Una reseña analítica de la obra editorial de Laura Castellanos

 Por Frente Oriente

  1. Entrada

A lo largo de la historia mexicana del siglo XX, y lo que va del XXI, hemos visto cómo las instituciones políticas que norman la competencia por el poder se han tornado cada vez más complejas. El sistema político mexicano se ha ocupado en ofrecer una aparente amplia gama de organismos para la lucha política donde los partidos políticos han sido la vía para aspirar a la conquista del aparato gubernamental. Con gran pragmatismo y una diluída definición ideológica se ha conformado el actual sistema de partidos en el México contemporáneo y son éstos, precisamente, las instituciones legales de manifestación política mediante las cuales se puede participar dentro de los parámetros que el Estado impone.

El triunfo electoral del partido Morena –expresión reciclada de la más rancia socialdemocracia pragmática y oportunista priista– en el último proceso electoral es parte de esta nueva reconfiguración de las fuerzas partidistas en el país que tiene como antecedente la lucha de una serie de movimientos sociales que durante décadas se confrontaron directamente con la clase política nacional y con su forma totalitaria de hacer política, pues con la cada vez más activa organización popular se logró que cierta apertura fuera posible.

Sin embargo, fuera del sistema legal también se han desarrollado movimientos de lucha política revolucionaria caracterizados por su vida clandestina y la vía armada como factor de transformación social. Estos grupos no han sido expresiones aisladas o ajenas a la realidad nacional, por el contrario, han respondido a momentos concretos de la historia de México. Las guerrillas han acompañado a todo el sistema político por más de medio siglo siendo ocultos protagonistas, a veces más y en ocasiones menos, de las transformaciones que se han sucedido en nuestro país.

La lucha guerrillera ha tenido una historia oscura y de difícil acceso, pues en la década de los setenta fueron sometidos a una durísima represión por parte del Estado. En ese periodo se estableció una batalla feroz entre guerrilleros, policías y soldados que en las calles de las principales ciudades del país, así como en inhóspitas zonas serranas del sureste mexicano, dejaron verdaderos baños de sangre con saldos negativos para la población civil. Es a este periodo al que se le ha denominado de la “Guerra Sucia” y que mostró la cara más atroz de la política de Terrorismo de Estado, expresión fundamental de la estrategia de Guerra de Baja Intensidad (GBI) la cual es una doctrina totalizadora de la contrainsurgencia, o sea, una política militar para sofocar cualquier tipo de resistencia popular o lucha revolucionaria conducida en términos ideológicos.

Muchas de estas organizaciones revolucionarias guerrilleras tuvieron golpes militares y políticos espectaculares, pero todas terminaron exterminadas por los grupos especializados de represión política creados por el Estado y bajo las órdenes de la desaparecida Dirección Federal de Seguridad (DFS) y por el Ejército, asesorados puntualmente por la CIA.

Al pasar los años estas experiencias fueron condenadas al silencio, al olvido. Pero sus secuelas continuaron contándose en historias de horror, desesperanza y tristeza… la huellas de la represión, de las masacres, de la desaparición forzada. Historias que delinean el funesto presente lleno de muerte y violencia como una táctica de terror para lograr el despojo de las posesiones comunitarias que acrecienta las ganancias de los poderosos oligarcas de este país.

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Asesinato de Lucio Cabañas. Fotografía: Especial.

La operación conjunta del Estado, la burguesía y el paramilitarismo para arrebatar y enajenar tierras, ejidos y hasta pueblos enteros con la finalidad de desarrollar sus actividades de despojo de recursos naturales es elocuente: el Estado proporciona a la burguesía la concesión para la explotación de los recursos de alguna zona en específico. Evidentemente esta política de despojo sustentada en la legislación vigente genera la inmediata organización, lucha y resistencia de los pobladores directamente afectados por proyectos de muerte que devastan por igual vidas humanas y el entorno ecológico. Aquí es cuando entran las actividades de grupos paramilitares quienes con la absoluta complacencia –y  hasta apoyo– del Estado, siembran una campaña de violencia, crímenes y terror en la población hasta que ésta, horrorizada por los crímenes más deleznables, abandona sus tierras y poblaciones dejando el camino abierto a las grandes corporaciones para la implementación de sus actividades extractivas. Las poblaciones que se habían organizado, luchado y resistido contra estos megaproyectos hoy están prácticamente sitiadas y dominadas por los grupos paramilitares denominados “delincuencia organizada”. En el discurso del Estado la denominación “delincuencia organizada” se ha convertido en la coartada perfecta para avanzar en esta política de despojo y opresión.

