Por Arturo Pérez

Las diferentes disciplinas filosóficas se discuten en categorías más o menos claras que debemos comprender. En la ética, por ejemplo, las distinciones que de fondo están en disputa son las de lo bueno y lo malo, en la estética este dualismo se hace presente en la contraposición de lo bello y lo feo. Para determinar el concepto y los problemas que surgen de lo político debemos entonces entender cuál es el dualismo propio de esta disciplina, Carl Schmitt desarrolla a lo largo del texto El concepto de lo político[1] que las categorías en contienda son las de amigo y enemigo, en una distinción que debe pensarse como asociación y disociación, y en donde el enemigo es simplemente el otro, el extranjero, el que nos genera sentimientos de antipatía.

Existió una época en la que era posible entender los conceptos de “Estado” y “Político” como parte de lo mismo, sin embargo, plantea Schmitt que aunque el concepto de Estado presupone siempre elementos políticos, lo político en sí mismo excede siempre al Estado, pues según menciona, cualquier conflicto cotidiano podría terminar teniendo repercusiones políticas. Es por ello que los conceptos de amigo y enemigo se deben tomar en cuenta de manera existencial, esto es, no como metáforas o metonimias, sino de forma concreta. Lo político aparece en el conflicto más que en el consenso, en el intercambio y la disputa de las ideas, más que en la paz, pues no podemos ser amigos de todos en todo momento. Las categorías políticas adquieren un valor especial ya que en ellas podemos encontrar la posibilidad real de un aniquilamiento físico, la disputa de ideales puede ser tan fuerte que puede derivar en la aniquilación real de la existencia, en la guerra. Schmitt entiende por ello al mundo como a un inmenso campo de batalla, en el que son capaces de surgir nuevos sujetos políticos en cualquier rincón del planeta.

Si lo político excede al Estado es porque no necesita de éste para hacerse presente, no necesita de espacios definidos, lo político se nutre de los más diversos sectores de la vida humana, de las contraposiciones económicas, morales, religiosas, deportivas, etcétera; si las fuerzas contrarias que se desarrollan en cualquiera de los campos mencionados son lo suficientemente potentes, significa que se han convertido en sustancia de unidad política, pero si esta fuerza no es la suficiente como para ir en contra de los propios intereses y principios, quiere decir que no se ha alcanzado el punto de lo político. La política es la unidad que no se interesa del sitio de donde extrae sus fuerzas, es posibilidad de reagrupamiento dentro de las esferas de amigo y enemigo,. Pensar lo político en este sentido significa entenderlo como elemento desterriolatizado y desterriolatizante. “Una comunidad religiosa que, como tal, libra la guerra ya sea contra los miembros de otra comunidad religiosa o de cualquier otro modo, es, además de una comunidad religiosa, una unidad política.”[2]

De la misma forma en que se afirma que las condiciones de lo político pueden aparecer en cualquier lugar y circunstancia, también existen determinados momentos en los que no es posible pensar lo político, pues al no existir las condiciones necesarias para la identificación con las clases de amigo y enemigo, lo único que queda es un pensamiento hegemónico indisputable. Slavoj Žižek identifica en su texto En defensa de la intolerancia cinco negaciones del momento político, las cuales son:

  • Archipolítica: entendida como el intento comunitarista por definir un espacio social orgánicamente estructurado, tradicional y homogéneo; en donde no quedan momentos de los cuales pueda surgir el momento político.
  • Parapolítica: en la cual se despolitiza a la política dirigiéndola hacia la lógica policiaca, en donde se elimina el antagonismo político mediante la competencia entre partidos y/o actores autorizados dentro de espacios bien delimitados de representatividad.
  • La metapolítica marxista: en la cual se reconoce plenamente la existencia del conflicto político, pero en donde parece que este conflicto perteneciera a otro escenario, al de los procesos económicos, por lo cual el fin último de la política sería la administración de los pueblos.
  • La ultrapolítica: pensada por Žižek como la más insidiosa y radical, pues es el intento de despolitizar el conflicto a través de la militarización, reformulando a la propia política como guerra entre nosotros y ellos, para eliminar así cualquier terreno compartido en el que se pueda desarrollar el conflicto simbólico.[3]

Cada uno de los cuatro momentos mencionados son intentos por neutralizar la dimensión política, por favorecer el regreso de un cuerpo social prepolítico en donde las reglas de la competición sean fijadas desde afuera. Existe, sin embargo, un último momento de negación política que más que reprimir, excluye. A este momento Žižek lo denomina postpolítica. La postpolítica subraya la necesidad de abandonar las viejas divisiones ideológicas y de resolver las nuevas problemáticas provistos de la competencia del experto, quien delibera libremente en función de las necesidades y exigencias puntuales de la gente. En la postpolítica es imposible la identificación con las categorías de amigo y enemigo, pues no es el sujeto común el que discute los problemas que surgen de las diferentes formas de pensar la vida, sino los tecnócratas ilustrados, quienes a partir de su visión intentan formular acuerdos.

