DE UN MUNDO RARO

Por Miguel Ángel Isidro / Imagen: Antonio Riva Palacio. Proceso Foto

¿Qué tanto cree usted que ha cambiado México en un cuarto de siglo?

Le comparto una historia…

Era la noche del 4 de agosto de 1993. Parecía una noche como cualquier otra, pero repentinamente, las detonaciones de armas de fuego rasgaron la tranquilidad de la penumbra en la cabecera municipal de Jonacatepec, Morelos. Iniciaba apenas una de las muchas jornadas del México Bronco que vez en cuando despierta, para terror de las buenas conciencias.

Jonacatepec es un municipio ubicado en la zona oriente de Morelos, en algún tiempo reconocido por su alta producción de cebolla blanca. La prosperidad del cultivo, que durante años fue el principal sostén económico de la localidad, terminó por convertirse en la manzana de la discordia; las riquezas generadas por las cuantiosas cosechas no tardaron en despertar la codicia y de ahí, el florecimiento de prácticas como el secuestro y la extorsión en contra de los adinerados agricultores comenzó a convertirse en práctica común a finales de los ochenta y principios de los noventa. Pero las secuelas de esos hechos llegaron a tener implicaciones que prácticamente cimbraron a las estructuras de poder de aquella entidad.

La noche de ese 4 de agosto, los jóvenes primos Ramiro Goyolarte Arcos y Lauro Goyolarte Bonilla regresaban a su domicilio, cuando fueron interceptados por dos vehículos tripulados por gente armada. Los primos Goyolarte ya estaban curtidos en las duras enseñanzas de la región; Ramiro ya había sido víctima de un secuestro y el papá de Lauro había sufrido ya de un plagio por el cual su familia pagó un millonario rescate, tras el cual recibieron a su patriarca al borde de la muerte por inanición y como resultado de las golpizas recibidas en cautiverio. Ambos jóvenes, a la usanza de muchos de los hijos de empresarios agrícolas de la región, portaban armas “para su defensa personal”.

Los Goyolarte lograron llegar hasta el rancho de la familia, donde alcanzaron a pedir ayuda a algunos de sus jornaleros; enfrentaron a sus persecutores y en la refriega hubo resultados fatales: los dos primos cayeron muertos, pero se llevaron por delante a dos de sus atacantes. El resto de los agresores lograron escapar del lugar. Casi de inmediato al impacto por la muerte de los dos jóvenes, siguió el latigazo provocado a los presentes, al cerciorarse de que los dos agresores muertos portaban placas de la Policía Judicial del Estado de Morelos

Al cabo de unas horas, ya en plena madrugada, comenzaron a repicar las campanas de la iglesia del pueblo; método inequívoco de alarma general y convocatoria a reunión urgente. Ante un centenar de pobladores reunidos, miembros de la familia afrentada relataron lo sucedido, y ahí, en plena plaza pública, comenzó el recuento de daños: eran ya muchas las familias que habían sufrido agresiones y secuestros en condiciones similares.

Para la mañana del 5 de agosto, Jonacatepec era ya un polvorín. Los enardecidos pobladores tomaron por asalto el palacio municipal y la comandancia de la Policía Judicial. Al poco tiempo fueron llegando habitantes de algunos ejidos cercanos, ávidos de encarar a los malos policías que se habían convertido en el azote de la región

La enfurecida turba tomó como rehenes a algunos elementos que permanecían de guardia, pero de inmediato exigieron la presentación de algunos personajes que ya tenían identificados como presuntos asaltantes y secuestradores: el comandante de la Policía Judicial Juan Manuel González Rojas y los agentes Fausto Becerril Martínez, Ernesto Alvarado Ibáñez, Guadalupe Hugo González Acosta, Cruz González Olivera y José Luis Velázquez Beltrán.

