Nostalgias infundadas

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Reflexiones Apátridas

La primera vez que recibí una carta fue cuando me mudé a Ciudad Juárez. Me la envió una amiga de la secundaria que al despedirnos prometió con lágrimas en los ojos que me “escribiría siempre” —ese siempre fervoroso pero muy endeble de los adolescentes y de los enamorados primerizos. Al mes de habernos instalado en esa ciudad fronteriza la carta llegó en un sobre de esos denominados “aéreos”, inconfundibles por orillas con rayas rojas y azules. Abrí la carta con mucho entusiasmo pero el contenido más bien me descorazonó; mi amiga me contaba cosas como: “Nos dejan mucha tarea, Malena sigue molestándonos a todas, odiamos al prefecto”. Es decir, cosas que me dolieron, ahora lo sé, porque ya no formaba parte de ese mundo. La vida que había dejado atrás terminó de disolverse luego de unas cuantas cartas más; aquel “siempre” duró unos seis meses.

No todas las historias de amistades epistolares terminan de forma tan sosa o abrupta, pero es indudable que tienen un encanto particular, no por nada en la literatura existe, tanto en la ficción como en la no ficción, el género epistolar. La atracción por el intercambio epistolar en cualquiera de sus presentaciones revela, si lo decimos sin rodeos, la curiosidad morbosa que nos despierta saber lo que se dicen dos personas, la forma en que se tratan, incluso las confesiones más preciadas y los sentimientos más personales.

A treinta años de distancia de esa primera carta no solo ha cambiado la forma de construir —o destruir— una amistad a distancia, sino también los medios que se utilizan para ello. Debo admitir que me gustaba recibir cartas escritas a mano, postales y toda clase de detalles; en otra época, por ejemplo, una amiga me enviaba collages de recortes de revistas de cosas que le recordaban a mí o que sabía que me gustaría ver en un solo lugar —era y es una genia—, en otro tiempo intercambié cartas con un novio al que le prometí escribirle siempre; él a veces me enviaba letras de canciones de amor y largos relatos de su melancolía creciente desde que me mudé de ciudad —ese siempre duró más que el de mi amiga de la secundaria pero en algún momento también caducó. Por supuesto guardo muchas de las cartas que recibí en esas y otras etapas de mi vida y, cómo no, algunas veces me da curiosidad volverlas a leer, pues tienen, al igual que las fotografías, el embriagador poder de invocación de vidas pasadas. Sin embargo, en la actualidad me gusta más saber de mis amigos en tiempo real, sobre todo de los que viven lejos; amigos que en primer lugar pude hacer gracias al trabajo a distancia que tengo, algo impensable hasta hace muy poco.

Hace un par de años una amiga de España y yo nos propusimos escribirnos por correo tradicional —¿este adjetivo es correcto o sería mejor decir “normal”, “análogo”?. El experimento fue interesante pero infructuoso, más que nada porque nos escribimos regularmente por mensajero instantáneo y para cuando llegaban las cartas —tardaban hasta cuatro meses— lo escrito sonaba obsoleto; además no tardábamos en contarnos lo que habíamos sentido al recibir recibir la misiva de manos del cartero. Nada de lo que queremos decirnos queda en espera, y ¿para qué?

No conozco el nombre de mi cartero aunque tengo más de cuatro años de conocerlo. Es una descortesía mía, lo sé, pero a mi favor diré que cada 12 de noviembre le obsequio algo. Es un señor muy amable y me hace el favor de entregarme el estado de cuenta de una tienda departamental que tiene mal el número de mi casa. Un día mi amiga de España me envió una postal con fotos que nos tomamos cuando fui a visitarla y el señor cartero la puso con mucho cuidado en la puerta para que no se maltratara y me dijo que no la deslizó por debajo de la puerta porque no sabía si mi perro destruye cosas —no lo hace, Larry es el perrito mejor portado del mundo. Sin duda el cartero es un personaje, al igual que los muchachos que nos venden agua o los señores que traen el gas, que forma parte de nuestra vida cotidiana, con el que hemos formado un vínculo cordial y estrecho aunque poco profundo. Lo que sí es que el cartero ha perdido su poder de heraldo del amor y la amistad, pues los sobres que nos trae a casa son en su mayoría estados de cuenta y folletos promocionales.

Lo más interesante de mi último intercambio epistolar fue ir a la oficina de correos. Lo que más me sorprendió de ese lugar fue la decadencia atroz en la que naufraga. Lo único nuevo que vi en toda la oficina fue el rótulo exterior con el logotipo rediseñado hace algunos años seguramente con la intención de dotar de nuevos aires a la institución. Dentro de la oficina solo encontré muebles infinitamente inventariados, apartados postales abandonados, mostradores con marcas evidentes del paso del tiempo. Lo único que sigue igual son los procesos burocráticos para dejar o recoger cartas y paquetes, algo que nos recuerdan la cara más fea de una actividad que hasta hace solo tres décadas resultaba imprescindible. Sí vi algunos visos de modernidad, como las computadoras, el sistema de rastreo, los timbres electrónicos —¿qué pensarán de esta los filatélicos?—, sin embargo, no son suficientes para renovar por completo aquella cápsula del tiempo que parece apagarse poco a poco ante una época de personas absortas en la inmediatez y sustratos virtuales. Por supuesto que habrá oficinas de correos más modernas —si es que este adjetivo sugiere algo positivo— y con seguridad aún hay procesos que solo pueden realizarse por ese medio, pero debemos reconocer que ya es tarde para romantizar las amistades y amores vía carta a la luz de las medios de la era del internet. A veces no nos queda más que aceptar que hay nostalgias infundadas.

 

 

Autor: Vonne Lara

Diseño libros e intento escribir otros. Amo la música, la cultura, la ciencia y la tecnología. Mamá cósmica.