Por Miguel Ángel Isidro

Pocos personajes han tenido la capacidad de representar con su obra y trayectoria el sincretismo cultural del México contemporáneo. Pero sobre todo, el de las culturas populares.

Celso Piña, “El rebelde del acordeón” abandonó este plano existencial, pero deja tras de sí el enorme legado de su música, su discurso, y sobre todo, su extraordinario carisma.

Como géneros musicales, la cumbia y el vallenato sentaron sus reales entre las clases populares de distintos sectores del país; hay quienes vinculan este fenómeno a la migración, y otros más a realidades tan complejas como la expansión continental del crimen organizado.

Sea como haya sido , el legado de Celso Piña trasciende su tiempo y su natal Nuevo León.

En lo personal, tuve la oportunidad de verlo de cerca en 2013. En aquel tiempo trabajaba en el Ayuntamiento de Matamoros, ciudad a la que llegó el artista para ofrecer un concierto gratuito -como debe ser- en la plaza principal, en el marco del Festival Internacional Tamaulipas.

El gobierno local organizó una improvisada recepción para el Maestro Piña, quien amablemente estrechaba manos, se dejaba tomar fotos y firmaba autógrafos. A cada saludo correspondía con un cálido pero coloquial “cámara”, “chido”, y el muy norteño “está con madre”.

De su presentación, aparte del torbellino musical recuerdo algunos detalles interesantes. A mitad del recital, subió al escenario a dos vendedores de algodones de azúcar que bailaban muy animados con todo y su mercancía. Y como los grandes, ahí en caliente, les compró toda la “merca”, misma que empezó a regalar entre los ocupantes de las primeras filas.

Como parte del staff de prensa, me tocó ver el show desde uno de los balcones del Palacio Municipal. Y desde ahí pude apreciar otro apunte peculiar: la policromía del público.

En algunas zonas se ubicaban personas de apariencia de clase media, que tímidamente aplaudían y movían los pies al ritmo de los acordes de Ronda Bogotá.

Y en el tendido más amplio de la explanada, sobre todo a los costados del escenario, sobresalían dos enormes círculos de personas con apariencia más modesta, muchos con atuendo cholo, ganando espacio para bailar sin recato al más puro estilo chúntaro: la cumbia suelta, desafiante, vaciladora, con los dedos representando a su barrio y con los pasos propios del género, la motoneta, El Caballito, el Gavilán….

El poder se la cumbia en pleno.

Hoy murió el Celso Piña de carne y hueso. Pero hoy mismo se refrenda la leyenda del guerrero; el Rebelde del Acordeón.

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