Mujeres y revolución: una reivindicación necesaria

Por Yaocihuatl Atenea

Durante esta semana se han producido dos sucesos execrables e igualmente indignantes: por un lado, el brutal feminicidio de Ingrid Escamilla, hecho funesto que pone en el debate una vez más, la terrible violencia que se ejerce a diario contra las mujeres en este país. Por otro lado, la filtración a la prensa y publicación de las brutales imágenes del cuerpo sin vida de Ingrid, situación aberrante y que pone de manifiesto la complicidad de los medios de comunicación con el Estado para generar un constante terror entre la población, vaya, la implementación del Terrorismo de Estado en una de sus facetas.

Frente a estas atroces situaciones me pregunté ¿qué tanto se pueden comprometer los periodistas con la transformación -real y no de la manera falaz y maniquea que exige López Obrador desde su púlpito mañanero- de una sociedad violenta y una realidad terrorífica?

Hurgando un poco en mis recuerdos me encontré con la historia de Ulrike Meinhof, una periodista alemana que pasó de una vida aburguesada y relativamente cómoda a una terrible situación de persecución, encarcelamiento y muerte durante los años setenta del siglo pasado, en el marco de su lucha por la transformación radical de la sociedad.

Ulrike Meinhof nació en Alemania en 1934. Después de terminada la Segunda Guerra Mundial, su familia se mudó a la parte occidental, pues Jena, el lugar en el que habitaban, pasó a ser una zona de ocupación soviética y una buena parte de la familia de Ulrike era de tendencia ultra reaccionaria y pro fascista.

El padre de Ulrike murió cunado ella tenía seis años y en 1954, su madre murió también. La educación y tutoría de la joven quedó entonces en manos de Renate Riemeck, un inquilino que había tomado la madre de Meinhof a la muerte de su esposo y quien se convirtió entonces en parte de la familia.

Ulrike realizó estudios de filosofía, pedagogía, sociología y alemán en la Universidad de Marburgo primero y, posteriormente, en la Universidad de Münster. Ahí, se incorporó a diversos grupos organizados de estudiantes quienes desarrollaban múltiples protestas en contra de una sociedad organizada cada vez más sobre las bases del supuestamente desmantelado Estado fascista alemán.

Así, las protestas juveniles se multiplicaban e iban en contra tanto del rearme nuclear como de los puestos en la administración pública que ocupaban antiguos integrantes del régimen nazi, pasando por las relaciones internacionales que sostenía el gobierno alemán occidental; todas ellas cuestionaban el talante autoritario que tomaba en ese momento la Alemania occidental tras la guerra.

De esta forma, la militancia de izquierda de Ulrike Meinhof se desarrolló desde muy joven. Una vez concluida su formación universitaria fundó la revista crítica de izquierda Konkret (Concreto), un espacio periodístico desde donde se criticaban los más infames actos de represión del gobierno alemán así como el caudal de desinformación ideológica que la cadena de medios pertenecientes a Áxel Springer derramaba sobre la opinión pública alemana, legitimando el accionar represivo de la policía y de las autoridades, a través de las llamadas leyes de emergencia que limitaban las libertades públicas.

La revista Konkret, de esta forma, se convirtió en un referente para la lucha estudiantil, así como para la Oposición Extraparlamentaria, un movimiento amplio de izquierda en el que Ulrike participaba de manera activa.

En 1967, durante una protesta estudiantil en contra de la visita del Shá de Irán, la policía asesinó a un estudiante a quien disparó a la cabeza mientras caminaba solo y desarmado. Este hecho, así como el intento de asesinato, un año después, del líder estudiantil Rudi Dutschke a manos de un trabajador anticomunista marcaron duramente a Meinhof. Situaciones como éstas sumadas a la constante formación de Ulrike la llevaron a radicalizar sus posturas.

Después del atentado en contra de Rudi Dutschke, Ulrike Meinhof escribía en Konkret:

Se acabó la broma” (Konkret, 5/1968) y hay que utilizar “medios distintos de los que han fracasado, puesto que no han podido impedir el atentado contra Dutschke”.

