Por José Luis Enríquez Guzmán

La segunda mitad de la década de 1960 marcó un parteaguas para la cada vez más fortificada industria televisiva en México. Por un lado, en las décadas anteriores, la única pantalla a la que el público urbano podía acceder era la del celuloide. Sin embargo, al inicio de esa década la pantalla grande perdió popularidad y fue compensada con una de menor tamaño que, aunque no había logrado una masificación nacional, estaba dando pasos agigantados para posicionarse como uno de los medios de comunicación más importantes del país: la televisión. Enrique Sánchez Ruíz coloca a la década de 1960 en el tercer período de la evolución de las radiodifusoras en México, donde se consolida el modelo comercial y se crea lo que sería conocido como el monopolio de la televisión.

No se sabe con exactitud cuántos televisores había en la Ciudad de México en 1968, pero si se toma en cuenta que 10 años antes había 300 000 televisiones en los hogares de las zonas urbanas del país, aunado al crecimiento del poder adquisitivo de la clase media, puede deducirse que la televisión era un medio de comunicación importante en nuestro país.

Ese mismo año se terminó de construir la Red Nacional de Comunicaciones, iniciada a finales del sexenio de Adolfo López Mateos, que ofrecía una cobertura casi total en el país a través de dos satélites; es decir, tanto el gobierno como los concesionarios, de los que se hablará más adelante, desarrollaron la infraestructura necesaria para transmitir el evento más importante de ese año: las Olimpiadas.

A su vez, ante la creciente presencia de este tipo de medios de comunicación, se creó la Subsecretaría de Radiodifusión, dependiente de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, que en un inicio sólo se encargó de la regulación técnica entre los concesionarios y el gobierno, aunque después esta relación escaló a tintes políticos cuya mayor, y única, expresión, fueron las concesiones que se le otorgaron a Telesistema Mexicano, que una década después se convertiría en Televisa.

Para 1968, la empresa comandada por Emilio Azcárraga Vidaurreta contaba con cuatro canales de televisión, concesionados por el gobierno: el canal 2, enfocado a la población de clase media, donde transmitían primordialmente telenovelas; el canal 4, asentado en la capital del país, que transmitía películas mexicanas; canal 5, que ofrecía programación para la juventud; y el canal 8, con enfoque cultural. Aunque cueste trabajo creerlo, la mayoría de los jóvenes de clase media de la Ciudad de México se formaron, de una u otra manera, frente a la pantalla de blanco y negro. Además de la programación que se presentó someramente en al inicio del apartado, Telesistema tenía un importante nicho de audiencia en la juventud. Una parte de su oferta eran los programas ¡1,2,3,4,5 a Go Go!, conducido por el actor y director de cine Alfonso Arau, en el que se presentaban las novedades musicales del rock, acompañado de sketches cómicos, y Happenings a Go Go, a cargo del escritor Paco Ignacio Taibo I, de contenido similar. A su vez, la empresa de los Azcárraga importaba series de Estados Unidos, como los Locos Adams. De una u otra forma, la programación de Telesistema Mexicano influyó en la formación de los jóvenes capitalinos de clase media, que después conformarían un sector importante del Movimiento Estudiantil. Sin embargo, el fuerte del rating lo tenían los noticieros.

Contrario a lo que se ha dicho, Telesistema Mexicano no producía sus propios noticieros, sino que sólo prestaba el lugar para que empresas u otros medios de comunicación produjeran su noticiero. De esta forma, relata Miguel Alemán Velasco, el primer encargado de la división de noticieros de la televisora, lo mismo adquirían espacios gobiernos estatales, como Guerreo o el Estado de México, marcas, como General Motors o Nescafé, o medios de comunicación, como la revista Novedades, o los diarios El Universal y Excélsior. A pesar de ser programas breves, que abarcaban entre 15 y 30 minutos cada uno, los canales 2 y 4 estaban saturados de estos espacios informativos, aunque la duración respondía a una inclusión de más comerciales durante las emisiones.

