Reseña analítica de la obra editorial de Oswaldo Zavala

Por Frente Oriente

  1. Terrorismo de Estado

 El Terrorismo de Estado es una de las formas que utiliza el Estado para someter al pueblo y permitir el despojo de los recursos naturales en favor de los grandes monopolios. Esta práctica se ha extendido en nuestro país y ha permitido en los últimos años, la normalización de la violencia.

Con la imposición de la supuesta “guerra contra el narcotŕafico” incorporada como asunto de “seguridad nacional” y que ha sido impuesto por la política expansionista de Estados Unidos, el Terrorismo de Estado ha cobrado nuevas formas.

Con la llegada de Ronald Regan al poder, el cambio de patrón de acumulación y la caída de la Unión Soviética, el eje central de la política de seguridad de los Estados Unidos pasó de ser el anticomunismo a la política antidrogas, aunque esta política se empezó a construir tiempo atrás.

De esta forma, la llamada guerra contra el narcotráfico fue utilizada por el imperialismo estadounidense como herramienta principal para perseguir y destruir a opositores políticos dentro y fuera de su territorio. En Centroamérica, por ejemplo, esta política de seguridad se utilizó para desmantelar y destruir procesos revolucionarios y, en los Estados Unidos, para acabar con los movimientos por los derechos civiles de la comunidad negra y de la juventud universitaria que se oponía a las guerras intervencionistas norteamericanas.

Como explica Zavala en su texto, una de las operaciones más deleznables y que atrapó la atención mediática por sus implicaciones geoestratégicas -misma que le costó la carrera al periodista norteamericano Gary Webb debido a su investigación periodística-, fue la de los denominados “contras” nicaragüenses; estrategia contrainsurgente utilizada por el gobierno estadounidense para financiar operaciones ilegales de la Agencia Central de Intligencia (CIA por sus siglas en inglés) con la finalidad de derrocar la revolución sandinista y que al mismo tiempo, permitió el mayor sometimiento de la comunidad negra norteamericana.

La operación consistió en inundar con cocaína crack zonas marginales de Los Ángeles, California, de población mayoritariamente negra. Los agentes de la CIA vendían esta droga a precios de remate; con sus ganancias financiaron la creación de la Fuerza Democrática Nicaragüense (FDN), bandas paramilitares denominadas “contras”. Al mismo tiempo, la comunidad negra más marginada de Estados Unidos quedó sumida en graves problemas sociales generados por el tráfico y consumo de esta droga.

Este giro en la política de seguridad norteamericana fue seguido por los países dependientes en la región y el mundo. En México fueron creados organismos especializados en el control de la sociedad, organizada o no y, al mismo tiempo, se convirtieron en uno de los principales centros de operación de la supuesta “política antidrogas”, es decir, desde donde se opera el tráfico y control ilegal de narcóticos.

De esta manera, las agencias de investigación -que son en realidad centros de espionaje y tortura-, como la Dirección Federal de Seguridad (DFS) que posteriormente se convirtió en Centro de Investigación y Seguridad Nacional (CISEN ), fueron preparadas para tomar en sus manos la criminal tarea de someter a la sociedad de acuerdo con los dictados del imperialismo norteamericano, principalmente.

Con esta nueva estrategia, la andanada violenta ejercida contra la sociedad, ha pretendido ser despolitizada. Desde los años sesenta del siglo pasado y hasta mediados de la década de 1990, la implementación de la política de Terrorismo de Estado estaba enfocada de manera puntual en destruir cualquier tipo de disidencia política desde una perspectiva que suponía el peligro de la continuidad de la élite gobernante. Así, las acciones criminales ejecutadas en contra de la población tenían una lógica fundamentalmente política. Las desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales, desplazamiento o aniquilamiento de comunidades enteras fueron desarrolladas bajo la lógica de exterminar a la oposición política, pero nunca se supuso -cuando menos públicamente- como una amenaza a la “integridad y continuidad del Estado”, como ahora se ha pretendido colocar al narcotráfico.

Presentación del libro
Oswaldo Zavala. Foto: Proceso Foto. J. Raúl Pérez

 

  1. La coartada del narcotráfico

En realidad, como argumenta y fundamenta Oswaldo Zavala, el negocio del narcotráfico ha estado siempre en manos del Estado, controlado desde este aparato y subordinado a él. Los organismos de inteligencia, así como las corporaciones militares y policíacas son un parte de la red que permite el control del Estado sobre el narcotráfico.

