícipes de la ola de terror durante su etapa formativa; atrás quedaron la mezcla de sonidos como el jazz y el rock que, si bien siguieron presentes posteriormente, ya no encerraban signos cuasi contestatarios.

Charly Alberti dijo en una ocasión que le impresionó la cantidad de bandas anglosajonas que conocían Gustavo y Zeta: Elvis Costello, Blondie, Sex Pistols, y, por supuesto, The Police. A su vez, empezaron a mezclar el sonido pop de la isla inglesa con ska y reggae. Todo esto, aunado a una vestimenta que imitaba a The Cure, rayando en un estilo más gótico, que se separó del estilo de otras bandas como Virus, cuyos atuendos destilaban ambigüedad sexual y libertad. Gustavo, Zeta y Charly estaban listos para conquistar el continente, aunque ellos aún no lo sabían.

Si bien estas líneas no pretenden acotar la explicación del contexto de la banda, puede afirmarse que su carrera musical se vio beneficiada por dos coyunturas: la apertura musical que representó el término de la dictadura de la Junta Militar y la “lucha” de varios artistas anteriores que supieron adaptarse al contexto que vivían y mantuvieron prendida la llama del rock, que en la década de 1980 sostuvieron Gustavo, Zeta y Charly.

 

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