NSP.- Lo ocurrido en Iguala entre el 26 y el 27 de septiembre de 2014 cimbró al país. Y en esa sacudida el periodismo mostró dos caras: la oscura y vergonzante que reproducía las “verdades históricas” fraguadas en el poder; la abyecta que justificaba todo; las miserables y mercenarias. Pero también la que quiso buscar la verdad y transmitirla; la de la abyección que lo justificaba todo y la de la integridad que buscó exhibir la injusticia, la corrupción y la impunidad; la miserable y  mercenaria de unos, pero también la solidaria y generosa de otros.

Entre estos últimos destaca el grupo de periodistas que integró el colectivo Marchando con Letras. Mujeres y hombres, periodistas profesionales, que con sus propios recursos y sin mayor interés que mostrar quiénes eran las víctimas –en oposición a un sistema que suele desprestigiar a las víctimas para atenuar los reclamos de justicia valiéndose de los medios de comunicación– viajó a Guerrero, buscó a familiares y amigos, maestros y compañeros de estudios, escribió una historia de cada uno de los 43 jóvenes hasta antes de aquel trágico 26 de septiembre. Así, se convirtieron en coautores del libro “La Travesía de las Tortugas”, que acab de reeditar Ediciones Proceso, bajo el acuerdo de donar las ganancias a los padres de los normalistas.

Con autorización de la editorial, presentamos uno de los perfiles, el de Christian Alfonso Rodríguez Telumbre El bailarín de los botines blancos.

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Por Patricia Sotelo Vilchis

¿Qué harías si Christian apareciera?

A Lucía le brillan los ojos y en un instante se tapa su rostro con sus delgadas manos y sólo atina a decir, sin reparar en el peso de su expresión ni en la ironía de su significado: “¡Me muero!”

Lucía Vázquez es la novia que Christian Alfonso Rodríguez Telumbre aún no conoce, la que nunca ha visto. Pero ella, sin darse cuenta, ha ido incubando un sentimiento parecido a ansiedad, a las ganas de verlo, a pesar de que nunca lo ha mirado a los ojos ni escuchado su voz.

Sus destinos se cruzaron justo en la ausencia de él después del 26 de septiembre, cuando Christian y otros 42 estudiantes de la normal “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa desaparecieron en Iguala.

Movida por la indignación, Lucía (cuyo nombre real omito a petición suya) se incorporó a las protestas y marchas en reclamo del regreso con vida de los jóvenes desaparecidos. En la caravana que hicieron los padres de los estudiantes por el sur del país, a dos meses de no tenerlos, conoció a Mayra, una chica de tez morena, cabello negro, dientes desordenados y mirada esquiva que por su juventud —25 años— desentonaba entre los padres adoloridos.

El primer contacto se dio en el comedor de una de las Normales del estado de Morelos. Lucía, siete años menor, se sentó junto a ella y descubrió que era tía de Christian y que para buscarlo había renunciado a su trabajo en una farmacia de Cuernavaca.

Desde ese momento Lucía y Mayra forjaron una amistad que trascendió las marchas y mítines. Comenzó a frecuentarla y conoció a la familia de Christian. Se ganó el cariño de las tres hermanas del joven desaparecido y de sus padres, Clemente y Luz María, quienes acabaron por considerarla parte de la familia.

Entre broma y broma comenzó a surgir la idea de que Lucía podría convertirse en la novia de Christian y a tres meses de su desaparición las hermanas le decían: “Ahora que regrese Christian a ver si quieres ser su novia”.

—Si él quiere pues sí— contestaba Lucía consciente, todavía, de que era un juego. Así fue hasta que a ella también comenzó a moverla, a emocionarla, la esperanza de su regreso.

 

“Consíguete una novia”

Christian desapareció con sólo 19 años de edad. Es el segundo hijo de la familia Rodríguez Telumbre y el único hombre. Tiene una hermana mayor, Carmen, y dos menores, Fabiola y Maribel.

Quizá por ser el único varón forjó un espíritu protector. Cuando su padre reprimía a sus hermanas él las defendía. “Papá la estás regando, antes de reprenderlas debes de ver las cosas”, recuerda Clemente que le decía.

