Por: Antonio Reyes Pompeyo

Nunca me di cuenta, hasta hace algunos años, que mi educación, la de casa y la que se da en los colegios y en las universidades, estuvieron siempre erradas; abundaron los detalles y el positivismo separó a la Naturaleza, que de suyo está unida; el cielo, el gigantesco cielo que sobre nosotros se agita sin cesar, es uno para la física, otro para la química y, más adentro de cada una de ellas, se va fragmentando hasta que queda todo hecho trizas sobre nuestra cabeza, la hiperespecialización de la mirada sobre el cielo, el agua, las gentes y las migraciones de las mariposas. Todo eso el positivismo me lo separó. También me enseñó, como nos enseñan a los hombres de bien, que el ideal era el progreso y para alcanzarlo no bastaban los oficios de una buena ciencia o de un conocimiento esmerado, obsesivo y controlador; hacía falta también, y mucho, trabajo.

La actividad, el ímpetu, la transformación. La abeja que afana, construye y nutre el panal. Estaba en nuestro primer testamento, la expulsión del paraíso fue una condena para ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente. “El trabajo dignifica, eso dice mi patrón”, eso dicen Los Espíritus.

La era moderna se inauguró con la espada de la razón, espada de doble filo que cortó allá y acá. La razón transformaría el mundo y lo consumiría con la llegada de la revolución industrial; ahí el trabajo perdió toda nobleza y nos obligó a abandonar el contacto con la tierra, con los animales y con nuestros semejantes. En adelante todo fue convertirnos en apéndices de máquinas, técnica y tecnología. Le dijimos adiós al tiempo, a los amaneceres y a las conversaciones; el tiempo se simplificó administrativamente en la jornada laboral. Perdimos la noción del tiempo y de nosotros mismos, construimos imperios, soldamos estructuras, secamos el mundo, hicimos negocio.

Todo negocio es el olvido de sí, representa, como reza su etimología, la negación del ocio, del tiempo que nos permite observar los astros, el cambio de las estaciones, el vuelo de los pájaros, la recreación en las artes. El hombre encontraba la unidad cuando al negocio simple se le arrimaba el ocio simple. Hoy estamos en la ruina: el progreso, la ciencia, la razón y el trabajo constituyen una dimensión perversa que deja al ocio en la periferia. Nos atrevemos, incluso, a señalar con dedo flamígero al que se niega a la gran maquinaria y le llamamos holgazán, vago, ocioso. Allá en el arrabal anida un pájaro cuyo vuelo, como el del alción que tras la tormenta anuncia siempre la calma,  representa nuestra salvación: el ocio.

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