Laberintos Mentales

Por Arantxa de Haro / Imagen: “La mujer que llora”. Pablo Picasso. 1937

Ser mujer es peligroso en este país. Recientemente se aplicó la alerta de género en la Ciudad de México, y me quedo pensando en las que partieron forzosamente a manos de sus exparejas, mujeres de todos los estratos y todas las condiciones; mujeres que fueron tocadas inapropiadamente por familiares o gente de confianza; mujeres que han sido violentadas en espacios públicos.

Para los/las/lxs que quedamos, hay secuelas de trauma, revive el terror que nos causa el recuerdo de nuestras amigas, hermanas, madres, sobrinas, maestras, conocidas que fueron golpeadas, ahorcadas, descuartizadas, violadas, ultrajadas de la manera más vil, por el simple hecho de ser mujeres.

La violencia se vive desde la infancia, incluso en ámbitos como la escuela. En el colegio de monjas al que asistía, sólo había uno o dos niños por salón (a veces ninguno), y las demás éramos niñas. En invierno las niñas no podían usar pantalones pues era una “violación al reglamento”. No pasar frío era un privilegio de género. Pese a ese y otros detalles, había alguna compañera de lucha entre las maestras pues quien escribía las circulares siempre lo hacía en lenguaje inclusivo.

En esa escuela mi único faro de luz era Tere, mi maestra de computación. Una mujer de carácter firme, seria, que usaba un “pantsuit” muy a lo Hillary Clinton. Su cabello estaba teñido de rojo vibrante, a veces combinado con su indumentaria. Su método de enseñanza era preciso, y no admitía que nosotras pusiéramos excusas para no hacer el trabajo. Era dura, pero justa. Yo la veía desde mi lugar, y juraba que algún quería ser como ella. Sólo que un día repentinamente faltó al colegio. Salimos a jugar porque a veces nos gustaba que no hubiera clases. Recién había tenido un bebé, pensábamos que tal vez se había sentido mal. Al día siguiente tampoco vino. Su esposo había llamado desesperado al colegio. La reportaron desaparecida. Entonces presentí lo peor. Era una niña de primaria, pero estaba algo consciente de lo que podía suceder.

En la noche del tercer día, recibimos una llamada de la mamá de una compañera mía, una psicóloga que trabajaba en el Ministerio Público. El rostro de mi padre se tornó muy duro, pálido e inexpresivo. Colgó y nos mandó llamar a la mesa a mi hermana y a mí: a Tere la encontraron muerta en un campo de alfalfa, a las afueras de la ciudad. Tenía marcas de estrangulamiento.

En ese momento no lo procesé. Al día siguiente había muchos niños llorando, los más grandes intentábamos mantener la compostura y consolar a los más pequeños. Ver un grupos de niños llorando a primera hora en la mañana era desgarrador. En ese momento no pude derramar ninguna lágrima. Me resigné con cierta facilidad pues no entendía bien la dimensión del problema. Muchas de mis compañeras, incluyéndome, pensamos que su carácter firme y no complaciente había hecho que la mataran. Pensamos que no debió de haber salido a las 9 de la noche por unos cigarros (pues era finales de octubre, y anochecía más pronto por el cambio del horario), que debió haberlo pensado mejor. Cuando culparon al esposo, pensamos que algo debió haber hecho para hacerlo enojar. No nos dábamos cuenta que teníamos ya tan internalizado el machismo.

Fue un año más tarde que el peso de la situación se materializó en mis pensamientos, llegando la terrorífica lucidez. Tomé un curso de verano para aprender piano, pero tenía que esperar a mi madre terminando las clases cerca de un puesto con periódicos amarillistas. Descuartizados, balaceados, ensangrentados, y demás cadáveres en sus diferentes presentaciones se exhibían en las portadas. Mi mente inquieta y el pensamiento obsesivo me dominó:

“Y si te pasa lo mismo, igual que esos que ves en el periódico, así como a Tere”.

Dejé de querer salir. Desarrollé agorafobia y lloraba todos los días. Tenía crisis nerviosas recurrentes y peleaba a arañazos y agarrándome de los marcos de las puertas para no salir de la casa. Estaba aterrada de ser asesinada. Los años hicieron que a fuerza de ser obligada a salir, fuera menguando la agorafobia. pero la depresión nunca se fue.

El trauma fue afectando mi imagen física. Me corté el cabello cuando me di cuenta que no podía tenerlo lacio y manejable como las niñas bonitas de la secundaria. Me obligaban a usar aretes porque “parecía niño”, pero terminaba no usándolos, pues me era muy cómodo cuando me confundían con un chico porque eran más condescendientes conmigo, y me sentía segura.

Los años pasaron, así como mi tránsito por relaciones abusivas. La última en la que estuve hizo que volviera al doctor, y me medicaran. La agresión constante del que fue mi novio por “no ser lo suficientemente delgada”, “no ser lo suficientemente hábil con el idioma”, por “no ser eso o aquello que me pedía”, minó mi autoestima. Terminaba llorando tirada en el piso en la desesperación pensando en que no podía complacerle, aquel a quien ya proyectaba como mi marido, mientras que escuchaba sus descalificaciones y sus gritos. Decidí dejarle de tal manera que me dejara libre bajo la excusa de que “ya quería tener familia” (lo cual era una mentira, pues sabía que eso lo desanimaría de la relación).

Fue así que decidí hacer una pausa…

Sé que nunca Tere volverá, sé que no lo harán tampoco una de mis compañeras de la universidad que murió también a manos de su exnovio, ni lo harán todas aquellas mujeres que personalmente no conocí. Lo único que puedo hacer es estar vigilante, educarme y ser empática, mientras cuido de mi salud mental. No me considero una experta en materia del feminismo, sin embargo no queda de otra más que alimentarme de libros, participar en los foros de discusión, y deconstruirme. Tengo que continuar en mi viaje hacia mi metamorfosis en otra figura de ser “mujer”.

 

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