Zavala propone en su libro una tesis reveladora. Con el desplazamiento del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en el poder y el ascenso de un nuevo grupo en la administración del Estado, el poder central quedó fracturado, así, los cacicazgos locales que involucran a gobernadores, policías municipales, empresarios, etcétera, pretendieron ejercer este negocio de manera independiente al poder central.

Sin embargo, como aparato de Estado, el poder central no podía permitir esta situación y el inicio de la supuesta “guerra contra el narcotráfico” durante el sexenio de Felipe Calderón, fue en realidad el inicio de una violenta recuperación de la centralización de esta actividad y todo lo que ello involucra en términos económicos, sociales y políticos.

Los grupos delincuenciales que operan en estos espacios locales el tráfico de drogas y que, finalmente, son sólo los peones al servicio de grandes poderes, son utilizados abiertamente como bandas paramilitares al servicio del Estado para realizar una parte de las funciones que implican el Terrorismo de Estado.

El supuesto por el que se impuso la militarización y el estado de excepción establecido de facto por la administración de Felipe Calderón, fue la pretendida amenaza que representa el narco, sus cárteles y la guerra que entre ellos libran, situación falsa que está además demostrada con cifras recogidas por diversas organizaciones e incluso agencias del Estado.

Así, se demuestra por ejemplo que las cifras de homicidio hasta la puesta en marcha de la guerra contra el narco se encontraban a la baja y que, una vez desplegadas las corporaciones militares y policíacas en diversas regiones del país, estas cifras se incrementaron exponencialmente.

De ello se desprende que las masacres entre supuestas bandas del crimen organizado son, en realidad, ejecuciones extrajudiciales acaecidas por los aparatos policíaco-militares que se encuentran desplegados en gran parte del territorio nacional y, particularmente, en aquellos espacios en los que los recursos naturales resultan estratégicos para los grandes monopolios trasnacionales.

Como sentencia Oswaldo de manera correcta “la ‘guerra contra las drogas’ es el nombre público de estrategias políticas para el desplazamiento de comunidades enteras y la apropiación y explotación de recursos naturales que de otro modo permanecerían inalcanzables para el capital nacional y trasnacional”.

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  1. Ideología y dominación

A pesar de todo ello, la población en términos generales ha introyectado la idea de que, efectivamente, existe una guerra contra las drogas o, cuando menos, una guerra entre cárteles que luchan cruentamente por ganar un territorio o plaza, es decir, luchan por extender su supuesto dominio y poderío.

La razón por la que se ha adoptado esta idea, que lleva incluso a que en el común de la sociedad se reproduzca la terminología que supuestamente identifica al narcotráfico -cárteles, plaza, sicarios, etc.- es porque el Estado ha lanzado una agresiva campaña ideologizante para construir un enemigo a modo, mismo que le ha servido para imponer políticas criminales de violencia exacerbada, exterminio de la población y despojo de recursos.

Esta idea es sembrada en la sociedad utilizando todos los instrumentos que el Estado tiene a su alcance. De esta forma, desde el periodismo -incluso aquel que pretende ser crítico-, la literatura, el cine, las artes plásticas, la música, las producciones televisivas, es decir, todas las expresiones artísticas y culturales, se han visto impregnadas por un discurso oficial que mitifica al narcotráfico y sus protagonistas.

Así, el Estado ha creado la idea maniquea de que el narcotraficante es malo, sanguinario y poderoso, incluso más que el aparato de Estado mismo. Por ello se ha estimulado la creación de términos como “Estado fallido”, “narcoestado”, o la idea del “Estado inflitrado” por el narcotráfico, mismos que terminan por ocultar la realidad y posibilitan el consenso entre la población para la aplicación de políticas criminales y la imposición, finalmente, del Terrorismo de Estado.

De esta manera, la exposición de Oswaldo Zavala en torno a la manera en como estas expresiones culturales fomentan y distribuyen entre la población el discurso oficial, nos permite darnos cuenta de algunas situaciones, a saber. Primero, que la dominación ideológica es un elemento fundamental del Estado para imponer las políticas necesarias para el capital; segundo, que la dominación ideológica es sembrada desde las altas esferas del poder y diseminada en la población, dando a cada sector un tratamiento particular y es utilizada como elemento disciplinario de la sociedad, pues tiene a su alcance todos los medios necesarios para ello; tercero, que periodistas, escritores, artistas plásticos, músicos, actores y el resto de figuras públicas que reproducen esta ideología son, por ignorancia o abierto contubernio, cómplices de la dominación de Estado en contra de los intereses de la gran mayoría de la población.

