El hombre congelado

Laberintos Mentales

Por Arantxa de Haro

Tú y yo no éramos tan diferentes. Nos confundían por hermanos, teníamos expresiones similares, y nuestros intereses eran iguales. Podíamos pasar horas enteras hablando de temas que considerabas eran tan profundos como “las Fosas de las Marianas”. Tu vida antes de mí, siempre que me la contabas, tenían huecos gigantes y oscuros, que al asomarme yo allí, sentía que había un abismo que podría tragarme. Aunque me decías que estuviste 5 años siendo otro que no eras, en otro país, con otro nombre, en diferentes circunstancias, me mantenía al margen. Yo sólo te abrazaba cuando llorabas.

Visitaba tu casa, tu padre tan ausente casi nunca le veía. Tu madre tan huraña se refugiaba tras una tesis. Siempre una sonrisa falsa, la de tu madre, se asomaba ante mí, una extraña. Sentía en el aire sus pensamientos teñidos de la preocupación de quedar mal ante el ajeno, sus acciones calculadas para evitar el “qué dirán”. También en esa casa se escuchaban los gritos y llantos de tus hermanas, berrinches por estar “gordas”, por no obtener lo que querían. Tú y yo no teníamos nada, no lo exigíamos tampoco. Nos sentábamos en la sala, y comíamos latas de atún que sazonabas.

Los años juntos no nos cambiaron demasiado. Empezaste tratamiento por la ansiedad. Te daban unos medicamentos que no entendía bien para qué servían. Me contabas que cada vez que ibas al doctor, las cabezas de los bustos de las estatuas de Freud, de Tutankamón y otros ilustres que estaban en el consultorio, cambiaban de lugar. Que los libros del librero tenían una secuencia errática “3, 1, 2” en vez de “1, 2, 3” o “3, 2, 1”. Seguro era el psiquiatra, que las movía para engañarte, me decías. Afirmabas con toda seguridad que no ibas a caer en sus trampas, que eras más inteligente de lo que el doctor pensaba. Y aún así me suplicabas no le dijera al doctor que de repente había fantasmas que te hablaban, que había misiones que te encomendaban. Que porque el doctor no iba a entender, que porque la voz de Dios no la debía saber.

Pasó casi media década hasta que una tarde te desmoronaste, peor que la vez que te encerraste en tu auto reclamándole a gritos a la voz que te hablaba. Lloraste un mar y te diste cuenta que Dios nada te encomendaba, ni los ancestros, ni los espíritus. Que la fanfarronería de la que hacías gala no tenía fundamentos. Que te estabas atrasando en la universidad, que la situación de la familia te rebasaba. Te tuve que arrastrar en medio de la crisis al doctor, que te recibió de emergencia. Sólo veía en su rostro ensombrecido lo que yo interpreté como una culpa infundada a sí mismo por no detectar que el paciente le había ocultado síntomas. Cambió tu medicación.

Poco tiempo pasó para que te empezaras a alejar. Creo que fue porque tú pensabas en alguien más. En el fondo lo presentí por lo que empecé a meditar que tal vez lo nuestro estaba por caducar, pese a que en todo ese tiempo yo sólo me había enojado una vez, y tú ninguna. Me decidí, y monté el escenario, sacando una excusa para dejarte de lado. Me fui. Supe después que los cajones de tu mente se estaban desorganizando. Que dejaste el tratamiento, que abandonaste terapia, que tomabas medicamentos para adelgazar y bajaste más de treinta kilos, que te enfermaste (no supe de qué), que me seguiste algunas veces durante uno o dos años. Que han sido casi 10 años desde que iniciaste la carrera y que no la has concluido (pese a que te referías a tus profesores y compañeros ya graduados despectivamente como “primates”). Que recuperaste esos 30 kilos. Que sigues en ese punto del tiempo en el que te dejé. Que ha pasado una década, y que ahora tú y yo somos completamente diferentes.

Autor: Arturo Rodriguez García

Creador del proyecto Notas Sin Pauta. Es además, reportero en el Semanario Proceso; realiza cápsulas de opinión en Grupo Fórmula y es podcaster en Convoy Network. Autor de los libros NL. Los traficantes del poder (Oficio EdicionEs. 2009), El regreso autoritario del PRI (Grigalbo. 2015) y Ecos del 68 (Proceso Ediciones. 2018).

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