Por Raudel Ávila

Para qué hacerle al cuento, yo conocí a Harold Bloom prácticamente por accidente. La verdad es que fui a Nueva York a finales del 2010 con el exclusivo propósito de ver Spider-Man: Turn off the dark, recién estrenado musical de Broadway inspirado en el superhéroe arácnido. Anunciado como la producción más espectacular en la historia de Broadway, con música nada menos que de Bono, me gasté mi precaria quincena de entonces, pedí autorización en el trabajo, contraje un par de préstamos para no perder la oportunidad de ver las aventuras del personaje estelar de Marvel Comics.

Me hospedé en el sofá de una ex compañera de El Colegio de México, quien por entonces cursaba una maestría en la Universidad de Columbia. Finalmente, vi al arácnido en vivo y en directo trepando por los muros, columpiándose en su telaraña y enfrentando al duende verde en el aire.

A la mañana siguiente, desbordante de alegría, acompañé a mi amiga a la Universidad de Columbia. Ahí, en algún periódico mural de los estudiantes de su programa, estaba desplegada una invitación para cenar con Harold Bloom. Yo había leído cuatro o cinco libros del polémico crítico literario cuando todavía cursaba la preparatoria en Mazatlán y quería estudiar literatura. Bloom había sido una figura decisiva en la formación de mi sentido del gusto.

Mi amiga cursaba algo relacionado con políticas ambientales, vale decir, completamente desconectado de la literatura. No estaba interesada. Eventos como ése son el pan de cada día en Nueva York, pero a mí sí me impresionaba muchísimo la invitación. Mediante un chanchuyo mexicanísimo, le di lo que me quedaba de dinero a mi amiga y le pedí que comprara un boleto para la cena en su calidad de estudiante invitada al evento. Yo acudiría en su lugar.

En ese tiempo, Bloom ya era un crítico literario de prestigio internacional y quizá la máxima autoridad en la obra de William Shakespeare. Un escritor consagrado y dignificado por la vejez. Controvertido como pocos, se dio a conocer en todo el planeta con su libro El canon occidental, un estudio de los autores más importantes de la alta literatura. Ahí, Bloom enlista y dialoga con sus escritores predilectos y ofrece una lista de los grandes libros de cada región del mundo. Entre éstos, únicamente figuran dos mujeres: Emily Dickinson y Jane Austen. Hay, eso sí, dos latinoamericanos: Borges y Neruda.

El canon occidental estuvo acompañado de controversias desde su primera edición. Bloom no era únicamente un erudito brillante y un lector apasionadísimo de los clásicos desde muy tierna edad (no tuvo televisión antes de cumplir 18 años), sino un intelectual políticamente incorrecto. Antifeminista, enemigo del multiculturalismo, detractor de las cuotas para grupos étnicos marginados, Bloom fue un riguroso e incendiario profesor que impartió cátedra en las mejores universidades del orbe. Objetó siempre la interpretación literaria por criterios ideológicos y la “contaminación” de la literatura por corrientes políticas. Los libros para Bloom tenían valor estético o no. Nada más, pero nada menos.

Bloom fustigaba a las autoras feministas, en particular la recientemente fallecida Toni Morrison, por hacer de sus libros instrumentos de propaganda. Aseguraba que eso no era literatura sino activismo. Es decir, su obra pertenecía al departamento de estudios políticos o al de periodismo, pero no al de literatura. La lucha por los derechos de los afroamericanos no conmovía a Bloom si no estaba bien escrita. El tema no le molestaba ni le agradaba, simplemente despreciaba el estilo panfletario. Ni siquiera el Premio Nobel de Literatura concedido a Morrison silenció las críticas de Bloom. Decía que los departamentos de literatura de las grandes universidades del planeta se habían convertido en agencias policíacas de lo políticamente correcto. Él no iba a enseñar en sus cursos un autor solamente por ser mujer o pertenecer a minorías étnicas ni sexuales. Bloom no podía poner en el mismo lugar de su curso a Dante y Shakespeare, sus dos gigantes, junto con la Morrison.

