La fábula de la igualdad económica (o el mito de la humanización del capitalismo)

Aníbal Feymen / Imágenes: WEForum

“El «soberano» típico del mundo ha pasado a ser ya el capital financiero, que es particularmente ágil y flexible, que está particularmente entrelazado dentro del país y a escala internacional, que es particularmente impersonal y está apartado de la producción directa, que se concentra con facilidad particular y está ya particularmente concentrado, hasta el extremo de que literalmente unos cuantos centenares de multimillonarios y millonarios tienen en sus manos el destino del mundo entero”.

I. Lenin, 1915.

El capitalismo maduro que hoy vivimos se ha convertido en un freno del desarrollo social, o sea, un escollo no sólo para la humanidad sino para el propio régimen socioeconómico, agotado desde el punto de vista histórico.

Desde la consumación del otrora dominante régimen de libre competencia y el surgimiento del capitalismo de monopolio, el robustecimiento de un puñado de colosos industriales ha ido acompañado de la extinción y ruina de una gran cantidad de competidores débiles, de medianas y pequeñas empresas. Los procesos de concentración de la producción y centralización del capital conllevan a que la parte fundamental de la producción en las ramas industriales más relevantes corresponda fundamentalmente a un grupo de consorcios cada vez más reducidos. Así, podemos observar que la economía del capitalismo actual muestra la conexión existente entre la creciente concentración de la producción y del capital y el aumento del poder de la oligarquía financiera: el estrecho enlazamiento del capital de los monopolios industriales y bancarios dan como resultado el surgimiento del capital financiero.

El capital financiero ha exacerbado todo conjunto de contradicciones sociales: se intensifica no sólo la explotación de los trabajadores, sino que se agravan las discordancias en el seno de la propia clase dominante haciendo surgir una honda división en el propio seno de la burguesía. Un pequeño grupo de monopolistas –representados por la oligarquía financiera– se apropia de las superganancias monopolistas confrontándose tanto con las clases trabajadoras como con un extenso sector de la burguesía media y pequeña que se ve desplazada de sus más variadas fuentes de ingresos. Así, la riqueza producida socialmente es accesible –casi en su totalidad– sólo para unos cuantos monopolistas, mientras que se encuentra impedida para las amplias masas que conforman la población mundial.

La formación de monopolios internacionales es también un resultado lógico de los procesos de concentración del capital y su andamiaje mundial. Este capitalismo monopolista es lo que conocemos como imperialismo. Ha sido propio del imperialismo –señalaba el revolucionario ruso Vladimir Ilich Lenin– una cosa «que antes, hasta el siglo XX, no existía, a saber: el reparto económico del mundo entre los trust internacionales, el reparto de los países entre ellos, por medio de un acuerdo, como esferas de venta». Y al caracterizar el imperialismo de su tiempo, subrayaba que «ha empezado el reparto del mundo por los trusts internacionales». Lenin señaló hace un siglo el nacimiento de los supermonopolios  internacionales; en la actualidad este proceso ha conducido a que una porción de éstos se hayan apoderado casi totalmente del mercado capitalista mundial.

Con todo lo anterior podemos afirmar, parafraseando a Lenin, que el imperialismo –capitalismo monopolista– se erige en un sistema de opresión neocolonial y de estrangulación financiera de la inmensa mayoría de la población a manos de un puñado de países hegemónicos y altamente industrializados. La repartición del mundo, mediante el despojo de recursos estratégicos y naturales a países dependientes, realizada por unas cuantas potencias imperialistas codiciosas y tremendamente armadas, que dominan el planeta y lo arrastran hacia su guerra de saqueo, subyugación y muerte.

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Klaus Shwab. Los capitalismos

Hace unos días, Oxfam International publicó su informe anual sobre desigualdad mundial  (Consultar aquí) en el que destaca que poco más de dos millares de multimillonarios que hay en el mundo poseen más riqueza que el 60% de la población mundial; o sea, que 2 mil 153 millonarios poseen mucha mayor riqueza que la que detentan 4 mil 600 millones de personas. Una escandalosa polarización de la riqueza que tiene como origen la necesidad de los imperialistas de acumular cada vez mayores cantidades de riqueza socialmente producida.

Oxfam también destaca que los 22 hombres más ricos del mundo tienen ahora más riqueza que todas las mujeres de África. Las mujeres y las niñas dedican 12 mil 500 millones de horas de trabajo de cuidado no remunerado cada día –una contribución a la economía global de al menos 10 mil 800 billones de dólares al año, más de tres veces el tamaño de la industria tecnológica mundial. Conseguir que el uno por ciento más rico pague sólo un 0.5% de impuestos adicionales sobre su riqueza en los próximos 10 años equivaldría a la inversión necesaria para crear 117 millones de puestos de trabajo en sectores como el cuidado de ancianos y niños, la educación y la salud.

