Por Antonio Reyes Pompeyo

Terminaba de lavarme las manos cuando por el espejo lo vi salir del cubículo del retrete, no pude pasar por alto que subió demasiado rápido sus pantalones apenas terminando la última metralla de mierda y pedos. Era evidente que no se había limpiado el culo y me pregunté si estaría tan seguro de su buena y fibrosa digestión como para no quedar embarrado al final de la deposición.

Por supuesto que no había manera de creer que había logrado un mojón limpio y libre, el tronar de sus nalgas y la explosividad eran manifiestas desde que se sentó en la taza. Tan pronto como se desabrochó el cinturón y dejó caer el pantalón en el mosaico de salpicaduras de meados se sentó y produjo una intensa rapsodia escatológica que me erizó los pelos de la espalda. Fui su vecino unos cuantos segundos, terminé de mear, me sacudí y me sequé con un pedacito de papel antes de apalancar la bajada del agua con el codo e ir a lavarme para seguir capoteando a los quejosos a los que tenía que atender pero mi jefe me había ordenado ignorar.

Como mi escritorio estaba afuera de la zona de mostradores y ventanillas tampoco tenía acceso al baño de los empleados, me tocaba compartir  con los contribuyentes un pequeño cuartucho con una taza y un mingitorio seco que dejaba toda la oficina apestando a cantina vieja. Frente a estos muebles un pequeño lavabo con un espejo me servía para lavarme las manos y ocasionalmente enjuagar el destapacaños cuando se presentaba la ocasión.

-¿¡Qué!? ¿¡Soy o no soy!?
– Perdón jefe, no quería incomodarlo, ¿sabe si todavía hay papel en el portarrollos?
– ¿¡Por!? ¿¡Crees que lo usé!? Sólo los putos se limpian el fundillo, yo ni siquiera me fijé, yo no soy desos.
– No jefe, una disculpa, yo me refería al papel de baño, que si hay.

Traté de decir algo coherente, me sentí descolocado con lo que dijo el viejo acerca de limpiarse y ser puto, nunca había escuchado esa secuencia de ideas, ni siquiera se me había ocurrido, y eso que yo sí soy puto.

-¡Por eso pendejo, sólo los putos se limpian el rabo! ¡Y si estás preguntando si había papel es porque crees que soy puto!

Su lógica era novedosa, audaz, y algo chistosa; no pude aguantar y solté un ruido y una leve mueca de diversión que encendió al viejo enseguida y se aventó hacia mí cogiéndome del cuello de la camisa. Apreté los ojos y en lugar de miedo sentí asco de saber que ni las manos se había lavado el puerco. No sé qué pasó por mi cabeza, un impulso suicida, un ataque kamikaze, una inmolación japonesa, pero agarré al viejo por la camisa y lo besé en la boca. Me soltó rápido de como me tenía agarrado y, tan pronto se apartó un poco, regresó con más furia pero ya no sobre mi cuello y mi camisa amarillo mostaza, sino sobre mi boca; más que besos lo suyo era un ataque, una marasmo de dientes, saliva, carne, lengua y los pelos de su bigote. Era una agresión en toda regla, sus manos me apretaban los huevos con fuerza y sólo podía ladearme ocasionalmente para mantenerlos a salvo; en el fragor de sus acometidas me volteé mientras me desabrochaba el cinturón y me bajaba el pantalón y el bóxer en el mismo movimiento.

-¡Pinche puto!

Lo soltó así, y casi al mismo tiempo que terminaba de saborear la o me dejaba ir la verga entre las nalgas, en seco. Lo sentí duro, violento, casi delicioso, pero mi olfato dominaba cualquier sensación y sólo podía pensar en las nalgas sucias del viejo que en cada acometida contra mí desprendían boronas de mierda.

Después de cinco o seis empujones no pude controlar y vomité la guajolota del desayuno dentro del lavabo; era una explosión de masa y verde que asqueó al viejo quien rápido se apartó de mi culo y se desatoraba los pantalones de sus rodillas flexionadas. Me agarró por los cabellos y me jaloneó enseñándome la verga llena de mierda y me decía algo como que yo era un pinche putito cerdo. La agitación y el ruido debieron ser extraordinarios porque lograron mover la pesadez burocrática de mi jefe y mis colegas.

Abrieron la puerta y alcanzaron a ver al viejo acomodándose la ropa y a mí tirado casi inconsciente con los pantalones y el bóxer hasta los tobillos.

Alguien soltó un predecible ¡quépedo! antes de que el viejo alcanzara a salir con toda impunidad del cuartito hediondo.

No sé qué me hizo sentir más humillado, escuchar a mi jefe decir que nadie de la oficina me iba a apoyar para denunciar porque como yo era puto eso de seguro me había gustado y a lo mucho eso contaba como madriza y ellos no querían problemas; o que me hubiera tocado limpiar todo el desmadre del cuartito de baño. O regresar al día siguiente, a la semana siguiente,  a la quincena siguiente.

 

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