DE UN MUNDO RARO
Por Miguel Ángel Isidro

Cada pueblo tiene la historia que se merece, o la que cree merecer.

En ese controversial ejercicio en que se han convertido las conferencias de prensa “mañaneras” del Presidente Andrés Manuel López Obrador, en pasados días el jefe del Ejecutivo deslizó una propuesta que encendió un inusual debate: anunció que presentará una reforma de ley para que a partir del próximo ciclo escolar se terminen los llamados “fines de semana largos”, a modo de que las fechas del calendario cívico se conmemoren “en el día que corresponde”.

La medida, argumentó, tiene como finalidad el fortalecer la memoria histórica de los mexicanos.

“Es lamentable que en los últimos tiempos se haya dejado en el olvido estas fechas cívicas, históricas”, expresó.

“Los niños hablan de los puentes pero no del porqué no asisten a la escuela como acaba de suceder. Este 5 de febrero nadie recuerda que se promulgó la Constitución, para nosotros un hecho histórico de gran relevancia”, agregó el mandatario.

Hasta aquí, todo parece estar bien. El diagnóstico de López Obrador corresponde a una situación real; el calendario cívico ha perdido sentido para millones de mexicanos.

Aquí no entraremos en el debate sobre el presunto impacto que la medida tendría en el turismo nacional; ése es otro asunto que merece un análisis por separado.

El punto aquí es reflexionar sobre la manera en que el sistema educativo nos enseña e ilustra sobre la historia nacional.

Pertenezco a una generación a la que nos enseñaron la historia basándonos en un esquema de memorización de fechas y eventos de manera sistemática.

Aprendimos historia de la misma manera que las tablas de multiplicar: la memorización da lugar a una mecanización del conocimiento, pero nada tiene que ver con procesos de análisis, o con la cabal comprensión de los hechos.

La historia, dicen los clásicos, no es una ciencia exacta. Y aprender y asimilar nuestro devenir histórico poco tiene que ver con la mexicanísima costumbre de suspender labores escolares y laborales a la menor provocación.

Cada 5 de febrero celebramos la promulgación de la Constitución Mexicana; misma que es sometida a toda clase de abusos y violaciones por parte de nuestra lamentable clase política nacional.

¿Tendría el mismo sabor el Grito de Independencia si cayéramos en cuenta de que el movimiento insurgente de 1810 fue iniciado por un cura monarquista, que usó como estandarte una imagen religiosa para aprovecharse del fanatismo de las clases oprimidas? ¿O si la ceremonia nocturna en la que nos desgañitamos en vivas a la patria y a los héroes que nos la brindaron tiene su origen en los festejos del cumpleaños de un dictador?

¿Qué es lo que conmemoramos, por ejemplo, el 20 de Noviembre? Damos por sentado que fue el inicio de la Revolución Mexicana, pero, nunca reparamos en la cadena de traiciones que tuvieron lugar en ese episodio de nuestra historia. Por cierto, ¿cuándo concluyó la Revolución? ¿Alguien sabe? Y sobre todo, ¿quién ganó?

No soy un especialista en historia, pero queda claro que el fortalecimiento de nuestra memoria y valores cívicos es un asunto que va más allá de fechas, nombres, monumentos y ceremonias.

Y aunque el diagnóstico presidencial sobre dicho fenómeno es correcto, la solución propuesta dista de ser suficiente. Es generalmente sabido que aún en los tiempos en que las fechas cívicas se conmemoraban en “la fecha correspondiente”, la mayor parte de los mexicanos ignoramos el contexto de dichos acontecimientos.

Me viene a la memoria una anécdota personal.

A principios de la década pasada, tuve la oportunidad de impartir algunas clases en la Universidad del Valle de México en su Campus de Matamoros, Tamaulipas.

En una de ellas, denominada “Medios Alternativos de Comunicación” debatíamos con los estudiantes acerca del papel de los medios tradicionales de información como una fuente fidedigna de historia.

Lancé una pregunta al azar: ¿cuantos de ustedes saben lo que ocurrió en México en 1968?

