Reseña analítica de la obra de Lydiette Carrión

 Por Frente Oriente

México es hoy un país plagado de fosas clandestinas. La desaparición forzada, el feminicidio, la violencia exacerbada son muestras fehacientes del terror que se ha implantado en la vida cotidiana; terror que se ha querido atribuir a los denominados cárteles del narcotráfico  pretendiendo, con ello, deslindar al Estado. Sin embargo, estos crímenes de lesa humanidad  han sido perpetrados por el propio Estado, ya sea por omisión o por comisión. No han sido pocas las veces en que sus propios elementos han protagonizado la implementación directa de estas políticas agresivas.

Y es que debe quedar claro que el Estado no es de ninguna manera un poder impuesto por encima de la sociedad; no es aquello que se nos ha repetido hasta el cansancio: “un garante de nuestros derechos”, ni mucho menos un “protector” que debe procurarnos seguridad y bienestar. El Estado es un aparato de dominación de las clases hegemónicas por sobre el resto de las clases; ejerce con dureza el control social, para ello posee diversos mecanismos que le permiten hacer efectiva dicha dominación: tiene a su completa disposición los medios de reproducción ideológica (medios masivos de comunicación, sistema educativo nacional, etc.), a las fuerzas represivas institucionales (como la Guardia Nacional o el Ejército) y toda la estructura jurídica. Estos mecanismos le permiten perpetuar su dominación sobre el conjunto de la sociedad ya sea generando consenso entre las masas o bien ejerciendo la coerción sobre ellas.

El objetivo es, en efecto, la dominación política e ideológica con la finalidad de preservar los intereses de las clases dominantes, oligárquicas, a costa de la subyugación de nuestro pueblo. Para ello echa a andar todo el poderío de su maquinaria, confecciona o importa políticas contrainsurgentes que le permitan controlar, a través del terror, todo el complejo social.

El Terrorismo de Estado existe, es una realidad en nuestro país, y una de sus más nefastas expresiones es la desaparición forzada que se ha convertido en una práctica sistemática a partir de la llamada “guerra contra el narcotráfico”. En las décadas de 1960 y 1970 la desaparición forzada se dirigió fundamentalmente contra las disidencias políticas, en particular contra los movimientos guerrilleros. Pero en la actualidad los perfiles de las víctimas, el modo y los motivos para ejercerla han variado. La desaparición forzada ya no sólo funciona como un mecanismo de aniquilamiento de los adversarios políticos sino que, además, busca “surtir” mercados específicos que les son altamente redituables. Por ejemplo, muchos hombres desaparecidos en el país, regularmente migrantes varones, suelen ser incorporados en el trabajo esclavo o sumados de manera obligada a las filas de los grupos paramilitares, denominados cárteles del narcotráfico; mientras que muchos niños son enviados a las funestas redes de pedofilia.

Una enorme cantidad de mujeres desaparecidas son también enviadas a un mercado especifico: el de la trata de blancas. La desaparición forzada de mujeres para la explotación sexual es un hecho infame que genera ganancias económicas enormes para los explotadores de estas redes de prostitución. Cuando los raptores consideran que una mujer atrapada en el lenocinio “deja de ser funcional”, dan un paso más en su agresión y ejecutan cobardemente el feminicidio. Mujeres asesinadas con altos niveles de sadismo y cruelmente arrojadas a alguna de las miles de fosas clandestinas regadas por el país. Cuerpos mutilados son alimento del gran canal, de una fosa de agua en que se ha convertido el Río de los Remedios.

La Fosa de Agua (Debate, 2018), de la periodista independiente Lydiette Carrión, es un audaz y valiente texto que nos ofrece una mirada profunda sobre el horror feminicida imperante en nuestro país; un libro que condensa seis años de trabajo exhaustivo para encontrar la verdad en torno a los feminicidios de una decena de adolescentes en el Estado de México.

A través de las páginas de La Fosa de Agua, Lydiette narra y documenta, con rigor excepcional, dolorosos casos de desaparición forzada y feminicidio contra adolescentes de las localidades mexiquenses de Ecatepec, Tecamac y Chiconautla. EL texto arropa a Bianca, a Yenifer, a Diana Angélica, a Andrea, a Mariana Elizabeth, a Luz del Carmen, a Luz María, las rescata de “eso” a lo que han intentado reducirlas: “piecitos”, “bracitos”, “huesitos”; las reconstruye como lo que son, adolescentes, niñas que tenían una vida llena de sueños, que se comunicaban a través de redes sociales, que disfrutaban de bailar, reír, tener amigos. Lydiette se esfuerza por regresarles la humanidad que les arrebató este putrefacto sistema opresor.