Christian es un tipo alto —1.85 metros de altura— y delgado, con ojos negros y cabello quebrado peinado hacia atrás. Es moreno como toda su familia.

Quienes lo conocen dicen que es un joven alegre pero tímido, entregado a sus estudios, a la danza folclórica y a su familia. Ni tiempo tenía para el noviazgo, dicen; es más, casarse joven no estaba en sus planes.  “Ya consíguete una novia para que me des un nieto”, llegó a decirle su padre.

Antes quería terminar una carrera para ayudar a su familia y mejorar su vivienda, comprar un auto y llevar a sus padres y hermanas a pasear a Acapulco, a jugar con las olas del mar. “Eran sueños que tenía, ilusiones que tenía”, dice Clemente y su mirada se pierde por unos instantes.

 

El rincón de Christian

La casa de la familia Rodríguez Telumbre está en la colonia Antonia Nava de Catalán, en el Barrio de Santiago, en la periferia de Tixtla, Guerrero. Las calles están pavimentadas y todas las casas están construidas con ladrillo y cemento y aunque cuentan con servicio de electricidad no todas tienen gas y agua entubada.

En casa de Christian cocinan con leña y bajan el agua del tinaco  con cubetas para bañarse, lavar los trastes y limpiar el baño. El techo de su vivienda está sostenido por vigas de madera y de él cuelga un solo foco. El olor a tortillas de maíz recién cocidas hechas por doña Cristina, la abuelita de Christian, es el que predomina al momento de mi visita.

En la pieza principal sólo hay un refrigerador, una televisión vieja sobre un pequeño mueble y unos entrepaños de madera donde colocan todo tipo de cosas. No hay sillones ni comedor.

La única mesita está cubierta con un mantel de encaje blanco sobre la que han colocado un altar para el hijo desaparecido, adornado con flores, veladoras, imágenes religiosas, un lienzo de la virgen de Guadalupe y una fotografía ovalada de Christian, de esas que se usan en los certificados escolares.

Unos bancos de plástico apilados, un par de sillas, también de plástico, con ropa doblada, y una pared de triplay, que divide la estancia del cuarto de dormir, completan el escenario.

En un rincón del cuarto principal se ve una cortina de tela –sostenida de un lazo con pinzas para colgar ropa— que oculta la cama de Christian. Sobre su colchón están sus cosas personales intactas, y hasta ropa nueva: la que le han comprado durante su ausencia y la que recibió don Clemente en su gira por Estados Unidos “para que la use su hijo cuando regrese”.

 

El Clark Kent de la danza

En el salón de danza folclórica de la Casa de la Cultura de Tixtla se extraña el golpe del tacón de los botines blancos de Christian sobre el piso de madera.

Él bailaba en el grupo de danza folclórica Xochiquetzal que dirige el profesor Alejandro Salinas. Sus compañeros de baile lo recuerdan cuando llegaba a los ensayos los martes y jueves en la tarde comiendo un elote y con su mochila beige de asa larga cruzada al pecho. Ahí cargaba sus botines de baile, y en las bolsas del pantalón, sus dulces Ricolino para el final de la sesión.

La danza folclórica ha sido para Christian no sólo su afición sino la forma de luchar contra su inseguridad y timidez. Su padre recuerda que los primeros años de la primaria no fueron fáciles para su hijo. Los libros y él estaban peleados. De hecho, reprobó cuarto grado. Ya en la secundaria, quizá con el despertar de la pubertad, se volvió más seguro y platicador. Fue en este nivel cuando incursionó en la danza folclórica en la cual se mantuvo hasta la preparatoria.

El profesor Salinas, quien también dirigía el club de danza de la preparatoria 29 Emiliano Zapata —donde estudió Christian— le vio cualidades y lo invitó a integrarse a su grupo.

Ahí le decían Clark, apodo ganado por sus anteojos negros de pasta gruesa, similares a los del periodista que se convertía en Superman, Clark Kent.

—Era muy penoso —recuerda Tania Galán, su pareja de baile, con quien solía ir al centro de Tixtla a comer elotes después de los ensayos los fines de semana-.  Si lo bromeaba con alguna chica él se agachaba y se le subía el tono rojo al rostro.

Esta joven, cuyos casi 1.70 metros de estatura explican por qué se convirtió en la pareja perfecta de Christian, espera su regreso para volver a bailar con él.

