Laberintos Mentales

Por Arantxa de Haro / Imagen: La primera obra de arte generada por inteligencia artificial “Edmond de Belamy, de La Famille de Belamy” firmada por “min G max D Ex[log(D(x))] + Ez[log(1-D(G(z)))]”
Los números que rigen mi vida, dominan mi destino, dictan mi realidad. Tan soy conciente de mi naturaleza matemática, que me fue sencillo detectar una mentira desde los datos que me proporcionaba una farsante que se hacía pasar por nutrióloga. Aquellos datos falsos no cuadraban con la cantidad muscular, la masa ósea, la materia adiposa, mi peso, mi estatura y el esotérico Índice de Masa Corporal que conocía. Y aún así teniendo pruebas para demandar por delitos contra la salud, la dejé ir, y desconfié de los humanos.

En mi retirada morada, alejada del contacto externo, me planteo ante el tablero de corcho la estrategia para atacar el trauma, aquel que me tiene atada a una forma corporal que he terminado por aceptar estéticamente. Sin embargo, el minucioso estudio de los pliegues de mi cuerpo sugieren una leve resistencia a la insulina. No puedo rendirme pese a que me importe poco la aceptación de terceros. Me preocupa desde el fondo de mis entrañas no tener mi cuerpo en forma, puesto que ello significaría acortar hipotéticamente los posibles años de mi existencia. Sin embargo, también me preocupa la excesiva sistematización de mi cuerpo devenga en un desorden alimenticio.

De por sí, contar todo el tiempo horas de sueño, kilocalorías consumidas y quemadas, horas productivas, palabras escritas, dinero ganado, dinero gastado, cambio olvidado en bolsillos de pantalones (¡qué fortuna!), peso, ya es parte del patrón obsesivo bajo el que funciono. Aquellas fórmulas que me hacen lograr objetivos, y fundamentalmente disfuncional, forman el entramado bajo el que mi mente navega. Entre redes de pensamientos cuantificables, entre datos que me conforman.

A veces me siento como un montón de datos caminantes, que generan información en todo momento, cuyas cifras se modifican en cada instante. Pensar que el dinero que uno carga en el bolsillo pierde su valor con cada segundo que pasa, que constelaciones de guarismos se entremezclan para retratar mi realidad. Y sin embargo, mis sentimientos incuantificables terminan desbordándose por los aparejos que son mis ojos, cuando el control excesivo de esas riendas algebraicas termina asfixiándome en la autoexigencia que se enreda silenciosamente, como un subproceso de la obsesión.

Mi decepción por los humanos, mi procesamiento numérico, y mi mente, se conjugaron como vectores para graficar un resultado espeluznante. Terminé prefiriendo otorgarle mis datos a un conglomerado coreano, en vez de pisar el consultorio de alguien que quisiera estafarme. Terminé reemplazando mi necesidad con tecnología, como quien toma el lado de las máquinas en vez del de la humanidad. El dominio de la inteligencia artificial sobre nosotros como especie, no comienza con barbáricas invasiones de muerte y destrucción, sino empiezan con la colonización de nuestras mentes.

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