Para Ranciere lo político designa la tensión entre el cuerpo social estructurado y la parte sin parte, bajo el principio de que todos los hombres son iguales en cuanto seres dotados de palabras. La lucha política para el filósofo francés consistiría en una discusión racional de los intereses múltiples, en hacer oír la propia voz y en hacer que sea reconocida como la voz de un interlocutor legítimo. Cuando los excluidos protestan contra la élite dominante, la verdadera apuesta está en el derecho fundamental de ser escuchados y reconocidos como iguales en la discusión. Es en estas repentinas intrusiones de la verdadera política que se compromete el orden policial, esto es,el orden social preconstituido donde cada parte tiene su sitio asignado.

Žižek entiende a la postpolítica como a una nueva sociedad medieval que se encuentra escondida detrás de un nuevo orden mundial, uno que pretende precisamente que cada parte ocupe y acepte el lugar que le es asignado. Dentro de la lógica de ésta exclusión de lo político no es posible la universalización de los conflictos, no es posible el acto de politización, esto porque se tiene la idea de que tomar partido es un vestigio penoso de la edad de la ideología, el nuevo orden mundial se percibe a sí mismo como globalizado, como tolerante y abierto. No obstante, lo que este orden provoca no es sino la exclusión de lo político, la incapacidad de universalizar el conflicto y crear partidarios. El multiculturalismo globalizado no es sino una nueva forma hegemónica de dominación y en donde la única forma de expresar discordancia es mediante explosiones irracionales de violencia.

Uno de los síntomas de la postpolítica globalizada es el de la interpasividad, Lacan ofrece la primera formulación de lo que significa el acto de la interpasividad retomando la función del coro dentro de la tragedia griega:

Cuando uno va al teatro por la noche, está preocupado pensando en sus cosas, en el bolígrafo que perdió ese día, en el cheque que habrá de firmar mañana. No es usted un espectador en el que se pueda confiar. Por ello, sus emociones serán llevadas a cabo por un acertado recurso escénico. El coro se hará cargo de ellas. Despreocúpese, pues incluso si no siente nada, el coro habrá sentido por usted.[4]

Otro ejemplo clásico de la interpasividad es el de las risas enlatadas, una reacción automática en la que frente a una escena cómica las risas están ya contenidas dentro de la banda sonora de un determinado programa televisivo. Incluso si el sujeto frente al televisor no ríe de la situación que se le presenta, y más bien está sentado simplemente ahí, mirando fijamente a la pantalla, cansado de un largo día de trabajo, la risa pregrabada cumple la función de disfrutar el espectáculo en lugar del espectador que se siente aliviado, ya que el trabajo ha sido hecho en su lugar por alguien más, por el Gran Otro lacaniano.

Para ampliar la idea de la interpasividad, uno debe suplementar a dicho concepto con la noción de interactividad. El ejemplo clásico que retoma Žižek para ilustrar este segundo concepto complementario, es el del sujeto que cuenta un chiste tan desabrido y soso que no hace reír a nadie, es precisamente en el momento en que nadie ríe que quien recién contaba el chiste estalla en risas de lo que él mismo acaba de contar, repitiendo constantemente ¡Qué bueno estuvo! O haciendo un énfasis similar, actuando para sí mismo de la forma en que le gustaría que la audiencia hubiera reaccionado. La situación aquí es similar a las risas enlatadas de los programas de televisión y sin embargo, completamente diferente, pues quien ríe en esta ocasión no es ese Gran Otro invisible y artificial, sino el contador mismo del chiste, y lo hace para integrar al Gran Otro dentro de un determinado orden simbólico. Lo irónico del caso es que se es activo para asegurar así la pasividad del otro. “Soy pasivo siendo, no obstante activo[…] mi trabajo queda hecho mientras me quedo sentado y pasivo, limitándome a ver el juego.”[5]

Estar activo y estar pasivo son actividades inextricablemente ligadas, pues de la misma forma en que se puede ser activo a través del otro, disfrutando del programa siendo totalmente inexpresivo, estando sentado con la cara larga de frente al televisor, mientras la risa enlatada disfruta para uno, también se puede ser pasivo a través de la actividad. Podemos pensar por ejemplo en quienes graban sus programas favoritos para verlos después. Grabar el programa implica una cierta actividad, esto es, programar la videocasetera o el dispositivo cualquiera con el que se vaya a grabar lo que sucede en la pantalla, y esto se hace con la idea de poder disfrutar más tarde de un determinado show mientras se usa el tiempo haciendo actividades más productivas. En esta falsa actividad uno le transfiere a la videocasetera la tarea de disfrutar del programa mientras que lo único que en realidad está asegurando es que nada va a cambiar, uno puede continuar trabajando y haciendo su vida mientras la tarea de ver y de disfrutar del espectáculo ha sido transferida al objeto. Se actúa con la idea en mente de que en realidad nada va a cambiar.

