CARTAS DESDE MEXICO

Por Adriana Esthela Flores

Nadie los llevó. Nadie les dijo qué gritar. Nadie les dijo alguna consigna. Entre los que estábamos reunidos allí en la plancha del Zócalo de la Ciudad de México, en el corazón de la Gran Tenochtitlan, el grito fue espontáneo: “¡Presidente, presidente!” seguido por otro que reflejaba la autoestima de un pueblo que, después de 13 años, vio al hombre que fue objeto de un fraude electoral encabezar, por primera vez y ya con investidura presidencial, la conmemoración del Grito de Independencia: “¡Sí se pudo, sí se pudo!”.

Desde la tarde, aquello en los alrededores del Zócalo era una verbena popular. Había comerciantes cercanas vendiendo de todo: desde alimentos hasta zapatos, ropa y adornos patrios. Lo que más llamaba la atención era esta creciente Amlomanía reflejada en los osos de peluche con forma del presidente, llaveros, bolsas, toallas, posters, camisetas y peluches con logotipos de MORENA o su popular frase “Me canso, ganso”, juguetes, tazas. La imagen del líder de izquierda siendo parte de una dinámica tan puramente capitalista.

Esta vez, hubo un detalle que me llamó la atención: las personas disfrazadas de AMLO, volviéndolo suyo, como si se mimetizaran con él. Me recordó al “Yo ya no soy yo, yo soy un pueblo” del líder de la Revolución Bolivariana, Hugo Chávez o el “Yo ya no soy un ser humano, soy una idea” del dirigente brasileño Lula da Silva.

Aquí era una verbena donde no cabía el miedo, donde dejaron de instalarse los arcos detectores de metales que tanto escándalo causaron durante las ceremonias del expresidente Enrique Peña Nieto. Esto no significó que no hubiera seguridad, pues había militares disfrazados de civiles entre la asistencia así como policías locales desplegados en alrededores.

Pero eso era una fiesta, insisto, una fiesta popular sin armas ni balazos. Aquello era color, pirotecnia, música y un grito recurrente: “¡Presidente, presidente!”.

López Obrador fue sobrio. A diferencia de las fiestas anteriores, donde los expresidentes organizaban una cena con invitados especiales (o sea, de la élite) y la prensa se regodeaba en preguntar desde antes qué diseñador vestiría a la conocida como Primera Dama, ahora salió al balcón solo acompañado por su esposa, la académica Beatriz Gutiérrez. Nada de ostentación.

Lo que brilló fueron las arengas que, de nuevo, marcaron historia, al resaltar a las madres que hicieron patria, a las comunidades indígenas y a la periodista revolucionaria, Leona Vicario.

“Viva la Independencia…Viva Miguel hidalgo y Costilla… Viva José María morelos y Pavón…Josefa Ortiz de Domínguez…Ignacio allende…Leona Vicario..Las madres y padres de nuestra patria … Los héroes anónimos…El heroico pueblo de México…Las comunidades indígenas…La libertad…La justicia…La democracia
Nuestra soberanía…La fraternidad universal….Viva La Paz…La grandeza cultural de México”.

Le pregunté a una señora por qué le había gustado este grito, particularmente: “Porque el pueblo está feliz, feliz, feliz porque ganó AMLO”.

Aquello era como una repetición de la fiesta del primero de julio de 2018. Aquello era como una repetición de las movilizaciones contra el desafuero con el cual el gobierno de derecha del expresidente Vicente Fox intentó quitar de la carrera presidencial a López Obrador, entonces jefe de Gobierno del Distrito Federal y la gente hacía que retumbara su coraje en el Zócalo: “¡No estás solo, no estás solo!”.

Aquello era una celebración popular, con toda la profundidad política que implica este adjetivo.

Y mientras la opinión del conocido círculo rojo de la capital del país y sectores de la oposición insisten en resaltar las fallas, las omisiones, los errores -no pocos- del gobierno de la Cuarta Transformación, aquel hombre del balcón -quien hábilmente hace creer a los ingenuos que el proyecto de gobierno depende solo de él- , recibía -sin militantes pagados ni contratos millonarios con empresas mediáticas o de publicidad- un espaldarazo nacido no de una simpatía súbita, sino de la alegría honesta de quienes vieron sentarse en la silla del poder a un líder político que ha representado, en las últimas dos décadas, el rostro de muchas comunidades excluidas, invisibilizadas y muchas veces execradas.

Se resumía en un grito final, después de 20 minutos de pirotecnia, que no sabemos si se repetirá con la misma algarabía en los próximos cinco años pero que anoche, sabía a certeza:  “¡Tenemos presidente!”.

NOS VEMOS LA PRÓXIMA SEMANA, CON CAFÉ, SIN CIGARROS Y LA MISMA EXIGENCIA DE JUSTICIA PARA LAS VÍCTIMAS DE FEMINICIDIOS Y DESAPARICIONES

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