La noticia de la revuelta corrió como reguero de pólvora hasta Cuernavaca, la capital morelense. En un acto que hasta la fecha no se sabe si fue de valentía o imprudencia, el entonces procurador de Justicia Tomás Flores Allende acudió al poblado, ubicado a unos 40 minutos de la metrópoli a tratar de negociar con los furiosos lugareños. No sólo fracasó en el intento: el fiscal estatal fue sometido, golpeado y encerrado en la cárcel municipal junto con algunos los agentes implicados. Fue bañado con gasolina y se le ató una soga al cuello, lanzando el ultimátum: o entregaban al comandante González Rojas y a su grupo, o el procurador sería quemado vivo.

Era la recta final del gobierno del presidente Carlos Salinas de Gortari. Consciente de la crisis que se avecinaba, al medio día el gobernador Antonio Riva Palacio López se dirigió al lugar. En un punto cercano a la entrada del municipio, detuvo a la comitiva, y pidió a los periodistas que le acompañaban conducirse con cautela: acudiría solo, sin escolta, a tratar de establecer el diálogo con la turbamulta. Sólo le acompañó su fiel jefe de ayudantes, Jesús Martínez y un par de elementos, todos desarmados.

Probablemente esa haya sido la tarde más difícil del mandato de Riva Palacio. El encuentro con los lugareños fue áspero, llovieron insultos y recriminaciones por lo que los pobladores calificaron como indiferencia oficial ante el azote de la delincuencia en la localidad. Aunque en su momento no se publicó en las crónicas, por respeto a su investidura, el gobernador morelense fue jaloneado en un par de ocasiones, recibió manotazos en el pecho, pero nunca perdió la compostura. Tras casi tres horas de estiras y aflojas, se permitió al gobernador ingresar a la cárcel municipal y sacar del lugar a los rehenes, incluido el procurador. Algunas mujeres habían encendido braseros con chiles secos en las ventanas pretendiendo que el humo asfixiara a los cautivos.

Tras salir del lugar y efectuar una obligada escala en la ciudad de Cuautla –la más próxima por distancia al lugar de los hechos- el gobernador bajó de su camioneta y se dirigió al autobús de prensa. “¿Están todos bien, muchachos? ¡Aprovechen para comer y tomar algo, porque nos vamos de inmediato a Cuernavaca!” exclamó Riva Palacio López con el cabello todavía un tanto desordenado.

El periodista Juan Antonio Ayala, corresponsal de Televisa –cuyo compañero camarógrafo de aquel entonces, Rubén Brito, fue peligrosamente perseguido por una veintena de pobladores de Jonacatepec que quisieron arrebatarle y destruir su cámara, sin lograrlo- de plano no se contuvo y le dijo al mandatario, al tiempo de extenderle la mano: “Señor gobernador, con todo respeto, pero ¡qué huevos tiene usted! ¡Mis respetos!”

También se acercó al autobús de prensa el rescatado procurador Flores Allende, quien después del mayúsculo susto, alcanzó a tejer el chiste del año: “Les falló; me bañaron con gasolina Extra, ¡pero mi motor es Nova!”.

Al día siguiente se integró una comisión para atender el caso, que concluyó con la consignación de los policías implicados y la destitución del entonces director estatal de la Policía Judicial, José Isabel Rivera Rueda.

De estos hechos han pasado ya… más de 26 años.

¿Se imagina un escenario como éste en el tiempo actual, en estados como Tamaulipas, Chihuahua, Michoacán o el mismo Morelos?

Definitivamente… eran otros tiempos.

Twitter: @miguelisidro

SOUNDTRACK PARA LA LECTURA:

Breve homenaje a la música alternativa morelense. Faltan muchos proyectos y artistas, pero la limitación del espacio es obvia…

-Bazooko (Morelos, México)
“Preguntikas”

https://www.youtube.com/playlist?list=PLR-WDu_4SZq6WPMUdZ6xaJG58-wiHhRw8

-La Bolonchona (Morelos, México)
“La Yerbita”

https://youtu.be/XzAaze6iLEA

-Wamazo (Morelos, México)
“Patria”

https://youtu.be/y5v-IWGurLA

-Neoplen (Morelos, México)
“Tierra Adentro”

https://youtu.be/hRgpzN80FGE

Top Tracks – Bazooko – YouTube

youtube.com

 

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