Figurita Mexicana

Por Antonio Reyes Pompeyo / Imagen: connuestraamerica.blogspot

Situado en la mediocridad, no en la delectante y áurea mediocridad de Horacio, el clasemediero es una pasión rota, permanentemente interrumpida, un nunca llegar a ser; pura potencia sin acto. En él todo es una aspiración irremediable en la que el deseo es el motor de todo. Siempre está a la mitad de los índices, de las estadísticas, de las regulaciones, de las avenidas, de los patios, de las fiestas en las que danza su borrachera a medias esclavitud, a medias voluntarismo.

Siempre está en el ojo del vendedor, es un segmento para la compra del coche, de la casa, de la renta del departamento, de los catálogos interminables que se suceden uno tras otro en el escritorio de la oficina. Alguien guardará sus cenizas en su toper favorito.

El clasemediero es el dueño absoluto de su impotencia y de su abundante frustración; el valor de su tranquilidad es directamente proporcional al valor de la mensualidad que paga en la tarjeta de crédito. Es el único eslabón de la cadena que trabaja por dinero y es incapaz de verlo tan siquiera, el dinero en él es una fantasía virtual que se revuelve en la nómina automatizada, los pagos recurrentes domiciliados y la tarjeta que no para de asomarse en el oxxo. ¿Me aceptas plástico? dice, mientras ruega por no abrir su cartera y mordisquear el único billete “de a quinientos”.

Le mintieron cuando le enseñaron que portarse bien era convertirse en alguien, cuando le dijeron que la educación universitaria resolvía las cuentas y rellenaba el tanque, cuando le convencieron con la  idea de que el trabajo también daba dignidad.

Pobre clasemediero mexicano, no debía estar yo escribiéndole esta figurita, con toda la chingadera que ya trae a cuestas (porque el trae a cuestas a todos los estratos en la bolsa de los tributos hacendarios) y venir yo a arruinale el paseo dominical en la plaza de descuentos.

Quizá no le pese mucho, ya tendrá el viernes para comer en algún restorán de espadas, o para beber su mala cerveza, comida y bebida multitudinaria, sin alma; o para sentirse intelectual con sus libelos online.

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