-¿Fueron novios?

No —responde con risa nerviosa la tixtleña de 20 años de edad—. Me habían dicho los del ballet que Christian sí quería conmigo pero yo pensaba que me lo decían de relajo. Sólo somos muy buenos amigos.

 

Un billete de 200, un recuerdo que vale oro

En el salón de danza no sólo sus compañeros del ballet esperan a Christian. También están ahí sus botines blancos guardados en la mochila beige de asa larga. Lucen desgastados por el uso y se aprecian las plastas de tinta blanca que una y otra vez tuvo que poner para conservarlos presentables.

Están ahí pese al intento de sus compañeros de que estuvieran en su casa. Su madre no quiso llevárselos porque tiene la esperanza de que su hijo regrese y vaya a recogerlos por su cuenta, comenta Alejandro Salinas.

—¿Es lo único que Christian dejó por aquí?

Alejandro no responde de inmediato. Primero, y frente a sus alumnos, se levanta de su silla para sacar su cartera del pantalón y extraer de ella una hoja cuadriculada que envuelve un billete de doscientos pesos.

—Miren, yo tengo guardado aquí como desde hace tres años un billetito de 200 pesos que me encargó Christian.

En la hoja tamaño profesional Christian escribió a mano: “guayabera” y “36 talla”. Debajo, y con tinta negra, puso su nombre completo, “Christian Alfonso Rodríguez Telumbre”. Y más abajo se lee la siguiente operación matemática: “$400 – 200 = 200”. Doscientos pesos es la cantidad que le faltó por cubrir para comprar la guayabera.

—Aquí traigo ese billete —dice Alejandro—. Yo dije: ¿Se lo doy a su mamá? Mejor no, porque se lo va a gastar. Yo también me lo puedo gastar pero no, aquí lo tengo dobladito en mi cartera.

 

El último son

Los maestros de la Preparatoria 29 recuerdan a Christian como un alumno serio, dedicado, cumplido con sus tareas y que no echaba relajo. Su 8.74 de promedio general no refleja más que su regularidad en los estudios.

Su gusto por la danza, y las reiteradas veces que llegaba a clases con los botines de baile puestos, es otro detalle que recuerdan sus profesores.

Con sus amigas de la preparatoria jugaba a copiar las coreografías de los bailes modernos, las cargaba y les daba vueltas. Cuando no era eso, se iban de paseo a la laguna, ubicada a unos quince kilómetros de Tixtla.

Su amiga Maricruz Zamudio describe su convivencia como muy peculiar. No sólo las respetaba, sino que también las protegía. O eran los paseos, o el baile, o las fiestas en casa de alguno del grupo, o el festival del pueblo, pero siempre había oportunidad para divertirse. Hasta que terminó la etapa preparatoriana, y eso quedó atrás.

—La última vez que nos subimos a bailar a una tarima fue con el son de La Periquita— recuerda Tania. Sucedió un domingo durante el llamado fandango del pueblo.

Después Christian tuvo que dejar el ballet para irse a la Normal de Ayotzinapa.

 

Ayotzinapa, la única opción

Christian soñaba con estudiar una carrera profesional para poder trabajar y ayudar económicamente a su familia. Pero los sueños de ser veterinario, maestro de educación especial o, incluso, de baile, quedaron sólo en eso.

Don Clemente recuerda que haber convivido con los animales del campo desde pequeño sembró en su hijo la inquietud por la veterinaria o la agronomía. En el terreno cercano a su casa hay puercos, gallinas, un pato y un cuyo, todos alimentados y aseados por Christian, quien también sueña con tener un caballo.

Pero ser veterinario o agrónomo no fue opción. Solventar el gasto para ir hasta la Universidad Autónoma de Chapingo, en Texcoco, Estado de México, no era factible.

Tampoco fue opción estudiar baile o enseñanza de Educación Especial, pues las escuelas están en Chilpancingo e implicaba gastos difíciles de solventar por más que únicamente tuviera que desplazarse 16 kilómetros a la capital del estado, pues de puros pasajes podría gastaría hasta mil pesos mensuales.