Heredero de las tradiciones (y prejuicios) de la tradición greco-romana, Bloom impresionaba por su inmensa cultura, pero también por su increíble sencillez y modestia en el vestir. Más aún por su devoción a los valores que profesó hasta el final. La invitación a la cena era un evento con el fin de reunir fondos para salvar el único teatro de Nueva York que representaba todo el tiempo obras de Shakespeare. Ya casi nadie iba al teatro y había quebrado, por lo que los propietarios tenían la intención de demolerlo y vender el terreno. Bloom aceptó compartir su compañía si uno le ayudaba a rescatar el teatro de Greenwich Village donde seguía viva la obra del bardo.

Antes de la cena, Bloom impartió una conferencia magistral sobre la obra shakespereana. La verdad sea dicha, casi todo lo que expresó ya estaba escrito en su libro Shakespeare: la invención de lo humano. No obstante, la experiencia de escuchar a Bloom resultó deslumbrante. Erudición por los cuatro costados, pero también un cariño invencible por la literatura. Describió sus personajes favoritos de cada tragedia, recitó sus sonetos predilectos con la voz transida de emoción. Ilustró con pedagógica claridad la contribución de Shakespeare a nuestro entendimiento de las flaquezas de la condición humana. El amor, el odio, la política, el humor y cualquier otra pasión que usted pueda imaginarse, ya están en algún personaje shakespereano. Bloom exponía paso a paso los recursos de Shakespeare, como el protagonista que se desconecta de la obra para dialogar con el público y presumir sus vilezas, un mecanismo reproducido exitosamente por Kevin Spacey (un actor entusiasta de todo lo shakespereano) en House of Cards.

Bloom desafiaba el entendimiento de su auditorio con referencias oscuras y citas escasamente conocidas del gran dramaturgo. Polemizaba con críticos despiadados (todos muertos) que no apreciaban la obra de Shakespeare. “Si usted es Tolstoi o Voltaire, puede darse el lujo de despreciar a Shakespeare. Si no, no busque aparentar una inteligencia que no tiene y léalo” recuerdo que comentó. Nunca en mi vida he presenciado una defensa tan conmovedora de un lector a su escritor preferido. El público escuchaba fascinado al gran maestro y se acercaba para escuchar mejor su voz cansada y conmovida.

Al final de la conferencia, que concluyó con aplausos estruendosos y una ovación de pie, el viejo sonrió orgulloso del reconocimiento de su público. Pasamos a una mesa para unas treinta personas y nos sirvieron de cenar. No recuerdo qué comimos, pero los platillos eran más o menos insípidos. Sí recuerdo que hacia el final de la velada, me aproximé a Bloom con un ejemplar de su libro sobre Shakespeare para pedir su autógrafo.

Cuando escuchó mi nombre para la dedicatoria, Bloom preguntó “¿de dónde viene?” Le contesté que de México. Acto seguido, el crítico me interrogó por mis estudios “¿usted cursa literatura en la UNAM?”, a lo que contesté “no maestro, estudio en una escuela pequeñita que se llama El Colegio de México.” Como si le hubiera traído una golosina de su infancia, los ojos se le iluminaron y Bloom exclamó jubiloso “¡Alfonso Reyes!” Mi sorpresa fue desmesurada. Bloom no solamente identificaba la escuela, sino que reconocía a uno de sus fundadores, el gran escritor (norteño había de ser) Alfonso Reyes. “Lea todo lo que pueda de Reyes” me ordenó sonriente Bloom antes de mi retirada.

Acabo de enterarme de la muerte de Harold Bloom. Lo usual en estos casos es decir que con él se va una época y una manera de entender la literatura. Esta vez no es verdad. Bloom deja en sus textos una guía para transitar por la más distinguida de las repúblicas, la de las letras. Una orientación de Cómo leer y porqué (título de uno de sus mejores libros), una invitación al goce estético de la palabra. El contagio de una pasión compartida sin celos por sus lecturas predilectas. La admiración por los artistas del idioma y el placer de descubrirlos. ¿Puede pedirse algo más de un crítico?

 

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