Entonces, como en las luchas del pasado, los pueblos se arman y se embozan para defender su vida, su tierra, sus familias… algunos otros mantienen su tenaz lucha por la transformación revolucionaria de su país.

La historia de México también es una historia de movimientos armados y embozados, una historia de resistencia y dignidad; una historia contra el olvido y la opresión… una historia maravillosa que el Estado ha querido acallar mediante su política bestial de terror y represión; y esa es la historia que Laura Castellanos ha decidido contarnos con toda pasión y honestidad, la historia del México Armado y embozado.

 

  1. La esperanza camina con capucha 
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Imagen: Proceso Foto

En las crónicas México Armado. 1943-1981y Crónica de un país embozado. 1994-2018 realizadas por la investigadora y periodista Laura Castellanos, se ponen de manifiesto dos ejes que para nuestro análisis nos parecen fundamentales. A saber:

Por una parte, la esperanza de transformar al país radicalmente con un proyecto revolucionario en el caso de los movimientos armados revolucionarios –denominados comúnmente “experiencias guerrilleras”– o, en el caso de las expresiones populares de pueblos y comunidades organizados en la defensa de sus territorios, lograr la conformación de un país justo, democrático y con un Estado que no violente los intereses del pueblo con tal de satisfacer los intereses del gran capital.

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Huelga de hambre del Comité ¡Eureka! Fotografía: Museo Casa de la Memoria Indómita

Por otro lado, la violencia estatal y la actuación criminal de todas las instituciones del Estado en contra de diversas formas organizativas, de lucha y resistencia que se oponen al Estado, los intereses oligárquicos y la violencia que éstos desatan contra el pueblo entero.

En este camino se encuentran una serie de vastas expresiones organizativas cuyas perspectivas políticas pueden resultar antagónicas entre ellas e incluso presentarse aparentemente ajenas unas de otras. No obstante, cada experiencia organizativa que decide hacer frente a las políticas violentas que el Estado impone a la sociedad debe ser reconocida como una expresión netamente política, pues se oponen directamente a los designios del Estado y la burguesía a quien representa pues, como expone claramente Castellanos retomando al desaparecido escritor Carlos Montemayor: «la violencia institucional es la que provoca la violencia popular, no al revés». Desapariciones, tortura, asesinatos, corrupción, impunidad, pobreza, analfabetismo, falta de vivienda, etcétera, «son formas de una violencia legal, institucionalizada, y la inconformidad social surge para que esta violencia cese».

De esta manera, en el largo camino de lucha que el pueblo mexicano ha transitado nos encontramos con expresiones subversivas que, si bien pudieran parecer marginales, han sido la manifestación constante de rebeldía y descontento de nuestro pueblo; mismas que han logrado desnudar el carácter represor y altamente violento de un Estado que, por este mismo carácter, necesariamente responde a intereses particulares: los del gran capital.

La profunda investigación de Laura Castellanos sobre el México Armado nos muestra un hecho incontrovertible: que las guerrillas desarrollan sus proyectos políticos en el seno de la sociedad, dentro de ella se respaldan y crecen, en mayor o menor medida, y hacia los sectores más depauperados de la sociedad dirigen sus planteamientos y reivindicaciones políticas. En este sentido, reiteramos que las guerrillas son parte fundamental de la realidad política y su acción incide directamente en las decisiones políticas, económicas, jurídicas y policíacas que el Estado adopta contra ellas y contra la parte de la sociedad que las apoya. Las guerrillas son un fenómeno social y surgen de las condiciones materiales concretas de una formación social dada; son activamente sociales y, por lo general, se contraponen ideológica y políticamente a las clases sociales dominantes. Las guerrillas actuales sostienen la concepción de lucha de clases y sus maniobras intentan intensificarla. Al dirigir su acción político-militar contra el Estado y sus aparatos de represión, dinamizan los procesos de transformación social y la respuesta estatal frecuentemente es una reforma legal al servicio de los intereses de grupos y clases poderosas, que busca desarticular su base social y minimizar su acción armada.