Algunos estudiantes alcanzaron a hacer referencia a los Juegos Olímpicos celebrados en México. Entonces les propuse un proyecto: investiguen todo lo que puedan sobre ese año, y particularmente sobre el 2 de octubre de 1968.

A la siguiente sesión, los estudiantes -la mayoría mujeres, todos ellos rondando los 20, 22 años de edad- llegaron con información diversa, y muchos de ellos mostraron sorpresa, particularmente sobre la Matanza de Tlaltelolco: ¿cómo es que no se habla más de esto o no se hace ninguna ceremonia nacional al respecto?, preguntaba una alumna, notablemente impactada.

Ahí caí en cuenta de una parte curiosa de nuestras efemérides: su etnocentrismo. Porque para los morelenses, por ejemplo, tiene mayor arraigo el Plan de Ayala, si tomamos en cuenta que una de las principales avenidas de Cuernavaca lleva ese nombre. O así entenderíamos como para los guanajuatenses, El Pípila es un personaje histórico dotado de toda veracidad y sentido.

La conmemoración de la Matanza de Tlaltelolco, se convirtió, de alguna manera, en una efeméride chilanga, sobre todo por la marcha que año con año de realiza en torno a ella, aunque la irrupción de grupos anarquistas ha distorsionado gravemente el contexto de su evocación. Los actos vandálicos han desplazado a la protesta ciudadana como nota periodística en esa fecha tan trascendental para la transición democrática en México.

(Hago aquí un paréntesis para invitar a los lectores a conocer “Ecos del 68”, libro y podcast del periodista Arturo Rodríguez, que hubiera sido de gran utilidad en mis actividades como catedrático).

Cabe mencionar que en la citada clase, uno de los alumnos mencionó: mi papá participó en las protestas. Le pedí que lo invitara a clase a compartirnos su testimonio.

En la siguiente sesión, el señor Martínez -lamentablemente no recuerdo su primer nombre-, ingeniero de profesión, nos platicó de sus andanzas como integrante del Comité Estudiantil de la Vocacional 3, de las marchas, de la ocupación militar en instalaciones del Politécnico Nacional, y de cómo un accidente probablemente salvó su vida: salió lesionado en un partido de fútbol, lo que le impidió asistir al trágico mitin en la Plaza de las Tres Culturas. “Muchos de mis compañeros desaparecieron después de esa fecha”, recordó, ante los azorados estudiantes que lo escuchaban. Y más les impactó escuchar que todas esas vivencias las tuvo cuando tenía apenas 17 años de edad.

Tomémosle pues, la palabra al Presidente; rescatemos la memoria histórica nacional, pero no desde el patrioterismo fanatizante de las ceremonias huecas o en la adoración desbordada de estatuas y monumentos como si fueran ídolos prehispánicos a los que tenemos que ofrecer en sacrificio nuestra libertad de conciencia para profesarles ciega devoción.

Abracemos la posibilidad de impulsar el nacimiento de una nueva era en la conciencia nacional; más allá del discurso panfletario y electorero de nuestros Padrotes y Madrotas de la Patria, que han torcido nuestra historia en beneficio de sus propias causas e intereses.

Este esfuerzo debe impulsarse desde el sector educativo, sí, pero también desde todos los espacios de reflexión y análisis del acontecer diario.

Dijo alguna vez la escritora británica Jane Austen: “Me maravillo a menudo de que la historia resulte tan pesada, porque gran parte de ella debe ser pura invención”.

La historia sin reflexión se queda en la vacuidad del dato muerto. ¡Seamos, de una vez por todas, Historia viva!

Twitter: @miguelisidro

SOUNDTRACK PARA LA LECTURA:

-Ritmo Peligroso (México)
“Revolución”

https://youtu.be/jDyRBCQc1hM

-Gabino Palomares (México)
“La maldición de la Malinche”

https://youtu.be/2MUj1annD6w

La Castañeda (México)
“Viejo veneno”

https://youtu.be/2UOPLwYVCC0

-Zapata El Caudillo del Son (México)
“Gritas y te vas”

https://youtu.be/9VzziQeYo1k

Ritmo Peligroso – Revolución [Letra]

 

 

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