Ante estos datos, Oxfam concluye que «estos ejemplos de riqueza extrema conviven con un enorme nivel de pobreza. Según las estimaciones más recientes del Banco Mundial, prácticamente la mitad de la población mundial vive con menos de 5.50 dólares al día, mientras que el ritmo de reducción de la pobreza ha caído a la mitad desde 2013. Esta enorme brecha es consecuencia de un sistema económico fallido y sexista. Se trata de un modelo económico defectuoso que ha acumulado enormes cantidades de riqueza y poder en manos de una élite rica, cuyos beneficios se deben en parte a la explotación del trabajo de mujeres y niñas y a la vulneración sistemática de sus derechos. En lo más alto de la economía global se encuentra una pequeña élite de personas con fortunas inimaginables, que van incrementando exponencialmente su riqueza sin apenas esfuerzo, independientemente de si aportan o no un valor añadido a la sociedad».

Resulta interesante observar que el informe fue presentado poco antes de que iniciara el Foro Económico Mundial en Davos, Suiza, que cada año se convierte en un lugar de encuentro y reflexión para la élite global empresarial, del sector público y de la academia, con miras a desarrollar ideas para hacer que el capitalismo funcione. Allí, los temas de la desigualdad, el cambio climático y la recesión capitalista fueron los ejes de discusión para la élite oligárquica mundial. En este sentido, correspondió a Klaus Schwab, fundador y director del Foro Económico Mundial, presentar la propuesta ejecutiva que un importante segmento de la gran burguesía internacional intenta implementar como forma de paliar las graves crisis que complican el desarrollo del capitalismo mundial. Mediante el Manifiesto de Davos (para consulta, aquí), Schwab presentó lo que a sus ojos –y a los de la fracción burguesa que representa– es la fórmula que el capitalismo necesita para evitar su colapso y, desde luego, eludir el aumento de la lucha de clases tan presente, por ejemplo, en Suramérica o en Medio Oriente: el capitalismo de las partes interesadas.

Klaus Schwab no es cualquier funcionario; es uno de los ideólogos más notables de la oligarquía imperialista. De acuerdo con el marxista británico Michael Roberts, «Schwab fue profesor de políticas de negocios en la Universidad de Ginebra desde 1972 hasta 2002. Desde 1979, ha publicado el Global Competitiveness Report, un informe anual que evalúa el potencial para aumentar la productividad y el crecimiento económico de los países de todo el mundo, escrito por un equipo de economistas. Durante los primeros años de su carrera, formó parte de muchos consejos de administración de empresas, como Swatch Group, Daily Mail Group y Vontobel Holdings. Fue miembro del comité de dirección del conocido Grupo Bilderberg. Este grupo realiza una conferencia anual desde 1954 para reforzar el consenso entre las élites para apoyar el “capitalismo occidental de libre mercado” y sus intereses en todo el mundo. Estas reuniones son privadas y a ellas asisten los poderosos del mundo».

De acuerdo con el director del Foro Económico Mundial, el capitalismo de las partes interesadas es la manera de “moldear” el capitalismo en algo que incluya a todo el mundo. En el mensaje que Schwab dirigió al foro define claramente esta singular propuesta:

«En general, tenemos tres modelos entre los cuales elegir. El primero es el “capitalismo de accionistas”, adoptado por la mayoría de las corporaciones occidentales, que sostiene que la meta principal de una corporación debe ser maximizar sus ganancias. El segundo modelo es el “capitalismo de estado”, que confía al gobierno la responsabilidad de establecer la dirección de la economía, y que ha cobrado importancia en muchos mercados emergentes, entre ellos China. Sin embargo, en comparación con estas dos opciones, la tercera es la más recomendable. El “capitalismo de las partes interesadas”, un modelo que propuse por primera vez hace medio siglo, que posiciona a las corporaciones privadas como fideicomisarios de la sociedad y es claramente la mejor respuesta a los desafíos sociales y ambientales de hoy.

Así que las grandes corporaciones deberían ser los “fideicomisarios de la sociedad” y la principal fuerza para resolver los desafíos sociales y ambientales de hoy. Necesitamos reemplazar el “capitalismo de accionistas” que es el modelo dominante en este momento. Eso es porque el enfoque exclusivo en las ganancias provocó que el capitalismo de accionistas se desconectara cada vez más de la economía real. Muchas personas se dan cuenta de que esta forma de capitalismo ya no es sostenible. También hay una reacción popular frente al fracaso del “capitalismo de accionistas” y su incapacidad para enfrentar la creciente desigualdad de ingresos y riqueza, el cambio climático y los desastres medioambientales y el impacto de las nuevas tecnologías. El “capitalismo de las partes interesadas”, en cambio, puede acercar al mundo a la consecución de objetivos compartidos».

De manera reiterada, en varios artículos que he escrito con anterioridad para Notas Sin Pauta, he insistido en que el espacio del capital se altera permanentemente, alternando procesos productivos y buscando incesantemente nuevos mercados lo que estimula el surgimiento de obstáculos a los procesos de valorización y acumulación capitalista; obstáculos que no se pueden eliminar con el simple ajuste técnico-económico del movimiento cíclico actual. Dicho de otro modo, la restauración de la dinámica de los procesos de valorización y acumulación capitalistas, obliga a modificar algunos de los parámetros claves del sistema. Así, bajo esta lógica, nos encontramos ante una crisis estructural. Toda crisis estructural inaugura un periodo de transición hacia un nuevo patrón de acumulación. Es éste el que se encarga de resolver las contradicciones que provoca el colapso del patrón antiguo.