Las guerrillas han estado presentes durante toda la historia mexicana: los magonistas son, sin duda, la primera estructura político-militar de corte socialista en la historia del México contemporáneo [1]. El Ejército Libertador del Sur comandado por Emiliano Zapata y la División del Norte villista también organizaron su lucha privilegiando la táctica de guerra de guerrillas.

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Mitin de Rubén Jaramillo. Imagen: Mediateca. INAH.

Pero el intenso viaje que Laura Castellanos nos ofrece a través de la historia de las organizaciones guerrilleras inicia con la lucha agraria encarnada por Rubén Jaramillo quien encabezó una de las rebeliones armadas más influyentes en la historia mexicana.  Desde los tiempos de su militancia en el movimiento del General Emiliano Zapata hasta su derrota, luchó incansablemente por los ideales expresados en el Plan de Ayala; sólo el crimen que segó su vida, en mayo de 1962, detuvo su acción política.

El tránsito de Rubén Jaramillo por la vida política le llevó primeramente a luchar por la vía electoral en la que las puertas le fueron cerradas; situación que terminó por arrojarlo a la lucha armada al resultar imposible resolver por la vía institucional los problemas a los que se enfrentan de manera cotidiana los campesinos de una región históricamente empobrecida, rebelde y confrontada con la explotación y el despojo al que constantemente es sometida: el estado de Morelos.

De esta forma la lucha jaramillista, así como otras experiencias de lucha organizada en México –por ejemplo la de Genaro Vázquez y la Asociación Cívica Guerrerense–, experimentaron diversas formas de lucha y organización: la movilización, la gestión, la vía electoral, las armas, el retorno a la vía legal e institucional, el retorno a las armas y la clandestinidad. Con cada paso, hacen emerger también la cara más violenta y nefasta del Estado.

La lucha jaramillista fue brutalmente reprimida por el Estado y sus fuerzas de coerción. El asesinato de Rubén Jaramillo y toda su familia ahogó una lucha envuelta de dignidad y tesón… pero no logró terminar con la esperanza de un mundo mejor.

* * *

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Madera, Chihuahua. Foto: Especial

La Revolución Cubana, con una guerrilla triunfante y su conversión socialista en la Segunda Declaración de La Habana, motivó una nueva forma de entender la lucha guerrillera a nivel mundial y en México tuvo una repercusión determinante.

Laura Castellanos nos introduce a un mundo donde la esperanza se viste de socialismo, de lucha liberadora, emancipadora. Y es que a mediados de los años sesenta un grupo de jóvenes guerrilleros asaltaron el Cuartel Militar Madera situado en la ciudad del mismo nombre en el estado de Chihuahua, el 23 de septiembre de 1965. Esta acción inaugura la lucha guerrillera por el socialismo en México. Encabezados por el profesor Arturo Gamiz y el doctor Pablo Gómez, el grupo chihuahuense denominado Grupo Popular Guerrillero (GPG), atacó militarmente al ejército para protestar por el despojo de tierras y el hostigamiento de los ganaderos de la región apoyados por el entonces gobernador Práxedes Giner Durán. El saldo fue negativo para el GPG.

Después de esta fecha fatídica se da una verdadera proliferación de organizaciones guerrilleras entre las que sobresalieron: Frente Estudiantil Revolucionario (FER); Liga Comunista 23 de Septiembre; Fuerzas Revolucionarias Armadas del Pueblo (FRAP); Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR); Fuerzas de Liberación Nacional (FLN); Asociación Cívica Nacional Revolucionaria (ACNR) de Genaro Vázquez; Brigada Campesina de Ajusticiamiento del Partido de los Pobres (PDLP) de Lucio Cabañas; la Unión del Pueblo, que después se transformaría en el Partido Revolucionario Obrero Clandestino Unión del Pueblo (PROCUP), entre muchas otras.

El movimiento estudiantil de 1968 sirvió de catalizador en la creación de todos estos grupos, pues muchos de los estudiantes que se radicalizaron vieron como única opción real de participación política la clandestinidad y la lucha armada. Así, todos estos grupos se enfrentaron a los gobiernos de Luis Echeverría y José López Portillo.

