Por Vonne Lara

Antes que nada debemos aceptar que los gimnasios son lugares contra natura. Mientras que caminar o correr tiene bastante sentido, pues dan la posibilidad de conocer lugares, ver el paisaje, avistar animales, gente, y gente con animales. El paseo, además de proveer ejercicio a nuestros cuerpos sedentarios, ayuda a calmar el parloteo mental e invita de forma orgánica el aterrizaje de pensamientos profundos y tal vez hasta de conclusiones brillantes. Dudo mucho que una epifanía decida manifestarse en las personas en medio del berenjenal de los gimnasios.

De los aparatos que se encuentran en cualquier gimnasio, los más ridículos de todos son los que emulan locomoción pero el usuario permanece en el mismo sitio. Son idénticos en condición a las ruedas de hámsters, aunque los humanos lucen más patéticos que cualquier roedor encerrado por el capricho de esos mismos humanos pataratos que intentan hacer ejercicio apiñados en un espacio techado. A la cabeza de los aparatos más ridículos están las caminadoras fijas, seguidos por las bicicletas y el horror impensable: las escaladoras, sobre todo aquellas que imitan de fea manera la acción docta de subir escaleras. Algunos dirán que las máquinas de remo son como las anteriores, sin embargo, no es así. En ellas no se repite una acción prosaica para holgazanes, sino el ejercicio completo de algunos deportistas privilegiados con ríos y lagos navegables. Aunque, debe decirse, no se sacuden del todo el hecho de convertir un ejercicio divertido en un asunto más bien triste.

No hablaremos aquí del sinsentido de las máquinas de natación en seco. Por fortuna no son populares en los gimnasios, con lo cual nos evitamos el espectáculo deplorable de imitar con un aparato el único deporte natural para los humanos.

Cuando uno está en una caminadora, podrá apreciar en los vecinos sudorosos lo mismo que nos ocurre cuando estamos montados en esos aparatos indecorosos: cuerpos obligados a caminar o correr por motivos que nada tienen que ver con la felicidad o el esparcimiento; ojos que no atinan a dónde mirar luego de varios minutos en el mismo lugar, siempre con el riesgo constante de permanecer más tiempo del debido sobre otro cuerpo que ha llamado nuestra atención por sus contoneos, sus formas grotescas o sus dueños impúdicos. Si la velocidad de la marcha en las caminadoras aumenta, el asunto se vuelve cada vez más ridículo, algunos usuarios incluso se aferran con angustia simulada de los barrotes de la máquina, ya se por miedo a salir disparados o porque están acostumbrados a caminar al aire libre agarrados de los pasamanos que hay en todos los bosques y parques.

Por fortuna a los gimnasios ya no se asiste desnudo, como ocurría en los gimnasios griegos, acción en desuso que remite su origen etimológico: gymnasium significa «lugar donde ir desnudo», aunque en el camino a nuestros días aquellos gimnasios griegos perdieron sus objetivos intelectuales y sus bibliotecas, pero ganamos el privilegio de la ropa y la inclusión de las mujeres.

En los gimnasios se echan a andar varios artilugios para no pensar a fondo el asunto tan penoso de hacer ejercicioen ellos. Como las televisiones que emiten sin sonido repeticiones de Friends, con la intención de que las personas intenten recordar los diálogos de los personajes y dejen de pensar en el sinsentido de caminar hacia ningún lado. Otro truco es la música horrenda que siempre suena en esos lugares. Se sabe que la gente que la disfruta es feliz escuchándola a todo volúmen —algo que pocas veces pueden hacer en su vida diaria por obvias razones—. Pero las personas que odian aquel ruido incomible tampoco se salvan, pues desencadenan una evasión de la realidad tal que conviene a los propósitos de los gimnasios: convencernos de que estamos haciendo una actividad provechosa. Es cierto que hay personas que se creen previsoras y llevan audífonos y preparan sus listas de reproducción con música de su agrado, pero, ya vemos, solo están creando su propia trampa.

Para comprender a las gentes que acuden a los gimnasios no se requiere gran tiempo de análisis, ni de clasificación. Si partimos del hecho de que todos vamos a esos lugares por motivos más bien risibles y casi siempre estéticos-aspiracionales, el asunto se vuelve poco complejo. Hay gente joven que no necesita ir pero va, y gente vieja que necesita hacer ejercicio pero se conforma con ir al gimnasio. Hay gente sana que no necesita ir, pero va, y gente con algunas dolencias que debería hacer ejercicio y termina yendo al gimnasio. La gente que hace deporte, por el contrario, hace deporte. La gente que camina, sale a caminar. La gente que corre, corre. En cambio, la gente que va al gimnasio, pues eso, va al gimnasio. Aunque sería muy injusto decir que va a perder el tiempo. No. Va a muchas cosas: a despedazarse las rodillas en ciclos de doce repeticiones, a levantar pesos que fortalecen una parte del cuerpo y dañan otra, a ver muchachos, a bañarse, a pasearse en ropa y tenis para deportistas, a vender polvos con proteínas para agilizar el crecimiento muscular, y, claro, a subirse a los aparatos a autoinflingirse la tortura esa de moverse sin ir a ninguna parte.

Contrario a lo que pueda pensarse, creo que los gimnasios son muy útiles. Son necesarios para identificar los días de las semanas y los meses. Si el lugar está a reventar es lunes, y si está desolado es sábado. Si no hemos podido encontrar un caminadora libre luego de media hora o llegamos tarde a la clase de GAP por la cantidad de gente en la recepción que busca inscribirse a ese club de vagos, indudablemente estamos en enero o en noviembre —solo diez meses después de no haber cumplido con el propósito que juramos realizar la nochevieja del infame año pasado—.

Las clases en los gimnasios son un tema muy aparte. Tal vez es lo único que tiene un poco de sentido en ellos —excepto, claro, las clases de spinning—. Un instructor guía la clase y propone ejercicios, corrige posturas, inventa ahí mismo secuencias de ejercicios más cercanos al baile, incluso algunas clases son de baile con guiños a los aeróbics. A propósito, y para finalizar con esto que se me ocurrió la última vez que me subí a una caminadora y bajé avergonzada por el desperdicio que acababa de cometer de los millones de años de evolución que le tomó al cuerpo humano caminar erguido, la moda actual de la zumba y el crossfit nos arrebató las magníficas clases de aeróbics —el envejecimiento de Jane Fonda también contribuyó a que cayeran en desuso.

Estoy segura de que volverán como han regresado muchas otras actividades, a veces por la fuerza de la nostalgia y otras porque a alguien se le ocurrió que perdimos grandes beneficios en pos de “ejercicios más completos”. Sé que volverá a ser actividad normal hacer aeróbics ya no en el gimnasio, sino en la comodidad de nuestras salas sin que haya ojos, más que juiciosos, ociosos, que se posen en nuestro cuerpo mientras hacemos aquellos movimientos. Sí, en vez de salir a hacer ejercicio, no creo que alguna vez seamos tan sensatos.

 

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