Por Arturo Rodríguez García
Hoy, me permitiré contarles una historia de reporteo.
En la edición 2233 de la @revistaproceso publiqué la relación de Rosario Robles Berlanga con Susana Islas y su hermano Alejandro, ambos accionistas de empresas vinculadas al desfalco en Sedesol y Sedatu, que planteó el fiscal en la audiencia del miércoles y con lo que consiguió que la primera secretaria de Estado en ir a una prisión, se mantenga ahí.
El 15 de agosto de 2019 fue viernes de cierre de edición. No tenía asignación para esa semana en Proceso pero, asunto de suerte, pude consultar, poco después del mediodía, el contrato de arrendamiento del departamento de Reforma 222 que Rosario Robles rentó y en cuya firma ofrecía al calce un domicilio en Torreón.
Robles aseguró ante el juez que no vivió en otro domicilio que el de la alcaldía Coyoacán, aunque había pruebas bastantes para demostrar que no era así. Estaba en duda el trámite de una licencia de conducir por un domicilio en Polanco que, entre otras cosas, el juez valoró como dato suficiente para observar que mentía y podía evadirse, con lo que dictó prisión preventiva.
Con el domicilio de Reforma 222, el de Polanco (Animal Político documentaría días después que el domicilio de Polanco era propiedad de Ruiz Esparaza) y los registros periodísticos de cuando usó una propiedad de Carlos Ahumada, su alegato se caía.
Ese mismo día, Raul Perez y yo, recorrimos en su motocicleta los domicilios de la Ciudad de México (recuerdo que puse una foto en Instagram con casco). En cada oportunidad, mensajeaba con dos amigos en Torreón (cuyos nombres debo reservarme), que me localizaron la vivienda que aparecía en el contrato de Reforma 222. Resultó ser de Susana Islas de quien no sabia más.
A las 6:30 de la tarde de ese 15 de agosto, llegué a la redacción de Proceso y lo único que se me ocurrió, fue consultar las diferentes bases de datos, entre estas, el Registro Público de Comercio. Ahí estaba Susana, su hermano y otras personas de apellidos conocidos en Torreón relacionadas en diferentes empresas.
Fui con Homero Campa subdirector de Proceso, ya como a las 7:30. Sobre su escritorio, estaba, impreso, un reportaje de Mathieu Tourliere, fechado un año antes. Mientras Homero terminaba una llamada, me puse a leer y ahí aparecía Alejandro Islas, como parte de un entramado de corrupción observado por la ASF.
Regresé rápido a mi lugar. Busqué de nuevo los documentos más actualizados de las razones sociales y los Islas seguían en la sociedad. Además, una búsqueda rápida me permitió establecer que el marido de Susana Islas –desaparecido como otros miembros de esa familia desde 2010—era familiar de la exsecretaria.
Por esos días había conseguido la lista de auditorías que la FGR usó para imputar el desvío de poco más de 5 mil millones de pesos. Trabajaba sobre el listado para un futuro trabajo pero en ese punto ya era de gran utilidad. La clave era ver si el asunto de las empresas de Torreón, de las que se había ocupado Mathieu, estaban incluidas en la imputación y pues sí. Al contraste todo era relacionable así:
a) Rosario vivió en Reforma 222, un dato que no era tan conocido;
b) el contrato de arrendamiento firmado por ella, daba un domicilio en Torreón;
c) el domicilio era de Susana Islas;
d) Susana fue esposa de un familiar de Rosario Robles;
e) Susana y su hermano, eran accionistas de empresas beneficiarias del desfalco;
f) ese desfalco acreditado por la Auditoría Superior de la Federación formaba parte del pliego de imputación a Rosario Robles.
Como a las 8:00 de la noche, inicié la redacción del reportaje. El director, don Rafael Rodriguez movió la edición y decidió darle el lugar de apertura a mi trabajo sobre los domicilios de Rosario Robles y con eso, abrir una línea más allá de lo que parecía anecdótico, una probanza débil del mp para mandarla a prisión preventiva (algo que su defensa usaba para desacreditar el procedimiento judicial). La portada de Proceso se tituló “De la soberbia a la humillación”, en interiores “De Reforma 222 a Santa Martha Acatitla” y en digital “La casona de Rosario Robles que la vincula a la Estafa Maestra”.
Debo decir también que aquel no fue mi mejor texto, fue un híbrido que pretendía originalmente cronicar los domicilios de Rosario Robles con el recorrido que habíamos hecho Raul y yo, y que terminó incorporando datos duros. El tiempo –debía entregar antes de medianoche– no me dio para pulirlo más pero el asunto era un hallazgo.
Durante la audiencia reciente de Rosario Robles, el dato del domicilio de Torreón, fue expuesto por el ministerio público y fue clave para dejarla en prisión. La relación de los domicilios la hundieron. Desde ayer muchos medios lo retoman de ahí, y está bien, esa es su fuente, esa es su cobertura. Pero también ese fue el destino de mi reporteo de una jornada intensa: 12 horas sin descanso con la emoción de encontrar “la nota”, un periodista entenderá mejor que nadie a qué me refiero.
No suelo contar cómo reporteo ni presumir reportajes porque así nos han enseñado, porque la información se publica por interés público y no para buscar el reconocimiento público, así es en Proceso y así debe ser el periodismo. Pero hoy hice la excepción,
porque me entusiasmó el desenlace, es decir, que ese hallazgo informativo haya sido corroborado luego por el ministerio público y que sirviera como parte fundamental de la probanza que dejó a Rosario Robles en prisión para enfrentar el proceso penal.
Comparto aquí el fragmento de ese trabajo como se publicó en la versión digital de Proceso.

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