Las condiciones histórico concretas de la lucha de clases mexicana anidaron en todos estas estructuras político-militares diferentes concepciones de disputa política que finalmente, hacia los años sesenta, las obligó a transitar hacia la lucha armada para la concreción de sus objetivos estratégicos. Este no fue un hecho mecánico o de moda. En realidad el cúmulo de organizaciones políticas que accionaron políticamente en los difíciles años cincuenta, de anticomunismo inveterado, arribaron a la lucha guerrillera no sólo por encontrar los canales legales cerrados para su acción. Sin duda, este es un factor importante pero no el único ni el más relevante.

La adopción de una táctica militar en la ruta estratégica que se trazaron los colectivos y organizaciones políticas los llevó a adoptar una práctica política inédita en la historia de la lucha revolucionaria mexicana. Tampoco la conversión de organizaciones legales a estructuras político-militares fue un hecho uniforme y es importante no perder de vista que, como plantea Montemayor, «no es posible, sin embargo, señalar una línea divisoria clara entre los grupos propiamente armados y las organizaciones populares activas, cambiantes y complejas que enarbolaron reivindicaciones agrarias, magisteriales o sindicales»[2]. Las formas de estructura orgánica que cada grupo político adoptó experimentaron diversas combinaciones de compartimentación y clandestinidad; con ello, podemos decir que la historia de la lucha guerrillera por el socialismo del México contemporáneo es larga y compleja e intentar aglutinar el análisis del movimiento guerrillero como unidad cognoscible homogénea y producto de las mismas condiciones sería metodológicamente incorrecto; cada grupo guerrillero ha surgido como una fuerza política y social con expectativas y lineamientos políticos diferentes así como con programas y posturas político-ideológicas también distintas. Cada guerrilla es síntesis de múltiples determinaciones en un contexto histórico determinado, ello hace que la composición programática no sea homogénea a lo largo de la historia; y todo esto Laura Castellanos lo fundamenta con un rigor excepcional.

 

III. La violencia es la sinfonía del Estado

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Al iniciar la persecución de las experiencias subversivas –armadas o no– el aparato estatal se vuelca en la denostación de estas expresiones organizativas. Los medios de comunicación, a excepción de algunos pocos, serán siempre uno de sus brazos principales. Los medios masivos, como parte de las instituciones del Estado, han tenido un papel relevante en el proceso de linchamiento y la pretensión de despolitizar las diversas formas organizativas que se han manifestado en nuestro país.

Desde los años de mayor movilización de Jaramillo, hasta la actualidad, los medios de comunicación, en términos generales, han difundido sin mayor empacho los dichos del gobierno en turno, ya sea que se trate de expresiones armadas, insurreccionales o simplemente aquellas que confrontan con su movilización las acciones depredadoras del capital y su Estado.

El trabajo de archivo de Laura Castellanos es exhaustivo y, gracias a ello, nos da cuenta de planas enteras de periódicos donde pueden leerse notas con contenidos extraídos directamente de los partes judiciales sin que exista siquiera una intención por corroborarlas. Textos tales como «un delincuente común que asesinaba, asaltaba y robaba…»en referencia a Jaramillo; «Grupo de agitadores que instruía para la lucha de extrema izquierda…»en el caso del Movimiento Revolucionario del Pueblo; motes como “terroristas”, “sanguinarios”, “intoxicados”, cuando se hablaba de los guerrilleros pertenecientes a la Liga Comunista 23 de Septiembre o simplemente “vándalos”en años recientes a manifestantes que ejercen formas de lucha diversas, son algunos ejemplos del manejo denigrante que la prensa ha hecho en contra de aquellos que se atreven a rebelarse contra el poder capitalista.

Con esta práctica, el Estado pretende arrancar el carácter propiamente político de este tipo de manifestaciones sociales para ubicarlas en el terreno de la acción puramente “delincuencial” pretendiendo así criminalizar a estas organizaciones y poder ejercer sobre ellas la acción represiva más cruenta.

Además de esto, las diversas instituciones del Estado donde se encuentran inscritos los órganos judiciales y policíaco-militares han hecho gala de tremenda saña hacia quienes se manifiestan en contra de políticas criminales impuestas a este pueblo y que han costado literalmente sangre, sudor y lágrimas.