Lacan compara dicho ejemplo con la estrategia que utiliza el neurótico obsesivo, ese que habla y habla con tal de prevenir la intervención del analista, con tal de no escuchar lo que el otro tiene que decir. El problema de lo que sucede actualmente en redes sociales no es la pasividad, sino la pseudo-actividad, la interactividad que en ellas se realiza. Twitter es un ejemplo claro de ello, pues especialistas son capaces de discutir por días en debates que no llevan a absolutamente ningún puerto. Tendencias nuevas y problemáticas diferentes surgen todos los dias través del uso del Hashtag (etiquetado), y la gente es capaz de involucrarse a través de reflexiones de no más de doscientos ochenta caracteres o de la simple y activo-pasiva acción del retweet. Esta supuesta actividad lo que en realidad nos muestra es una profunda pasividad de fondo, movimientos como el #RenunciaAMLO #AmloMxTeReclama o su contraparte #RedAMLOVE #AMLOLaFuerzaDeMexico lo único que muestran es el problema de la postpolítica, el de una sociedad fundamentalmente interpasiva, que en su aparente actividad no realiza ningún cambio.

Justo antes de terminar el milenio pasado, en el año de 1997, hubo un juguete que rompió varios esquemas y se puso de moda en todo el mundo: el tamagotchi. Se trataba de una mascota virtual que necesitaba de atención, emitía ruidos y demandaba atención por parte de su propietario, reclamaba comida, limpieza, tiempo de juego e incluso interacción social con otros tamagotchis. Se aprieta un botón y ello lo alimenta, se aprieta otro para poder limpiarlo y se aprietan varios para poder jugar con este ser virtual. Lo traumático del caso venía dado por el hecho de que si no se atendían las necesidades de este ser virtual que con el tiempo y cuidado envejecía, este podía morir. Originalmente si la mascota virtual moría sólo se tenía una oportunidad para poder revivirla y su segunda muerte sería ya definitiva, en este caso si se quería seguir jugando al mismo juego tendría que comprarse un nuevo tamagotchi y empezar de cero.

John Searle propuso en el experimento de la habitación china rebatir la validez del Test de Turing que dice que las máquinas son capaces de demostrar inteligencia, lo que él pretendía era mostrar la idea de que una máquina es capaz de realizar una acción sin realmente entender lo que hace y el por qué lo hace. Una máquina que procesa caracteres en chino está programada para responder de determinada manera ante diferentes caracteres, y piensa Searle que si nosotros colocamos a una persona que no sabe nada de chino dentro de una habitación, dándole la instrucción de recibir por debajo de la ranura de la puerta instrucciones en un idioma que no conoce y le ofrecemos una guía en la cual le decimos que signos utilizar para responder a los diferentes mensajes, la persona fuera de la habitación podría llegar a pensar que el sujeto en la habitación en realidad entiende el chino. La idea de Searle es la de mostrar que las máquinas no piensan, simplemente reaccionan a través de un circuito digital desprovisto de información. Cuando jugamos con el tamagotchi justamente estamos haciendo eso, estamos alimentando a una pantalla a través de un intercambio de señales que no tiene mayor significación más allá del propio aparato. Sin embargo, el tamagotchi es una máquina que nos permite saciar nuestra necesidad de contacto social, de amor al prójimo.

El tamagotchi al igual que el Twitter, nos permiten actuar desde la interpasividad, nos permiten actuar para realmente no hacer algo, la muerte de lo político se da justamente en este no poder identificarse con las categorías propias en las que se debate este problema. La postpolítica elimina las condiciones necesarias para la identificación con las posturas del amigo y el enemigo, es la exclusión del elemento político en la medida en que se presenta como situación esencialmente interpasiva.

 

Bibliografía

  • Schmitt, Carl. 1985. El concepto de lo político. México: Folios Ediciones.
  • Žižek, Slavoj. En defensa de la intolerancia. Madrid: Ediciones Sequitur.
  • Žižek, How to read Lacan. New York: W. W. Norton & Company.

[1] Cfr. Carl Schmitt, El concepto de lo político, (México: Folios Ediciones, 1985), p. 23

[2] Idem, p. 34

[3] Cfr. Slavoj Žižek, En defensa de la intolerancia, (Madrid: Ediciones Sequitur, 2007)

[4] When you go to the theatre in the evening, you are preoccupied by the affairs of the day, by the pen that you lost, by the cheque that you will have to sign the next day. You shouldn’t give yourselves too much credit. Your emotions are taken charge by the healthy order displayed on the stage. The Chorus take care of them. The emotional commentary is done for you. [mi traducción]. Jacques Lacan, The ethics of psychoanalysis, (London: Routledge, 1992), p. 247, citado por Slavoj Žižek, How to read Lacan, (New York: W. W. Norton & Company, 2007), p. 22.

[5] Slavoj Žižek, En defensa de la intolerancia, (Madrid: Ediciones Sequitur, 2007), p. 135.

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