Cartas desde México

Por Adriana Esthela Flores / Imagen: Disturbios en marcha por los 43 del 26 de septiembre. Proceso Foto

Tiene razón el presidente Andrés Manuel López Obrador cuando habla sobre las intenciones de grupos de derecha de actuar con máscara de supuestos anarquistas radicales para tratar de mostrar a un gobierno represor y autoritario. La intención es más que clara: esos grupos siguen exactamente el mismo modelo de las organizaciones violentas que iban al frente de las movilizaciones de la oposición en Venezuela y que, luego de atacar a corporaciones policiales y militares, acusaban al gobierno venezolano de ser dictatorial.

“Están queriendo que haya choques, no lo van a conseguir, no lo van a conseguir. Esas actitudes no son de izquierda, son de derecha, el que participa en eso no está en favor del pueblo ni de las causas justas, está a favor de la opresión y del autoritarismo”, señaló ayer el presidente en conferencia de prensa.  Y sí, ese actuar no puede venir más que de la derecha más rancia, aquella que echó las raíces para florecer en el podrido sistema corrupto y que, siempre antidemocrática, se niega a quedar fuera del juego.

En Venezuela, a aquellas protestas violentas les llamaban “guarimbas”, en referencia a un vocablo indígena que significa “refugio” y que hacía referencia a una trinchera donde protegerse. En el caso venezolano, estas guarimbas podían ser auténticas barricadas de llantas quemadas para bloquear avenidas o el uso de alambres atravesados en las calles, para hacer que policías resultaran heridos al acercarse en sus motocicletas. Sin embargo, hubo civiles que murieron degollados por esos hilos de la oposición, como  Santiago Henrique Pedroza Longa, de 29 años de edad, invisibilizado por la gran prensa internacional a la que no le escandalizaron esos crímenes cometidos “en nombre de la libertad” y que de manera perniciosa –como hicieron también organizaciones dentro y fuera del país- colocaron en una lista de “víctimas de la dictadura de Nicolás Maduro”.

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Guarimba en 2014 en Caracas. Imagen: Telesur

Los manifestantes o “guarimberos” se colaban en manifestaciones pacíficas encabezadas por adultos mayores o familias enteras vestidas de blanco y ondeando la bandera de Venezuela, que pedían alto a la violencia, elecciones libres y el “fin de la dictadura”. Y en un momento, cuando lo consideraban adecuado, comenzaban el ataque contra las corporaciones militares y policiales llegando a utilizar morteros o esferas impregnadas con clavos.

Esos grupos no eran pacíficos. Y buscaban justo respuestas violentas de funcionarios estatales que, lamentablemente,  en muchos casos sí ocurrieron. Cuando el gobierno condenaba estas guarimbas, la opinión pública nacional e internacional agrupaba en un solo movimiento a los manifestantes violentos y los pacíficos desatando, como era de esperarse, la condena general. ¿Cómo era posible que el gobierno llamara “terroristas” o “violentos” a abuelitas que simplemente pedían un cambio de régimen? La manipulación política y mediática era obvia.

Los vi actuar en 2014 y 2017. Vi justo el primero de estos estallidos o intentos de golpe suave el 12 de febrero de 2014, Día Nacional de la Juventud de Venezuela. Y a partir de entonces, Caracas fue tratada como una ciudad en guerra, con miles de fotografías y videos mostrando gases lacrimógenos, balazos, vehículos incendiados, muertos y heridos en un país que estaba a punto de arder y arder…y no ardía. La guerra tan anhelada por el sector golpista de la oposición  en ese país (dispuesta a que sus seguidores paguen con sus vidas la promesa que ellos negocian de forma mezquina dentro de oficinas con aire acondicionado y a salvo de balas), en realidad se vive a diario y de otra manera. Pero esto es tema de otra columna

Por ahora los dejo.  Nos vemos la próxima semana con café, sin cigarro y la exigencia de justicia por los 43 de Ayotzinapa, las víctimas de feminicidio, acoso, violación y abuso sexual, las miles de personas desaparecidas y las víctimas de los hechos violentos en Venezuela, en especial Orlando Figuera, apuñalado y quemado por ser chavista.

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