Por Arturo Rodríguez García

La caída de Carlos Romero Deschamps, opacada por ocurrir el 16 de octubre, un día antes de los hechos de violencia en Culiacán, es uno de los episodios de mayor relevancia en el primer año de un sexenio que ha colocado en el centro de la discusión pública la corrupción e impunidad.

La relevancia radica en que el sindicalismo corporativo, caciquil y corrupto, es uno de los lastres más antiguos de la configuración del sistema mexicano que, a partir del concenso revolucionario de 1929, precedente de lo que conoceríamos como el PRI, ese sindicalismo se arrogó la representación obrera como maquinaria de control político y económico a través de las décadas.

Si el boato y lujo, las comilonas en lugares de postín y los bienes en acumulación inexplicable, caracterizaron el liderazgo de Luis N Morones en la callista y poderosa CROM de los años 20 y tempranos 30 del siglo pasado, el estilo se multiplicó a través de las décadas más recientes y, ni duda cabe, su mayor representante fue Carlos Romero Deschamps.

El corporativismo, esa fórmula de control de la clase trabajadora, tuvo el cálculo suficiente para mantenerse en la simulación que, si por una parte se deshacía en elocuentes discursos de reivindicación de las “conquistas históricas”, por otra, era instrumento útil para legitimar las decisiones que se tomaban desde el epicentro del poder político y económico.

Una vez más, Romero Deschamps es el estereotipo, al menos lo fue durante algún tiempo, hasta que su entreguismo ya no dio ni para simular. La bancada obrera alzó la mano en la Reforma Laboral de 2012 y en el caso de Romero, los intereses de sus representados no encontraron eco en la tribuna, cuando se aprobó la Reforma Energética.

Cuota de poder más o menos formal en el priísmo, informal en el resto de los partidos políticos, Romero Deschamps fue senador hasta agosto de 2018. Como tal, ni siquiera se subió a tribuna en los seis años que duró en el escaño.

Ya estaba lejos de aquel momento en el que se acusó su traición a Joaquín Hernández Galicia “La Quina” –que apoyó la postulación de Cuauthémoc Cárdenas en 1988, sólo para ser defenestrado por el salinismo en auge–, cuando se encumbró tras el breve período de Sebastián Guzmán Cabrera, dirigencia de membrete para un ser tan despreciable que sólo hizo negocios al aparo del poder mientras 100 mil petroleros quedaban en la calle.

Y Romero iniciaba en 1993 prometiendo frenar los despidos con un discurso de tintes nacionalistas que pronto quedaría relegado y que, en los años recientes, no se reavivó mientras Ciudad del Carmen, Dos Bocas y todo el Sistema Nacional de Refinación, se sumergían en la crisis, lo mismo que en otras ciudades y regiones de vocación petrolera.

No sólo era la crisis económica por desempleo, también lo era de seguridad pues no son pocos los testimonios que relacionan el robo de combustible con los liderazgos seccionales y nacional. De hecho, entre las siete denuncias preexistentes contra Romero Deschamps, las hay por el llamado huachicoleo.

En el contexto de una detención de importancia, como lo es la del empresario y abogado Juan Collado, Romero Deschamps renunció. Oficialmente no hay causa abierta en su contra, pero ese acto, parecen orientar a un “pitazo”, o bien, a un pacto.

La sospecha de pacto radica en que Romero Deschamps dejó prácticamente intacta su estructura seccional, tuvo tiempo para marcharse aun sin orden de aprehensión o ficha roja de Interpol. Aunque en la política mexicana todo puede pasar, lo cierto es que se antoja más verosímil la idea del pitazo que le permitió la evasión a un merecido escarmiento.

La elección del vocablo escarmiento es precisa en la medida que el sindicalismo oficioso y corrupto no ha terminado. De hecho, sigue activo y boyante, reproduciéndose en la autonombrada “Cuarta Transformación” que puede sucumbir al modelo de control pero a la que le tocaría, por su propia definición, la extinción de esa clase de dirigentes, mimetizables y acomodaticios por su utilidad para la legitimación, que tanto daño han hecho.

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