Nota de la autora:

“Mujeres y revolución: una reivindicación necesaria”, es una serie de artículos desde los cuales se busca reivindicar la figura de grandes mujeres que han participado de manera preponderante en procesos de lucha revolucionaria y cuya labor ha quedado injustamente relegada en la historia.

Considero necesario destacar el papel que cada una de ellas ha tenido en importantes batallas por la emancipación de la clase obrera y la sociedad en su conjunto, no sólo como acompañantes sino como destacadas protagonistas en la lucha de clases.

Con esta serie también se pretende reafirmar la siguiente tesis: «Cualquieraque sepa algo de historia sabe que son imposibles las transformaciones sociales importantes sin la decidida participación de las mujeres».

 

Por Yaocihuatl Atenea

 Durante los años sesenta y setenta del siglo pasado surgieron en México más de cuarenta organizaciones armadas revolucionarias que luchaban por una transformación radical en el país y la instauración del socialismo.

Durante estos años los diversos grupos armados, conocidos mayoritariamente como “guerrillas” por su implementación táctica y sus concepciones mayoritariamente “foquistas” -inspiradas en la teoría de “foco guerrillero” desarrollada por Ernesto “Ché”Guevara-, fueron brutalmente combatidos por el Estado.

Las descripciones de las atrocidades cometidas por instituciones policíaco-militares y paramilitares han sido vastamente recopiladas en numerosos trabajos de investigación durante las últimas décadas. Desapariciones forzadas, torturas, ejecuciones extrajudiciales, encarcelamientos son algunas de las formas que el Estado utilizó para desmembrar y aniquilar a estos grupos revolucionarios.

Sin embargo, por las condiciones propias de la clandestinidad a que estaban obligados los militantes de estas organizaciones, poco se conoce de ellos, particularmente de las mujeres que formaban parte de estas estructuras.

Durante los últimos años, algunas sobrevivientes, así como familiares de las mujeres militantes revolucionarias de estas organizaciones han recogido testimonios en diversas investigaciones que permiten dar un poco de luz en torno a las figuras femeninas participantes de estas experiencias.

La mayor parte de los nombres de las militantes se desconocen y quienes se han hecho visibles son, en su mayoría, quienes se encuentran desaparecidas o fueron asesinadas durante incursiones militares a casas de seguridad.

Lo que se sabe de ellas es que eran mayoritariamente jóvenes, de entre 15 y 25 años. Mujeres que decidieron dejar atrás vida, familia y hasta posiciones económicas aventajadas para dar paso a una vida incierta y llena de carencias y preocupaciones con tal de transformar una sociedad injusta y opresora.

Mayoritariamente universitarias o estudiantes de nivel medio superior, encuentran en la clandestinidad guerrillera la emancipación que una sociedad capitalista y machista les obstruyó. En la praxis revolucionaria logran potenciar cualidades que en otro contexto habría resultado imposible. Sin embargo, es también por esta praxis que el Estado lanza su poder represor en contra suya y de sus compañeros para exterminarlos.

En su libro México Armado 1943-1981, Laura Castellanos da cuenta de la experiencia de estas valientes mujeres en la clandestinidad. Muchas de ellas renuncian conscientemente a la maternidad, tan “valorada” socialmente como elemento reafirmante de feminidad; algunas otras deciden tener consigo a sus hijos, nacidos también en la clandestinidad, a pesar de los riesgos que ello implicó. Peligros que aumentaron contra estas militantes revolucionarias cuando poco a poco fueron ocupando posiciones de dirección en sus respectivos colectivos ante el recrudecimiento de la represión gubernamental. Así que en la medida en que las mujeres ascienden a la dirección de las estructuras guerrilleras, el Estado incrementa exponencialmente su violencia contra unas y otras.

Y es que las tareas de estas mujeres en las organizaciones armadas fueron variadas, sobre todo cuando se analizan las experiencias urbanas y rurales por separado. En el caso de las organizaciones armadas urbanas, sus tareas van desde atender las labores cotidianas en las casas de seguridad y asistir a sus compañeros heridos –situaciones que eran compartidas por hombres y mujeres por igual–, hasta su participación en campañas militares como secuestros, expropiaciones y enfrentamientos con grupos policíaco-militares. En el caso, por ejemplo, de la Liga Comunista 23 de Septiembre, las mujeres participaban de manera notable en los operativos armados de la llamada “repartiza”, que era la forma en como denominaban la distribución de su periódico clandestino Madera.

En el caso de las organizaciones político-militares de carácter rural, las tareas nunca fueron sencillas. En ellas, muchas mujeres actuaron como mensajeras entre las comunidades y los guerrilleros, como reclutadoras para las estructuras clandestinas o como responsables de la transportación de armas,  provisiones y materiales diarios de trabajo. Muchas revolucionarias salvaron a sus compañeros combatientes del hambre y la inanición en las montañas. Desde luego, muchas de ellas sobresalieron como combatientes armadas en las zonas serranas de Guerrero, principalmente.

Un caso extraordinario es el de la guardia personal de Rubén Jaramillo, conformada únicamente por mujeres que hacían las veces de guardaespaldas del dirigente agrario. Una de las más destacadas fue Paula Batalla, sobreviviente de la atroz represión que el Estado ejerció en contra de los seguidores del dirigente agrarista y, según expresa ella misma en diversas entrevistas, era una de las más certeras tiradoras del grupo.

Así pues, el trabajo organizativo y político-militar de las mujeres que dieron pasos en procesos armados fue fundamental y la represión estatal en este mismo sentido fue bestial. La experiencia que se recoge en diversos testimonios de la época demuestra la brutalidad del Estado en contra de los militantes de organizaciones guerrilleras y que, en el caso de las mujeres, pretendió arrebatarles sus cualidades revolucionarias con la nefasta finalidad de reducirlas a simples “trofeos de guerra”.

La violación sexual fue una infausta práctica que se producía –y se produce– de manera frecuente en contra de aquellas que caían en manos de los aparatos de tortura del Estado; se intentaba mediante esta práctica arrebatar el carácter humano para reducirlo a simple objeto de satisfacción sexual y elemento aleccionador para quienes se atrevieran a tomar las armas para intentar derrumbar el orden opresor establecido.

A pesar de los riesgos y los terribles actos represivos del Estado en contra de organizaciones guerrilleras, no fueron pocas las mujeres que decidieron enrolarse en el camino de la transformación revolucionaria de la sociedad. Una buena parte de ellas permanecen desaparecidas, muchas más fueron cruelmente asesinadas.

El ejemplo de valentía, dignidad, congruencia y combatividad permanece latente en las luchas que hoy día se desarrollan. Estas mujeres y sus compañeros revolucionarios han dejado un legado que no puede ser desechado y, sin embargo, es poco conocido y tergiversado por el Estado y el oportunismo.

El precedente que estas mujeres revolucionarias sentaron es vital para la comprensión de nuestra realidad actual. “Desatar la furia de la mujer como un arma poderosa para la revolución” no es una consigna hueca, sino lleva consigo todo el contenido transformador de la praxis revolucionaria; eso lo sabe bien el Estado y no ha dudado por ello en aplicar toda su furia en contra de aquellas que se deciden luchar por su emancipación y la de la sociedad en su conjunto.

Valorar y reconocer en su justa medida las aportaciones que estas mujeres hicieron en la lucha por la revolución y la liberación de las clases trabajadoras y oprimidas es una tarea necesaria de la sociedad y de quienes hoy, a pesar de la violencia del Estado, continúan luchando por la construcción de un mundo radicalmente distinto.

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