Pese a esto, Christian solicitó su ingreso a la Centenaria Escuela Normal del Estado “Ignacio Manuel Altamirano” para estudiar Educación Especial, y aunque en un inicio no fue aceptado, al poco tiempo se abrió una plaza y lo llamaron para ofrecérsela. Pero la llamada llegó cuando él ya estaba registrado como estudiante de Ayotzinapa.

“Aunque no quiera ser ayotzi aquí voy a estar”, le comentó, resignado, a su amiga Mayelli Salmerón luego de fracasar en su intento de convencer a sus padres de que prefería la otra opción, pero para ellos librarse de los gastos de alimentación y transporte ya no era opcional.

—Uno se siente culpable porque si hubiera tenido mucho dinero lo hubiera mandado a otra escuela y no hubiera pasado lo que pasó—, acepta, triste, don Clemente.

 

“Sólo un año, aguanto sólo un año”

A Jairo Díaz le sorprendió ver a su amigo Christian la mañana del 9 de agosto del 2014. Llegó rapado, con las manos y pies ampulados. Pero sobre todo le llamó la atención ver que ya no usaba ni sus tenis ni sus botines de baile. Calzaba unas chanclas.

Christian tenía poco de haber ingresado a la Normal. Estaba en la semana de prueba que impone el Comité de Organización a los alumnos de nuevo ingreso. “Me dijo que estaba cansado, que era su semana de prueba y que los habían dejado salir unos días para descansar pero que tenía que regresar”.

Le enseñó sus manos llenas de ámpulas como consecuencia del chaponeo (cortar el pasto y sembrar). Las chanclitas también le habían ampulado los pies. Esa fue la última plática entre ambos. Sucedió a las afueras de la preparatoria durante un evento para escoger a la Señorita Fotogenia.

Hubo más confesiones: que cada vez que iban a chaponar él agarraba fruta a escondidas, pues lo tenían prohibido. Se guardaba mangos para comérselos cuando tenía hambre pues se negaba a ingerir los alimentos “descompuestos” que les daban los del Comité.

Hugo, apodo que se ganó en Ayotzinapa por su gusto en vestir imitaciones de la marca Hugo Boss, es de los cien alumnos que ingresaron en septiembre de 2014 para estudiar la carrera de Maestro Rural de Primaria y, como todos ellos, fue rapado como parte de la novatada. Así fue visto por última vez por sus amigos de la prepa cuando los ayotzinapos –como se les conoce— participaron en el desfile del 16 de septiembre. Sólo alcanzaron a saludarlo de lejos mientras marchaba.

Compartía un cubi – el sobrenombre de un dormitorio en la Normal— de aproximadamente 16 metros cuadrados con otros nueve compañeros. Diez en un pequeño cuarto.

Su disciplina le permitió pasar las pruebas que les puso el Comité. Pero extrañaba a sus amigos y sus clases de danza, y eso le impidió adaptarse a su nueva rutina.

Su padre le aconsejó que se integrara al club de danza de la escuela para evitar ir a las actividades políticas que organizan. Christian no quiso porque los pasos de cada baile eran diferentes a los que había aprendido con su maestro Alejandro Salinas.

Fueron muchas quejas en poco tiempo. Clemente le pidió aguantar un año para, entonces, poder valorar otra opción. Le dijo también que si veía problemas en alguna actividad donde la policía persiguiera a los estudiantes, corriera a esconderse o tomara un taxi para llevarlo a su casa.

El miércoles 24 de septiembre fue la última vez que lo vieron. Christian llegó a casa. El cansancio lo venció sobre su cama. Cuando se despertó platicaron. Les dijo que estaba bien y que iba a salir adelante. Luego toda la familia subió a su pick-up Nissan modelo 1992 de una cabina y lo llevaron a Ayotzinapa. Arrancaron hasta que lo vieron perderse entre los edificios de la escuela.

Del cubi “G” sólo tres sobrevivieron a la tragedia de Iguala. Además de  Christian, desaparecieron el Beni, el Julión, el Chukito, el Chilango, el Boby y el Botitas.

Tania, su pareja de baile, fue la última que supo de él. A las 5:35 pm del 26 de septiembre llegó a su celular un mensaje donde le informaba que iba a ir a una actividad, que se encontraba bien en la escuela y que pronto podrían verse porque los dejarían salir.

