Apuntes sobre golpismo en México

Por Arturo Rodríguez García

Cuando hace unos diez días, el presidente Andrés Manuel López Obrador colocó en la discusión pública el golpismo a partir de su cita insistente al derrocamiento y asesinato de Francisco I Madero, avivó una discusión que profundiza la toma de posiciones.

La consideración presidencial, expuesta en el contexto de una conferencia de prensa que intentaba escudriñar información más precisa sobre los hechos violentos del 17 de octubre en Culiacán, fue ocasión para citar el episodio histórico, señalando a la prensa de aquella época como la generadora de un ambiente golpista, aderezada con la desafortunada cita “muerden la mano a quien les quitó el bozal” y con el preámbulo explícito de que había que decirlo para entender mejor lo que hoy ocurre.

Nadie podría negar que hay dueños de medios de comunicación tienen intereses económicos en distintos sectores y que estos, por realizarse principalmente al amparo del poder, se han visto afectados por el cambio de políticas de contratación y concesionamiento.

De ahí a plantear que antes no había libertad de expresión hay un abismo, pues anula las luchas históricas del periodismo mexicano. En tanto, colocar en una posición golpista –por la forma en que se hizo la declaración- a todo el que cuestione, es un despropósito sólo explicable en la necesidad de bajar la tensión por el error de origen en el operativo de Culiacán que, también hay que decirlo, no debía atribuirse personalísimamente a López Obrador.

Lo que si había por esos días era un activismo inusual de generales que tuvieron mando relevante en la política de seguridad en el sexenio de Felipe Calderón. Y que esas inconformidades se expusieron a través del semanario Proceso y el diario La Jornada,  medios a los que –el presidente lo sabe– no se les puede atribuir negocio al amparo del poder ni golpismo.

Los presentes son tiempos -en México y otros países del mundo- en los que al dar a conocer un punto de vista, dado el ambiente polarizado, suele confundirse la mera información con una toma de posición que, luego, puede volverse en contra de quien lo reproduce en un momento de crisis abierta.

Y para el caso, lo inusual de las expresiones de los generales retirados –hay que insistir en su condición de retiro— pudo ser motivo de alerta en el gobierno. Para el 18 de octubre, al día siguiente de los hechos de Culiacán, el presidente colocó un mensaje en sus redes sociales que parecía tomar nota de alguna inconformidad en las filas militares:

“Con dedicatoria a los soldados de México: La política no es un fin, la Revolución no es un fin: son medios para hacer hombres a los hombres. Nada es sagrado excepto el hombre. Hay algo frágil, débil, pero infinitamente precioso, que todos debemos defender: la vida. Felipe Ángeles”.

Para entonces, un ambiente se había creado a lo largo de 11 meses en las Fuerzas Armadas por la exhibición de escenas en las que población civil denigraba a las tropas,  asunto este desafortunado por afectar la percepción sobre el principal logro de la política de seguridad de esta administración como lo es la reducción de la letalidad a la que nadie con vocación humanista podría oponerse. Y ese malestar, exacerbado con lo ocurrido en Culiacán, se empezaba a aprovechar por cierto sector de la cúpula militar en retiro para una desmoralización.

Error frecuente del debate público es considerar a ese mundo tan opaco de las Fuerzas Armadas como un algo monolítico. Como en cualquier institución de poder hay grupos, facciones, luchas intestinas y pluralidades que, eso sí, por su condición poco transparente, en el Ejército suelen ser una incógnita.

Un factor adicional es la forma en que se ha configurado la oposición al gobierno, es decir, una de carácter poco convencional que se articula en el sector privado y particularmente en organismos y actores de la cúpula empresarial donde habrían retomado los comentarios de los generales Gaytán y Aponte, en alguna oportunidad en torno al 30 de octubre

La idea no es del todo reciente aunque no había llegado a la tribuna presidencial que finalmente la minimizó, una vez que dio el mensaje sobre el golpismo que consideró necesario. (Por ejemplo, John Ackerman desde hace meses viene planteando la idea de un “golpe blando” que, pudiendo tener en parte razón, hasta ahora solo tiene por expresión pública la coincidencia de posturas empresarios-generales retirados).

Con la dimisión de Evo Morales –de hecho, un golpe militar– tras la insubordinación policial primero y la presión militar después, ha vuelto la discusión sobre el resurgimiento del golpismo en América Latina y los comparativos con México que en muchos casos parten de la desinformación sobre las circunstancias bolivianas y aun de las mexicanas, al grado de difundir unos la idea de que el asilo político –uno de los motivos de prestigio internacional de México– es un peldaño para la instauración de una dictadura de la autonombrada “cuarta transformación”, mientras que otros atribuyen aires golpistas en el contexto nacional.

Un poco de calma haría bien a todos. Los generales retirados inconformes no poseen influencia suficiente, pero si es preciso mantener la alerta sobre el interés de militares de cúpula por incidir en la vida política o cuando menos tomar el control absoluto de las políticas de seguridad; las oposiciones partidistas no deberían estar pidiendo la renuncia de un presidente con cualquier pretexto; los empresarios deben transparentar los intereses que los mueven y, finalmente, a la sociedad le toca alcanzar el entendimiento de que hay matices, que la pluralidad no es de dos polos y que cuestionar al poder público no es golpismo.

 

Autor: Arturo Rodriguez García

Creador del proyecto Notas Sin Pauta. Es además, reportero en el Semanario Proceso; realiza cápsulas de opinión en Grupo Fórmula y es podcaster en Convoy Network. Autor de los libros NL. Los traficantes del poder (Oficio EdicionEs. 2009), El regreso autoritario del PRI (Grigalbo. 2015) y Ecos del 68 (Proceso Ediciones. 2018).

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