Por Rémy Bastien

Cuando me pidieron escribir unas líneas para esta edición especial dedicada a Spider-Man, curiosamente, pasaron por mi mente en veloz secuencia tres imágenes, tres destellos, tres recuerdos: en vanguardia, la primera lectura de aquel completamente inesperado Amazing Fantasy #15; después, el día en que un joven diseñador me comentó que mis ediciones de El Asombroso Hombre Araña de la década de 1980 le habían salvado la vida; y finalmente, un momento en 1996 en el que Stan Lee, durante su corta estancia en México, me habló sobre la invención de Peter Parker y su alter ego.

Vamos por partes.

No recuerdo bien a bien cuándo empecé a leer, pero fue a muy temprana edad, y leía por igual libros y comics. Durante mi infancia, viviendo y estudiando la primaria en el extranjero, viajando de México a Inglaterra y de regreso, en Haití y Puerto Rico, era muy sencillo hacer mi maleta personal: su función era cargar libros y cómics.

En la adolescencia, habiendo leído cientos de libros, cientos de comics, hice una lectura que, en cuanto al cómic, pulverizó el orden establecido. Un orden que nunca volvería a ser el mismo. Por un buen tiempo casi dejé de leer otros cómics para sólo devorar los de Marvel. ¿Por qué? Porque a través de Stan Lee (y en este caso, también de Steve Ditko), el concepto del superhéroe daba un giro de 180 grados. Como miles de otros chicos, quedé fascinado al leer cómo, tras vivir mil peripecias en la jungla de concreto neoyorquina, Peter Parker regresaba a casa tarde para ser reprendido por la siempre vigilante Tía May. Resultaba simplemente insólito leer que ella le dejaba al superhéroe su vaso de leche tibia y sus galletitas junto a la cama. Y la cima del asombro era que, a escondidas, ¡Peter se ponía a zurcir su traje!

El superhéroe casi sobrenatural, casi divino, había cambiado para siempre. Ahora era un sencillo teenager, con una tía regañona (aunque cariñosa). Era… ¡uno de nosotros!

Años después, el quehacer editorial me llevó a editar cómics de Marvel en Novedades Editores. Revivía aquella tarde en que descubrí Amazing Fantasy #15en una esquina inferior del estante de revistas de un supermercado en el sur del D.F., y era un gusto verter al español y presentar desde el inicio el catálogo Marvel para deleite de nuevas generaciones. Esto no es rollo ni palabrería autocomplaciente. Emily Dickinson escribió: No hay fragata como un libro…Parafraseando, toda proporción guardada, agrego, que en la infancia, tampoco hay bergantín como un buen cómic.

Para quien lee, para quien lee por gusto, en la infancia, en la adolescencia, en la vida adulta, abrir un libro o un cómic es abrir una puerta a la imaginación, al ensueño, a un mundo de espejos en los que centellean fantasías, pero también reflejos reveladores de nosotros mismos, en la vida real, independientes de lo fantástico. Ensueño y revelación, y paz, feliz tranquilidad. Pero, vayamos al segundo recuerdo…

En alguna convención de cómics, hacia fines del siglo pasado, un joven diseñador gráfico profesional me comentó que siempre agradecería mi trabajo de editor en los años 80, porque mis ediciones le habían salvado la vida. Ante mi desconcierto, mi azoro, sonrió y me explicó, palabras más, palabras menos: Mi infancia y mi adolescencia eran tan desdichadas y miserables, que la única alegría de mi existencia era acudir al puesto de periódicos a comprar mis cómics. Me mantenía vivo saber que tal día de la semana tendría en mis manos la nueva edición de El Hombre Araña.

No se rían. En este valle de lágrimas, un cómic bien puede ser un pañuelo reconfortante, de invaluable utilidad. Un arma de resistencia existencial, un ancla para la esperanza.

Y llegamos a la tercera escena. En un interludio en el ajetreado calendario de actividades de la visita de Stan Lee en 1996, cuando él ya estaba cansado, pero contento con las multitudes de admiradores y lectores que celebraban su presencia en México, me dijo, con sinceridad, sin presunciones, palabras más, o menos: A veces, Rémy, me doy cuenta que hay personas que piensan que el día que concebí a Spider-Man sonaron trompetas celestiales, se detuvo la Tierra en su órbita y me cayó encima una luz mística. Pero… simplemente estaba haciendo mi chamba. El jefe me había ordenado inventar nuevos superhéroes, porque la competencia nos estaba comiendo el mandado.

Y me contó lo que ha expresado en incontables entrevistas. Primero pensó en crear a El Hombre Mosca, porque, sentado ante su escritorio en Manhattan, miraba una mosca en la pared. Creo que pocos lamentarán que finalmente, haya preferido una araña…

Ok. Evitemos el delirio. Stan sólo hacía su chamba, la de contador de historias, que es tan antigua como el ser humano. Y, rebasando la mitad del siglo XX, Stan llevaba adelante esa tradición, ahora con arte secuencial. En el siglo anterior, la expresión más popular de la chamba había sido la novela de aventuras, el romance,y entre sus genios estaban Alejandro Dumas, Julio Verne,Henry Rider Haggard y Robert Louis Stevenson. Autores de lecturas maravillosas, casi imposibles de soltar, ensueños y aventuras fantásticas en las que, como marca el canon, acechan siempre momentos de revelación personal, para lectores de todas las edades, “de 6 a 66 años”.

Meditando sobre las herramientas de esa chamba, el incomparable Stevenson escribió: El drama es la poesía de la conducta. El romance es la poesía de la circunstancia.

¿Drama y romance en Peter Parker y su alter ego? Su drama, su conducta, están cifrados en esas famosas palabras del penúltimo cuadro del primer cuento de Spider-Man: Con un gran poder, también tiene que darse una gran responsabilidad. Y la aventura, el romance, nacen de la circunstancia: un mundo desquiciado, cuya pulsación destructiva encarna en los más extraños súper villanos, que eternamente habrá que combatir.

Novela, cómic. Es igual, si se crean con oficio y con cariño. Esparcimiento. ¿Existe algún ser humano que no lo necesite? Romance. Que no nos abandonen nunca los contadores de historias. Que no dejen nunca de hacer su chamba. Lecturas. Pañuelos para el valle de lágrimas. Armas de resistencia existencial. Espejos de fantasías y de vida. Anclas para la esperanza. Ah, y claro, para quien descubre y se entrega a sus hechizos, disfrutes, únicos y acaso insuperables…

© Rémy Bastien V.D.M.

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