Para 1970, Ulrike había dejado de escribir en Konkret y conocía y era cercana a Andreas Baader y Gudrun Ensslin, dos jóvenes estudiantes que enarbolaban formas de lucha que iban más allá de las manifestaciones callejeras. Para ese año, Andreas Baader se encontraba en la cárcel acusado del incendio de almacenes comerciales en Frankfurt durante el año 1968, una acción que Baader describió como “un acto contra la sociedad de consumo y la Guerra de Vietnam” y que Ulrike valoró críticamente.

Fue durante este año que las decisiones de Ulrike le dieron un giro total a su vida, pues aceptó apoyar la operación de rescate de Andreas Baader. Ulrike logró que, a partir de una supuesta entrevista dejaran salir a Andreas Baader de su espacio carcelario y un comando operó para liberarlo.

El plan original proyectaba que Ulrike se hiciera la desentendida frente a la operación, sin embargo ella decidió huir junto al comando y el evadido, e inició así la conformación de la Fracción del Ejército Rojo (RAF), un comando armado de ideología marxista que operaba con la lógica de las guerrillas urbanas y que tomaba elementos de los grupos revolucionarios latinoamericanos que accionaban en ese momento, fundamentalmente de los Tupamaros uruguayos.

A los pocos días de la operación apareció un cartel por las calles de Berlín donde se ofrecían 10.000 marcos alemanes por la captura de Meinhof; así, llegó la vida de la persecución y la clandestinidad.

Después de varias operaciones de expropiación bancaria, los integrantes de la RAF viajaron a un campo de entrenamiento guerrillero de Al Fatah en Jordania, donde serían expulsados al poco tiempo por sus diferencias culturales con los Palestinos.

A su regreso a Alemania, en mayo de 1971, el grupo desarrolló en quince días una intensa ofensiva antiimperialista, consistente en expropiaciones de dinero y armas, ataques contra edificios militares de los Estados Unidos, estaciones de policía y edificios del imperio periodístico de Springer, así como el intento de ajusticiamiento de un juez.

En 1971, la RAF publicó un comunicado que aparentemente fue redactado por Ulrike y en el que se leía lo siguiente:

“La guerrilla urbana tiene como fin tocar el aparato del Estado en puntos muy precisos, ponerlo fuera de servicio, destruir el mito de su omnipresencia y de la invulnerabilidad del sistema. La guerrilla urbana es la lucha anti-imperialista ofensiva. O somos parte del problema o de la solución, pero entremedio no hay nada”.

Después de una intensa persecusión, Baader, Ensslin, Meinhof, Raspe y Holger Meins fueron detenidos en junio de 1972 e internados en una cárcel de Ossendorf, Colonia. Las condiciones en las que pasaron casi ocho meses de su reclusión fueron profundamente inhumanas. Fueron sometidos a un aislamiento absoluto en la torre de la prisión, sin ruido ni presencia alguna como método de tortura, así, cualquier ruido podía sacarlos de sus cabales; de esta manera el Estado alemán pretendía arrancar de sus cinco sentidos a los integrantes de la RAF encarcelados.

A pesar de ello, los revolucionarios encarcelados lograron crear un sistema de comunicación para poder actuar políticamente aún en aquellas circunstancias. Fue de esta forma que organizaron varias huelgas de hambre en exigencia de que mejoraran sus condiciones carcelarias. La indolencia del Estado alemán llevó a la muerte por inanición de Holger Meins, un joven de casi 1.86 metros de estatura y quien, al momento de su muerte, pesaba poco menos de 50 kilos.

Después de lograr -por la vía de la protesta-, la mejora de sus condiciones carcelarias, se desarrolló el juicio de los integrantes de quienes la prensa denominaba despectivamente la “Banda Baader-Meinhof”, en la cárcel de Stuttgart, donde, contiguo al edificio, se inició la construcción de un palacio de justicia especialmente creado para juzgar a los guerrilleros sin correr peligro de escape.

En enero de 1976, y después de cuatro años de audiencias previas –en medio de atentados y bombazos de apoyo y presión por la llamada “segunda generación de la RAF”- comenzó el juicio contra Baader, Ensslin, Meinhof y Raspe, acusados conjuntamente de cuatro cargos de asesinato, cincuenta y cuatro de intentos de asesinato y uno de formar una asociación criminal.