Todo ello queda perfectamente consignado en los textos desarrollados por Laura Castellanos. Las cárceles clandestinas operadas por militares de alto rango u órganos policiales, las brutales torturas, desapariciones, vejaciones sexuales, ejecuciones extrajudiciales, persecución judicial y demás prácticas execrables no son actuaciones del pasado aplicadas únicamente a guerrilleros y sus familiares. Así queda asentado en estas investigaciones; todas estas prácticas continúan aplicándose a movimientos como las autodefensas, policías comunitarias, defensores del territorio, defensores ambientales, células anarquistas, movimientos autonómicos, etcétera; todo ello como parte de la continuidad de la política de Terrorismo de Estado aplicada bajo la doctrina de GBI.

Esta doctrina implica también la ocupación militar de territorios conflictivos”. Ahí se utilizan las necesidades básicas de las comunidades para dividirlas y generar encono y violencia; campañas de vacunación en zonas donde normalmente los niños mueren por enfermedades curables, creación de caminos que sirven más como elementos de contrainsurgencia que como vías de comunicación reales, programas sociales que ni siquiera logran paliar los graves problemas de alimentación y miseria en la que estas comunidades viven diariamente, son sólo algunas de las formas que el Estado utiliza para continuar desarticulando y golpeando las luchas populares que defienden y exigen les sean respetados sus derechos.

El uso de bandas paramilitares convalidadas y en muchos casos financiadas por el Estado o algunos grupos de la burguesía que actúan como propagadores del terror y la violencia, son otra forma en que se aplica la política de Terrorismo de Estado. Ello queda abiertamente retratado en Crónica de un país embozadoen el caso, por ejemplo, de las autodefensas en Michoacán. En este capítulo podemos observar de manera clara la actuación del aparato Estado en su totalidad para la aplicación de esta repugnante política. Las víctimas son, en su mayoría, jóvenes trabajadores (cortadores de limón, jornaleros, empleados de productores de limón o aguacate) quienes, al ver amenazada su fuente de ingresos por la presencia de grupos delincuenciales que sirven a los intereses de uno u otro grupo de la burguesía local, deciden enrolarse en acciones armadas organizadas por las denominadas autodefensas.

Esta forma de organización será permitida por el Estado hasta el punto en que le sea funcional para sus fines; es decir, hasta el punto en que los intereses del capital lo decidan. Es por este aval que estos grupos estarán formados tanto por jóvenes jornaleros con honestas intenciones, como por grupos delincuenciales dedicados a la producción y tráfico de estupefacientes. Los intereses de la burguesía local y hasta internacional estarán mezclados en esta experiencia organizativa hasta el final.

La producción y tránsito de mercancías agrícolas de exportación, así como la extracción de hierro y su ilegal tráfico a China son algunos de los elementos que explican los altos niveles de violencia padecidos por los habitantes de la zona. Las masacres ejecutadas por los aparatos policíaco-militares para lograr la desarticulación de las autodefensas una vez que han servido a los intereses del Estado serán, en los hechos, avaladas por la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) sin que los responsables sean hasta el momento llevados a juicio ni las víctimas atendidas y mucho menos se hable de obtener justicia.

Lo mismo sucede con las aberrantes acciones violentas ejecutadas en contra de ex militantes de grupos armados de los años sesenta y setenta. La fugaz Fiscalía Especial para Movimientos Políticos y Sociales del Pasado fue un engaño más del Estado al movimiento social y a las miles de víctimas de Terrorismo de Estado de aquellos años. Las investigaciones a los mandos ejecutores abiertamente identificados por las víctimas no llegaron a traducirse en acciones judiciales contundentes. Incluso a algunos de ellos como el general Acosta Chaparro, acusado por crímenes de lesa humanidad, se le otorgaron cargos en la administración de Felipe Calderón.

De esta forma, la histórica actuación violenta del Estado queda de manifiesto en las investigaciones desarrolladas por la autora. Laura Castellanos, en su obra México Armado, expone una tesis que consideramos completamente válida y es que Miguel Nazar Haro, Mario Arturo Acosta Chaparro y Francisco Quirós Hermosillo, figuras siniestras y principales ejecutores de la más nefasta violencia estatal fueron sólo piezas desechables de un aparato que es, por naturaleza, violento. Si ellos no hubiesen sido los ejecutantes de esta violencia institucional, alguien más lo habría sido, pues la política de Estado no depende de algún personaje particular, sino de la actuación de un aparato entero.

