Texto: Antonio Reyes Pompeyo Ilustración: Eduardo Sánchez
Vago sobre una tabla que traen en andas sus propios dueños; la agitan, se mueven, se retuercen y danzan. No soy el único aquí;  estoy seguro que en medio de los diminutos seres que acompañan mi diminuto ser alguien pegó un manotazo tan fuerte que nos dejó desconcertados, aturdidos, confundidos, temerosos.
De pronto uno grita ‘aquí tengo la verdad’ y en los brazos lleva un animal muerto, por allá alguien asegura haber encontrado la solución mientras acuchilla a otro. Somos lamentables. Entre ellos, los de arriba de la tabla, me hallo perdido, desconcertado; mi corazón no tiene un lugar en dónde descansar su honda pena. No hay corazones desocupados, dice el de junto.
Hoy concebí una magnífica idea mientras el sol calentaba la superficie; me hacía nombrar Nadie y me ataba al vientre de las ovejas. La mano ciclópea no reparó en aplastarme debajo del animal. Ahora mi sangre escurre junto a la de aquellos que me hicieron eco. Ahora soy nadie y nunca fui Ulises.

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