Figurita Mexicana

Por Antonio Reyes Pompeyo / Imagen: Especial

Hay que decirlo claro, desde el principio: la Figurita Mexicana no tiene miedo alguno de ser lo que es, ni de expresar lo que expresa sin respeto por alguna prefigurada sacralidad.

Los disparates de estos bits chorrean por la red, se abstienen de cualquier censura y prefieren vagar irreverentes por donde se pueda y por donde se dejen. No se apuesta por la corrección o incorrección política, la vida está por encima de esas adolescentes declaraciones que andan en busca de inclusión y personalidad.

Por eso hoy me ocupo de un tipo que ha aparecido en el ecosistema nacional; uno de los rasgos definitorios del espécimen en cuestión es que, a diferencia de los anteriores, lleva en el seno de su significación la impotencia de quien la nombra, impotencia primeramente sexual que determina un menosprecio autoinflingido.

Mientras aquí se ha hablado del mirrey, del naco, del anarcoverguero, y hasta del huachicolero, cuyos simbolismos con frecuencia corresponden a realidades aspiracionales por los propios etiquetados, ha quedado de lado, y muy al margen, una de esas joyas de la prehistoria mental: la MILF.

Ésta, ambiguamente determinada por las calenturas del hombrecito en turno, es señalada como la Madre A La Que Quiero Cogerme. Y si a ella no le apetece y no le parece el mote pues qué importa, dice el hombre del pito seleccionador.

Porque la etimología nos dice que esta categoría surgió precisamente como resultado de una selección que los pitos hicieron entre los mares de la pornografía ¡Ah bendita pornografía que revelas en tu algoritmo lo que mejor se desea antes de ser nombrado!

Y así fue, la Gran Orden del Pito Seleccionador se animó a rebasar a la mera Cougar, para instalarse en el deprimente Oiga Doña Me La Quiero Coger que se disfraza en el aparentemente inocente y políticamente correcto MILF (Mother I’d Like to Fuck).

La Cougar estaba chida, porque revelaba la autonomía de la mujer en búsqueda, pero al parecer eso empequeñeció a varios y se decidió que no, que esa mujer no tenía por qué buscar, que debía aguardar paciente a que algún sabio pito seleccionador la ungiera con su gusto.

El tiempo y la sociedad nos están enseñando a mirar, quizá también a hablar; por parafrasear a Wittgenstein “los límites de mis prejuicios son los límites de mi lenguaje”.

 

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