Ante la brutal violencia de Estado en contra de las organizaciones en lucha, la lectura de la obra editorial de Laura Castellanos nos deja una enseñanza aleccionadora para estos días: la resistencia popular a los megaproyectos que busca implementar el nuevo gobierno no será mínima pues en las regiones del sureste mexicano, por ejemplo, la lucha popular es una forma de sobrevivencia ante el despojo, la violencia y el desplazamiento forzado. Los proyectos planeados por el gobierno federal responden a necesidades oligárquicas y no a exigencias populares; así como la represión y el Terrorismo de Estado tienen su origen en los intereses económicos de las cúpulas empresariales. Donde existen extracciones mineras, perforaciones energéticas o explotación de recursos naturales, siempre se ejecuta el hostigamiento, la desaparición forzada, el asesinato político por parte de los cuerpos policíacos y militares o de las fuerzas paramilitares, ejes centrales de la política de Terrorismo de Estado.

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Madres del Comité ¡Eureka! Fotografía: Museo Casa de la Memoria Indómita
  1. Conclusión

La valentía, la honestidad y el compromiso social de Laura Castellanos nos deja una obra editorial sorprendente, transparente y apasionada. Un relato de un historia que el Estado y la burguesía a la que representa, quisieran mantener acallada, en el olvido. Entonces estas investigaciones caen como un rayo en cielo sereno y nos ofrecen una experiencia que debemos aquilatar y rescatar puntualmente.

Igualmente, en los textos de Laura Castellanos queda retratada la lucha de un pueblo que no se ha rendido en su afán por liberarse de las cadenas de la opresión a la que está continuamente sometido por los intereses oligárquicos nacionales y extranjeros.

La historia de resistencia y lucha heredada por generaciones no puede ser echada en saco roto. Esta es una historia viva que nos remonta, por lo menos, a la etapa juarista en la que las batallas de Julio Chávez Lópezparecen ser la simiente de las luchas agrarias, socialistas, anarquistas y autonómicas que en este país tienen expresiones que continúan vigentes y que Laura Castellanos reseña en sus obras.

Este es un pueblo colmado de experiencias heroicas, valiosas y fundamentales para la comprensión de nuestra realidad; a pesar de ello, esta es una historia desconocida por la mayor parte de los habitantes de este país.

Quienes continuamos luchando por alcanzar la total emancipación de las clases trabajadoras, oprimidas y despojadas encontramos en investigaciones como las realizadas por Laura Castellanos elementos fundamentales para la comprensión de una realidad compleja y abrumadora. Para quienes no están inmersos en este tipo de luchas, es una herramienta fundamental para el descubrimiento de una historia vigente y palpitante que es necesario valorar en su justa dimensión.

 

Frente Oriente

Proletario y combatiente!!

Verano 2019

 

Notas:

[1] La decisión de los dirigentes del Partido Liberal Mexicano (PLM) de encabezar una revuelta armada en contra del gobierno implicaba necesariamente operar en la clandestinidad y reorganizar a sus partidarios en función de ese objetivo principal. La jerarquización y la estructura interna del PLM se deben en gran medida a ese propósito.

La estructuración político-militar de la Junta Organizadora del PLM permitió un mayor control por parte de los dirigentes sobre el desarrollo y desenvolvimiento del Partido, dando origen a una estructura jerarquizada donde la Junta tendría injerencia directa en la formación de nuevos clubes; en la realización de las actividades de sus partidarios y éstos en una comunicación real y constante con el centro directivo del Partido.

A su vez, esta forma de organización jerarquizada facilitaría la lucha contra la dictadura y la formación de grupos armados, asegurando también el control de la Junta sobre ellos.

Los clubes clandestinos tenían un carácter celular y debían promover o incorporarse a organizaciones populares de carácter amplio, que lucharan por reivindicaciones democráticas o económicas.

Ver: Lloyd, Jane-Dale y Elena Azaola, La formación y actividades políticas del Partido Liberal Mexicano en 1905-1906, Cuadernos de la Casa Chata, No. 26, Centro de Investigaciones superiores del INAH, México, 1979, Capítulo III: La organización político-militar del PLM, pp. 44-69. También: Cockcroft, James D. Precursores intelectuales de la revolución mexicana, SEP-Siglo XXI, México, 1985.

[2] Montemayor, Carlos. “México y la guerrilla”, en La Jornada, 30 de agosto de 1996.

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