Bajo estos planteamientos podemos captar el proceso histórico-concreto de sustitución permanente de patrones de acumulación para el funcionamiento del capitalismo, y nos permite hasta cierto punto de vista predecir las características futuras del patrón de acumulación nuevo que debe sustituir al agotado, toda vez que éste aparece como solución a los problemas de aquel. Con ello observamos que un nuevo patrón de acumulación no es otra cosa que un nuevo tipo histórico en las condiciones de producción. Con la aparición de una crisis estructural en el capitalismo, el modo de producción reclama un cambio mayor, de orden estructural, para volver a asumir una conducta económica dinámica.

Desde mi punto de vista, la exposición de Schwab a la élite económica mundial es la respuesta que, según él, requiere el crítico capitalismo actual. El mencionado “capitalismo de accionistas” es sólo un eufemismo para referirse al neoliberalismo, desde luego. Así que la pretensión de este híbrido de características intermedias entre neoliberalismo y keynesianismo, el “capitalismo de las partes interesadas”, es un llamado para “humanizar” el capitalismo.

Con su propuesta, Klaus Schwab hace eco de los postulados de economistas burgueses hoy contrarios a los planteamientos de las políticas neoliberales que intentan con urgencia –ante una posible depauperación del modo de producción– modificar el patrón de acumulación capitalista para hacerlo menos agresivo para el medio ambiente y la población mundial; entre estos reformistas se encuentran el Premio Nobel de economía Joseph Stiglitz y su postulado de “capitalismo progresista” o la aspirante presidencial estadounidense, Elizabeth Warren, con su propuesta de “capitalismo responsable”.

Algo similar sueña Oxfam para terminar con la desigualdad y la polarización de la riqueza: «los gobiernos de todo el mundo deben tomar medidas urgentes para construir una economía más humana y feminista que valore lo que realmente importa para la sociedad, en vez de alimentar una carrera sin fin por el beneficio económico y la acumulación de riqueza».

No obstante esta serie de propuestas “humanizadoras” del capitalismo, en el mismo Foro Económico Mundial, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, expresó a la oligarquía mundial que el capitalismo está rebosante, alcanzando nuevos máximos y que no hay necesidad de hablar y menos de preocuparse por crisis económicas o climáticas. Las contradicciones, resistencias y pugnas inter-burguesas en el seno de la élite oligárquica imperialista.

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Las propuestas para “humanizar” el capitalismo planteadas por Schwab o por Oxfam no son otra cosa que disparates embusteros, por decirlo suavemente. La particularidad fundamental del capitalismo imperialista consiste en la dominación de los grandes consorcios internacionales quienes sólo pueden obtener la máxima solidez cuando logran acaparar para sí todas las fuentes de materias primas y fuerza de trabajo barata con la finalidad de quitar al adversario toda posibilidad de competencia por adquirir, por ejemplo, tierras que contienen minerales o yacimientos de hidrocarburos, etc. La posición de colonias es lo único que garantiza de una manera completa el éxito del monopolio contra todas las contingencias de la lucha contra el corporativo adversario. Aún cuando éste procure defenderse mediante reformas jurídicas o constitucionales o, caso extremo, mediante una ley que implante el monopolio del Estado. Cuanto más desarrollado está el capitalismo, cuanto más necesaria se hace la obtención de materias primas y fuerza de trabajo barata, cuanto más ardua es la competencia para conquistar mercados cada vez más acaparados, más encarnizada es la lucha por obtener enormes niveles de riqueza y, desde luego, por adquirir colonias en los países con economías dependientes.

La humanización del capitalismo es imposible, pues para poder explotar a los trabajadores, productores exclusivos de la riqueza social, es necesario justamente someterlos a un proceso de enajenación que sólo genera el despojo de su humanidad y su resultante cosificación. La deshumanización del trabajador es condición necesaria para la obtención de plusvalía, piedra angular del modo de producción capitalista.

El único cambio posible es romper total y radicalmente con el capitalismo mediante la fuerza organizada de las masas populares. En Francia, Suramérica o Medio Oriente las clases sociales subordinadas se organizan y luchan frontalmente contra un sistema que los explota y somete. Sólo la organización revolucionaria será capaz de engendrar un mundo justo y equitativo. No todo está perdido, pero si tardamos un poco más, no habrá mundo que transformar.

Autor: Arturo Rodriguez García

Creador del proyecto Notas Sin Pauta. Es además, reportero en el Semanario Proceso; realiza cápsulas de opinión en Grupo Fórmula y es podcaster en Convoy Network. Autor de los libros NL. Los traficantes del poder (Oficio EdicionEs. 2009), El regreso autoritario del PRI (Grigalbo. 2015) y Ecos del 68 (Proceso Ediciones. 2018).

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