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A la luz de esta relevante investigación queda claro que esta violencia desatada contra toda la sociedad, y en particular contra las mujeres, tiene un carácter estructural. Es una violencia que, como mencionamos anteriormente, responde a una lógica de dominación política e ideológica. Dominación que la burguesía como clase hegemónica ejerce contra las clases trabajadoras y explotadas. Y muestra de esto son justamente las localidades mexiquenses referidas, edificadas para funcionar como “dormitorios” de las clases trabajadoras, las mismas que día con día producen la riqueza que robustece la acaudalada vida de la burguesía mexicana mientras que la suya se hunde en la precariedad y la marginación. Una urbanización salvaje, incubadora del terror, que desde sus entrañas expele lo más purulento de nuestra sociedad. Estos lugares son espacios perfectos para impulsar grupos paramilitares, que desde el discurso del Estado se denominan “delincuencia organizada”. En este punto, el caso de Bianca es elocuente: el principal implicado en su ejecución es Erick San Juan Palafox, alias “El Mili”, militar en activo capturado en 2014 acusado de feminicidio y narcomenudeo.

En esta urbanización salvaje es común el florecimiento de grupos narcomenudistas conformados por jóvenes de la zona que ven en esa actividad la posibilidad de superar sus condiciones de miseria. ¿Qué posibilita que jóvenes como “Paco Mata Damas”, de 13 años, se adhiera a un grupo narcomenudista y posteriormente participe en la desaparición y feminicidio de su compañera de secundaria?

La misoginia, el machismo, el culto a la figura del narcotraficante –hombre o mujer– es una construcción del Estado que se ha transformado en “valores” introyectados a la sociedad. No nos queda duda que las ideas de las clases que ejercen el poder material de la sociedad se convierten en ideas dominantes de su época, situación que se despliega en todo momento [1]. Luego entonces, la dominación ejercida por el Estado se interioriza, se reproduce y materializa en la vida cotidiana. El terrorismo de Estado se manifiesta de manera sistemática en los niveles ideológico y psicológico, pero tiene su origen en la coacción física cuando, por ejemplo, ejecuta la desaparición forzada o el feminicidio.

En este nivel, la criminalización y revictimización que se hace de las jóvenes desaparecidas o asesinadas evidencia los preceptos ideológicos aludidos. Y esto no sólo impacta en la víctima, sus padres, familiares y amigos deben soportar el terrible peso de la estigmatización social que entorpece la investigación objetiva del hecho y, desde luego, el acceso a la justicia: “seguro se fue con el novio”, “estaba embarazada y por eso huyó”, “debe andar de fiesta en Acapulco”.

Los obstáculos que deben sortear los padres de las desaparecidas resultan onerosos pues se enfrentan a otro brazo del Estado: sus instituciones de impartición de justicia, un sistema policíaco corrupto implicado o vinculado en la desaparición forzada; instancias totalmente ineficaces, evidenciadas desde los expedientes judiciales plagados de irregularidades. Policías, investigadores y agentes del Ministerio Público que hacen recaer en las víctimas la responsabilidad de su desaparición o muerte. Las averiguaciones previas trastrabillan entre errores, confusión y negligencia.

De manera deliberada la autoridad crea condiciones para jamás encontrar a las desaparecidas; por ejemplo, peritos e investigadores calculan mal la edad del cuerpo de una mujer, como en el caso de Bianca, lo que derivó en que sus restos fueran identificados un año después de su desaparición a pesar de haberse encontrado horas después de que le fue arrebatada la vida. Por otra parte, ese mismo sistema judicial extravía pruebas y muestras genéticas, libera sospechosos sin agotar las líneas de investigación, elude profundizar en algunas líneas de investigación, traspapela partes de los expedientes, sepulta cuerpos recuperados en fosas comunes sin abundar en su identificación, etc.

Además, el Estado crea coartadas para ocultar su carácter criminal. Con la confección de “asesinos seriales” –como los casos de “El Mili” o el “Monstruo de Ecatepec”– pretende diluir su responsabilidad en la violencia feminicida como parte de su política de Terrorismo de Estado. Coartadas que atribuyen esta violencia extrema a unos cuántos “enfermos mentales” que “sienten un profundo desprecio” por las mujeres. En el caso de “El Mili”, por ejemplo, se incorporaron a su caso expedientes que no correspondían con la actuación del grupo criminal en el que participaba, con tal de adjudicarle todos los feminicidios de la zona. El montaje en esta caso quedó rápidamente al descubierto una vez que la política de exterminio contra las mujeres en el Estado de México continuó aún después de su aprehensión.

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Normalizando el terror

El terror se cierne sobre nuestras cabezas, el miedo acompaña nuestra vida de manera cotidiana, ver carteles circulando con rostros de mujeres desaparecidas es ya común, las adolescentes temen desaparecer. Un ejemplo de esto es narrado por Lydiette en La Fosa de Agua:

«Guadalupe recordó cuando en una ocasión caminaba con su hija Mariana por Los héroes Tecamac y vieron la papeleta de una chica extraviada. Los volantes de desaparecidas son una cosa común, pero esta chica había desaparecido muy cerca de su casa. Ambas se impresionaron.

Guadalupe inmediatamente pensó “Esto debe ser la tortura más grande para los padres”.