El noticiero más popular era Su Diario Nescafé, encabezado por Pedro Ferriz Santa Cruz y Jacobo Zabludovsky, que se transmitía por canal 2 a las 7:30 de la mañana. Este segundo conductor llegaría a ser el presentador de noticias más importante a nivel nacional, con el noticiero más visto de la televisión. En ese año, Jacobo empezó a ser reconocido por su labor periodística. A pesar de la diversidad de opiniones o formas de presentar la información en que podría traducirse la presencia de varios espacios informativos, al no ser un medio que tuviera la fuerza que tenía la prensa, no eran más que brazos de los rotativos o empresas que los dotaban de nombres; como dice Carlos Monsiváis: “el periodista estaba al servicio de los políticos u otro tipo de intereses”.

De 1950 a 1968 la industria televisiva experimentó un gran crecimiento gracias al apoyo del gobierno que, de acuerdo con el artículo 27 de la Constitución, era el responsable del uso del espectro radiofónico. Sin embargo, esta especie de Luna de Miel se fracturó a la llegada de Gustavo Díaz Ordaz a la presidencia. El político poblano demostró no ser tan condescendiente con la empresa de los Azcárraga con quienes, si bien no mantuvo una relación de conflicto, sí fue distante. Incluso, el Secretario de Gobernación, Luis Echeverría, llegó a criticar la masificación de la televisión. Díaz Ordaz no estaba dispuesto a ser tan condescendiente con los Azcárraga de la manera en que sus antecesores lo fueron. A pesar de la distancia que el presidente trató de mantener entre los concesionarios y el gobierno, en 1968 el contexto lo obligó a acercarse a los Azcárraga; sobre todo impulsado por la cobertura de los Juegos Olímpicos y el Movimiento Estudiantil. Hasta aquí no se podría hablar de un medio de comunicación supeditado al poder, como tal, sino un gobierno que debe acercarse a la televisión. ¿Quién se vende a quién? Sin embargo, la cobertura noticiosa del Movimiento tuvo matices que hacen pensar que no todos merecían el mote de “prensa vendida”.

Como se dijo anteriormente, Telesistema no tenía, como tal, control sobre el contenido de los noticieros que presentaba. Empero, cuando empezaron a transmitir noticias sobre las marchas estudiantiles, al ser una prolongación de las publicaciones periódicas, no se podía esperar que le dieron voz a las demandas estudiantiles, lo cual respondía a la tendencia que los medios de comunicación seguían desde la década anterior, que consistía en minimizar los conatos de conflictos sociales y darle la palabra exclusivamente a las voces del régimen. Bajo este tipo de censura fueron tratados movimientos sociales, como los de Demetrio Vallejo y Valentín Campa. Las escaletas de los noticieros estaban plagadas de información internacional, referente a los logros de la administración en turno y a los preparativos para los Juegos Olímpico de Verano. No obstante, no todo fue censura en la televisión.

La programación de la empresa de los Azcárraga era relativamente libre, o al menos no respondía a intereses de la empresa, sino a externos, como los noticieros. Los canales 2 y 4, por ejemplo, ofrecía programas de discusión sobre el acontecer nacional, como Panorama del Nuevo Mundo, conducido por Guillermo Ochoa. A su vez, los conductores de la barra juvenil expresaron abiertamente su simpatía con el Movimiento Estudiantil. Sin embargo, el aumento de la programación “pro-estudiantil”, aunado al poco control que el gobierno tenía sobre los empresarios de la radiodifusión, obligó a Díaz Ordaz a acercarse a la televisora de Chapultepec. A pesar de que, como se dijo anteriormente, el gobierno también se acercó al sector privado por la demanda de transmisión de las Olimpiadas, fue más urgente generar una imagen de estabilidad política en los medios de comunicación.

A partir de ese momento, la industria televisiva va a acotar la “libertad” de la que gozaba su barra de programación, incluyendo a los noticieros, que ahora sí estaban supeditados a intereses de la empresa que les daba el espacio de transmisión. Un ejemplo de esto fue la recisión del contrato a Paco Ignacio Taibo I y la suspensión de Jorge Saldaña.

De esta forma, el gobierno de Díaz Ordaz otorgó en 1968 la concesión del canal 8, XHTIM, a Telesistema Mexicano, que empezó transmisiones el 1 de septiembre de 1968, cuyo estelar fue el tercer informe de gobierno del presidente. Como hipótesis, se puede decir que el gobierno pidió sumisión a cambio de una mejor relación con los concesionarios, que pudiera beneficiar a ambas partes. Los intereses del gobierno eran la promoción institucional y la masificación del mensaje del régimen a todo el país, mientras que los de los Azcárraga eran la obtención de concesiones gubernamentales y la liberación del espectro.

