Ilustración: Eduardo Sánchez / Texto: Antonio Reyes Pompeyo

Sólo me atengo a los hechos, con ellos compré unos gramos de verdad, pero nunca abrí la bolsa.

Mi madre me dijo un día que no mintiera, mi padre sólo me pidió que al saludar mirara a los ojos y estrechara con firmeza la otra mano.

No mientas, dijo, y eso hizo por mí algo más que el ruego de ser veraz.

No digas de lo que es que no es y viceversa, me advirtió Aristóteles; por eso el silencio es el refugio de los que no decimos la verdad y nos guardamos también de mentir.

No mientas, dijo, y nunca me pidió que dijera la verdad. En ese espacio de legítima defensa he sobrevivido al desastre de andar por la cuerda floja, de ser un entusiasta de los comienzos y un cobarde para los finales.

La disciplina es para mí el último piso de un rascacielos, puedo verla desde afuera pero me da vértigo imaginarme ahí dentro. El día que me obliguen a disciplinarme saldré por esa ventana, adiós.

Yo me guardo de mentir cuando me abrazas y me dices que quieres envejecer a mi lado.

Tengo un páncreas traicionero, amarme es como esperar que el pollito que compraste afuera te dure al menos dos días.

 

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