Mariana entristecida la miró:

¿Qué harías si fuera yo

Guadalupe, consolándola, le respondió:

No descansaría. Yo daría mi vida hasta encontrarte.

La promesa a Mariana había sido hecha incluso antes de que desapareciera.»

Otro caso de ello es el de Mariana, la mejor amiga de Diana Angélica:

«Recuerdo perfecto ese día, 2 de octubre del 2014. Yo ya iba en sexto de primaria. Salimos de la escuela y me subí al auto, veo a mi mamá con lentes y llorando: “Hija, ya encontraron a Diana”. Y me brillaron los ojos. Me dije: “¡mi hermana!”.

¿Dónde está?

La encontraron muerta.

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Y fue como que, de mi emoción de que la encontraron, y yo, guau, seguro está bien… Fue como subir y bajar. Fue como un shock. Como que no lo asimilé de momento. No lo entendí.

Llegué a mi casa, me acosté en mi cama y agarré una foto en donde salíamos Diana y yo. Y me acuerdo que la abracé, le di un beso y la agarré con tanta fuerza, me puse chille, chille y chille. Fue cuando me cayó el veinte… y dije: “tienes que entender que, mira, un año no la viste. Y ya no la vas a ver lo que te resta de vida. Ella ya está bien. ¿Qué prefieres, una persona viva, secuestrada, infeliz, capturada o una persona que está bien, que está con Dios, que no sufre y que te cuida? De sentir que mi hermana estuviera sufriendo, a sentirla plena, con Dios, pues mil veces que esté bien. Y así ya no me mato todas las noches pensando estará despierta, estará pensando en mí, estará viendo nuestra estrella (porque Diana y yo teníamos una estrella)”. Una parte de mí ya la podía sentir tranquila, pero una parte, pues triste… si de por sí sentía que una parte de mí me la habían quitado. Sentí que mi vida literalmente se derrumbaba, porque la mejor parte de mi vida se había ido, ya no la iba a volver a ver, ya todo eran recuerdos… fue cuando me empecé a lavar el cerebro diciendo: “Bye, está mejor, y ya déjala descansar”, y ya fue como lo fui asimilando.

Diana es algo que nunca, nunca, voy a superar. Marcaron mi vida de la manera más profunda. Y estoy segura de que no voy a vivir nada más profundo que la marca que acabo de vivir. Y me hubiera gustado vivirla con un poco más de madurez, pero no fue así, lo viví con poca madurez» [2].

Resulta terrible percibir cómo el terror se incrusta en nuestras vidas. Todos los casos que se exponen en La Fosa de Agua  fueron de jóvenes que desaparecieron mientras realizaban actividades cotidianas; todas ellas tenían la intención de volver a su casa. Entonces, el mensaje es claro: orillarnos al enclaustramiento pues realizar actividades cotidianas resulta un peligro latente.  El resultado que se espera: pasividad e inmovilidad, elementos centrales del control social.

Las adolescentes no tendrían porque enfrentarse a muestras genéticas y cotejos de ADN, a fosas comunes, ministerios públicos, morgues, exhumaciones y autopsias. No tendrían porque ser buscadas en fosas de agua, los dragados no tendrían porque vomitar fragmentos de cuerpos, torsos, piernas; no tendrían los padres, bajo ninguna circunstancia, que verse obligados a reconocer el torso, los pies, los muslos de su hija, no tendrían por qué verla reducida a un fragmento de cuerpo.

La fosa de agua refleja lo abominable, guarda en sus entrañas el terror de nuestra sociedad decadente.

Frente Oriente

Proletario y Combatiente!!

Verano de 2019

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Notas:

[1] Desde 1846 el pensador revolucionario Carlos Marx explicó el fenómeno de la hegemonía material e ideológica sobre la sociedad: “Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente. Las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes, las mismas relaciones materiales dominantes concebidas como ideas; por tanto, las relaciones que hacen de una determinada clase la clase dominante son también las que confieren el papel dominante a sus ideas. Los individuos que forman la clase dominante tienen también, entre otras cosas, la conciencia de ello y piensan a tono con ello; por eso, en cuanto dominan como clase y en cuanto determinan todo el ámbito de una época histórica, se comprende de suyo que lo hagan en toda su extensión y, por tanto, entre otras cosas, también como pensadores, como productores de ideas, que regulen la producción y la distribución de las ideas de su tiempo; y que sus ideas sean, por ello mismo, las ideas dominantes de la época”. Marx, Carlos. La ideología alemana, Grijalbo, México, 1987, pp. 50-51.

[2] El caso de Diana Angélica es narrado y retomado en “La fosa de Agua”. Sin embargo, este fragmento es parte de una entrevista realizada a Mariana, la amiga de Diana Angélica, publicada en el reportaje “Despedir a una hermana” en pie de página también autoría de Lydiette Carrión.

Carrión, Lydiette. “Despedir a una hermana”, en Mujeres ante la Guerra, Pie de Página, México, enero de 2017 [https://piedepagina.mx/mujeresantelaguerra/despedir-a-una-hermana.php]

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