La dominación está dada una vez que las ideas de una minoría son acogidas y defendidas por la mayor parte de los sectores de la sociedad como si fueran suyas, aunque estas les resulten lesivas. Llegar a este violento nivel de consenso requiere de la participación de múltiples mecanismos. El texto de Oswaldo Zavala es, en ese sentido, revelador, pues disecciona de forma contundente algunos de estos mecanismos de control y dominación.

Textos novelescos que parecerían no hacer daño alguno al encontrarse en el terreno de la ficción, nos revelan formas de reproducción ideológica refinadas. En algún momento del desarrollo de la obra, el autor de “Los cárteles no existen” se cuestiona de manera honesta la marginalidad en la que se encuentran escritores y novelas que representan una visión más cercana a la realidad, es decir, alejadas del discurso oficial. Páginas más adelante él mismo responde a este cuestionamiento: “toda literatura es política”.

Oswaldo Zavala hace igualmente una referencia crítica que centra nuevamente el punto al que hacemos referencia: los premios, becas y financiamientos que algunos periodistas, escritores o artistas reciben del Estado y que permiten la difusión masiva de las ideas que se pretenden imponer no es casual, pues el hecho de que algunas investigaciones periodísticas, textos literarios o exposiciones artísticas sean copiosamente difundidas e incluso premiadas son parte de la reproducción del discurso de Estado en torno al narcotráfico y, en ese sentido, serán siempre bienvenidos por la oficialidad; en cambio, aquello que cuestione la legitimidad y veracidad de éste será desdeñado e incluso desacreditado, pretendiendo ocultar su contenido a una sociedad enajenada, dominada y amanzada.

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  1. Conclusión

Por todo esto, el texto de Oswaldo Zavala adquiere una profunda significación. Este extraordinario libro brinda elementos suficientes para desfetichizar el discurso oficial respecto al narcotráfico y colocar la política de seguridad en su justa dimensión: una política criminal que pretende, a través de la violencia institucional, controlar a la sociedad y entregar los recursos naturales a los grandes monopolios, utilizando para ello la política de Terrorismo de Estado.

El narcotráfico se ha convertido en la coartada perfecta del Estado para sostener una violencia criminal que, además, despolitiza estos actos de violencia en contra de la sociedad. Los más complejos fenómenos sociales pretenden ser explicados desde la ambigüedad de la “lucha entre cárteles”, el “crimen organizado” o la “guerra contra las drogas”.

Al mismo tiempo, la imagen de la burguesía se mantiene impoluta, pues se ha creado una imagen a modo de los supuestos “capos”, retratados siempre como lacras de la sociedad aunque con un inmenso poder, situación que hace suponer que no pueden ser empresarios de abolengo que se codean con políticos de alto nivel, aunque, en realidad, sean estos los únicos capaces de realizar operaciones financieras ilícitas de gran calado con total impunidad.

El Estado legitima la imposición de su violencia mediante un discurso oficial respaldado por actos deleznables de bandas paramilitares u órganos policíaco-militares que, a su vez, dan la idea de un desbordamiento de la violencia y generan terror en una sociedad despolitizada y dominada.

Los mecanismos de control y hegemonía del Estado se consolidan en la medida en que las políticas institucionales no son cuestionadas.

Así, y en medio de todos estos elementos que parecieran desesperanzadores, investigaciones como la que nos presenta Oswaldo Zavala se convierten en un hilo conductor que debería llevarnos a las más profundas reflexiones críticas. Investigadores como él, bregan constantemente en contra de todo un aparato ideológico para ayudarnos a dilucidar de forma clara una realidad cada vez más caótica que se funda en mecanismos altamente violentos.

Frente a la imposición violenta de una realidad ficticia, debemos oponer una perspectiva objetiva y material de la misma. En tanto esto no se realice, los sectores más vulnerables de la sociedad seguirán siendo objeto de las más brutales formas de violencia y sometimiento. La realidad nos exige desarrollar un pensamiento crítico para poder desarticular todas las formas de violencia estatal que hasta hoy nos han sido impuestas. Que sirvan el texto de Oswaldo Zavala y esta reflexión analítica para continuar por el arduo y sinuoso camino de la lucha contrahegemónica.

Frente Oriente

Proletario y combatiente!!

Verano de 2019

 

 

 

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