Aunque Telesistema aún no ejercía el control completo sobre su contenido, unos días antes de la represión del 2 de octubre, el periodista Jorge Saldaña realizó un programa especial para discutir las demandas del movimiento estudiantil, para el que invitó a intelectuales que simpatizaban con los jóvenes: Heberto Castillo, Ifigenia Martínez, Francisco López Cámara y Víctor Flores Olea, aunque no le dio voz a los estudiantes.[1] Sin embargo, tras la emisión de ese programa especial, Telesistema suspendió a Saldaña, aunque para la matanza del 2 de octubre ya estaba reinstalado en su espacio informativo, probablemente por instrucciones presidenciales, ya que, aun cuando condujo un programa que criticó abiertamente al régimen, no dejó de ser uno de los periodistas más cercanos al poder, junto con Jacobo Zabludovsky y Pedro Ferriz Santa Cruz.

El mitin estudiantil de la tarde del 2 de octubre de 1968 fue cubierto por el noticiario del periódico Excélsior, que había sido el único en cubrir de manera “objetiva” las marchas y el desarrollo del movimiento. El enfrentamiento fue narrado por los reporteros del diario que dirigía Julio Scherer y filmado en 16 milímetros por El Universal. La transmisión del mitin fue más bien caótica, y ya que no se conservaron las imágenes es imposible hacer una relación con la narración.

Horas después de la matanza de la Plaza de las Tres Culturas, el noticiero que entró al aire fue el de las 6:30 de la tarde, bajo la conducción de Jacobo Zabludovsky. El guion del noticiero presenta noticias internacionales y algunas sobre México, pero la matanza quedó fuera de esa emisión. No fue sino hasta el noticiero de Novedades, encabezado por Jorge Saldaña, que se transmitía por canal 4 a los 11:30 de la noche, que se habló sobre lo sucedido en Tlatelolco, aunque la información es confusa, ya que, si bien hablan de una balacera en Tlatelolco, nunca especifican quiénes son los involucrados; incluso, le dan voz al Secretario de la Defensa, Marcelino García Barragán, pero a ningún estudiante o partícipe del mitin. La cobertura del 2 de octubre no estuvo mediada por las capacidades técnicas, sino por los intereses de las televisoras. No obstante, por más que esos intereses imperaran sobre la información, las dimensiones de la noticia hacían que fuera imposible no cubrirla, aunada al seguimiento que le dio la prensa internacional.

La mañana de 3 de octubre, el primer noticiero que se transmitió fue Su Diario Nescafé, donde Zabludovsky inició el programa leyendo los encabezados de la prensa. La noticia de la matanza fue disfrazada con una similar, en la que se informaba de la localización de grupos extranjeros causantes de los “disturbios” de los últimos meses. Ese día, el presentador salió a cuadro con una corbata negra, lo que generó una llamada de atención por parte de Gustavo Díaz Ordaz. La segunda parte de esta anécdota es fundamental, pero la más imprecisa. El periodista dice no recordar a quién llamó Díaz Ordaz para reclamar por la corbata negra, ya que el presidente lo tradujo como un mensaje a favor de los estudiantes; no dice si lo llamó directamente a él, o a Emilio Azcárraga Milmo.

El destinatario de la llamada es relevante, porque devela, en primer lugar, la cercanía que había entre el gobierno y los dueños de la televisión, que, aunque obvia, es una muestra descarada de esta relación de supeditación mutua. En segundo, deja ver la facilidad con que un gobernante podía relacionarse con un periodista, y el acceso que el poder tiene a los medios de información, en este caso, a los noticieros de la televisión.

Tras los hechos del 2 de octubre, la relación entre la televisión y el gobierno cambió drásticamente. A manera de castigo, el gobierno creó el impuesto del 12.5% sobre la publicidad de la televisora. A su vez, Telesistema Mexicano empezó a tener más control sobre su programación, sobre todo, del área de noticieros, que empezó a producir por su cuenta. De la misma forma, la relación entre la empresa y el gobierno se consolidó al término del movimiento a través del gasto en publicidad.

[1] Carlos Monsiváis, op. cit., p. 100.

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