—Pareja, no me vayas a cambiar—, le pidió Christian.

—No, parejo, te voy a esperar—, le prometió ella.

 

El dolor tatuado

Clemente tiene la mirada triste. Incluso cuando habla, cuando sonríe. Desde que su único hijo varón desapareció dejó todo para buscarlo y exigir su aparición con vida. Este hombre de 47 años de edad perdió su trabajo, perdió todo. También la paz.

Vendía agua de garrafón por las calles de Tixtla en su vieja camioneta. Sus once años de hacerlo se interrumpieron con la desaparición de Christian. Así se acababa también la fuente de ingreso con la cual mantenía a su familia. Su esposa, Luz María, siete años menor que él también dejó de hacer y vender tortillas para buscar a su hijo.

Clemente, quien ha estado en todas las marchas, asambleas, reuniones con funcionarios del gobierno e incluso participó en la caravana que recorrió varias ciudades de Estados Unidos, decidió tatuarse en el cuerpo lo que ha sido su búsqueda, a manera de terapia, de catarsis, quizá.

En el antebrazo izquierdo se dibujó una tortuga con antenas en la cabeza y cuatro patas simulando una mariposa. El caparazón forma un escudo con seis tachuelas. Dentro del caparazón está otra tortuga, pequeña, sobre la que se entrelazan dos caracoles en forma de laberinto. Cada uno tiene una entrada y una salida.

La tortuga-mariposa, explica Clemente, vuela en el cielo buscando a su hijo tortuga. El laberinto y los caracoles entrelazados significan la búsqueda y el reencuentro con él.

El autor es David Alcántara, quien lo diseñó a sugerencia de los terapeutas que brindan apoyo emocional a todos los padres de los estudiantes desaparecidos.

—Yo le había comentado a mi gente que me lo iba a hacer para que cuando mi hijo regrese yo le diga: Mira hijo, a partir del 26 de septiembre yo siempre te estuve buscando y no he dejado de luchar.

 

¿Te imaginas cuando regrese?

Lucía grita la consigna que se ha convertido en el himno de cada marcha para exigir la aparición de los normalistas desaparecidos: “¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!”. Destaca por su altura —1.76 metros— su piel blanca y su cabello largo rizado.

La conocí el día de la instalación en Paseo de la Reforma, en la Ciudad de México, del antimonumento en memoria de los 43 normalistas desaparecidos en Paseo de la Reforma, en la Ciudad de México. Llevaba puesta una playera negra con la foto impresa de Christian Alfonzo —así, con zeta— Rodríguez Telumbre.

—¿Y tú quién eres? —le pregunto intrigada al ver que no se despegaba de la tía del joven desaparecido.

—Su novia —me responde y ríe.

Hablar de desaparecidos no es nuevo para ella. Es hija de Bettina Gómez, una historiadora que ha dedicado su vida a documentar las dictaduras, guerrillas y movimientos sociales en América Latina y actual responsable del archivo Gregorio y María Selser.

Cada quince días, al menos, Lucía viaja de su casa en el Distrito Federal a Tixtla para visitar a los Rodríguez Telumbre, su otra familia. Les lleva comida, ropa y regalos, y con Mayra hace brigadas en las colonias y pueblos del municipio.

Junto con las hermanas del joven normalista, juega a imaginar cómo sería su regreso.

—Imagínate que llega Christian en este momento y yo estoy sin peinar y tú sin maquillarte—, les dice a ellas mientras les arranca la risa.

Don Clemente ya la presenta como su nuera, y las hijas de él, como su cuñada.

—¿Qué sientes por él?  —insisto en preguntarle varias semanas después de haberla conocido.

—Yo podría decir que lo quiero.

Sentadas en un café de la Ciudad de México, agrega:

—Es raro porque no lo conozco, pero sí sé que la exigencia de que si vivos se los llevaron, vivos los queremos es porque quiero realmente que él regrese, (quiero) verlo.

Su presencia en casa inyecta alegría a toda la familia Rodríguez Telumbre. Ahí les pone música, los hace cantar y bailar.

Ella alimenta su anhelo por ver a Christian de regreso. Les ayuda a mantener viva la esperanza, que también es la suya, de poder conocerlo.

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