El juicio resultó ser una instancia de propaganda política para los revolucionarios, pues en él hacían evidencia de las múltiples contradicciones de la sociedad y el gobierno alemán, un gobierno socialdemócrata.

El 9 de mayo de 1976 el juicio y el núcleo revolucionario encarcelado fueron movidos profundamente, pues Ulrike Meinhof fue encontrada muerta en su celda, colgada de la ventana. En una celda en la que se encontraba en aislamiento y a la que, en el momento de “encontrar” su cuerpo sin vida, ingresaron cerca de trece policías que no tuvieron ninguna precaución de cuidar las huellas o evidencias; escondieron su cuerpo durante días y la autopsia fue realizada por un ex oficial de las Waffen-SS nazis. La versión oficial fue suicidio. Un par de meses antes, durante una visita familiar, Ulrike le dijo contundente a su hermana: “si te dicen que me he suicidado, puedes estar segura de que ha sido un asesinato”.

Sobre la muerte de Ulrike Meinhof hay una serie de interrogantes no contestadas. La escritora y socióloga alemana Jutta Ditfurth publicó hace una década la biografía de Meinhof más documentada que existe donde plantea estas interrogantes, entre ellas ¿Por qué había una escalera secreta que daba justo al lado de la celda de Meinhof? ¿Por qué hubo declaraciones contradictorias sobre el lugar que ocupaba la silla sobre la cual Meinhof se habría presuntamente colgado? ¿Por qué Ulrike tenía marcas de presión en las piernas y arañazos en las nalgas? ¿Por qué nadie le hizo al cadáver un test de histamina que quizá podía haber aclarado si Ulrike todavía vivía cuando el nudo ahogó su cuello?

A pesar de toda la vida llena de valentía, congruencia y amor de Ulrike Meinhof, el Estado alemán, junto a la prensa burguesa han pretendido presentar a esta mujer como neurológicamente enferma, pretendiendo que sea esta la “explicación” para que una joven treintañera, madre de dos hijas, periodista prestigiada y con una vida desahogada pudiera enrolarse en la enorme tarea de emprender la lucha revolucionaria por la emancipación de la clase obrera.

Frente a ello, las acciones y pensamientos de la propia Ulrike son contundentes. Su posición de clase estuvo acompañada de un trabajo teórico sobre la legitimidad de la acción directa. Comenzó cuando se preguntó por qué la prensa presentaba como hecho más criminal lanzar budín a la cara del vicepresidente de Estados Unidos que rociar Vietnam con napalm.

En un artículo publicado en ‘Konkret’ en 1967, Meinhof escribió: “Quienes practican la discusión con las porras de goma, quienes impiden la información acerca del contenido de las diferencias de opinión, quienes ocultan a la población los hechos que documentan el carácter de la guerra norteamericana en el Vietnam, de modo que para la mayoría de la población los manifestantes tienen que aparecer como unos verdaderos idiotas, todos ellos convierten la democracia en un estado policíaco, y a los ciudadanos en súbditos obedientes”.

Ulrike Meinhof es una figura que debe llenar al periodismo de orgullo, pues condensa en ella múltiples facetas que pocos pueden igualar: mujer, madre, periodista, revolucionaria, ser humano pleno.

En estos días en los que la infamia periodística está presente de manera constante, conviene reivindicar a Ulrike Meinhof, su entrega, convicción, valentía, coraje  y profundo amor por la humanidad y convicción por la causa revolucionaria.

Ulrike Meinhof debe ser pues, devuelta a las más gloriosas páginas del periodismo militante en su más grande expresión.

«Ella ha sido y es la periodista más importante de Alemania después de la Segunda Guerra Mundial, y también la que mejor escribía. Incluso hoy en día, sus artículos, lo mejor de esos años, por su nitidez y claridad pueden leerse y analizarse. Sus letras son tan intensas que empujan a poner en práctica […] le da a aquellos que los leen la seguridad de que la lucha contra la injusticia es necesaria y que vale la pena -si no físicamente, al menos moralmente. Ésto le hizo, visto desde el lado opuesto, peligrosa.»

Helma Sanders-Brahms, directora, productora y actriz alemana sobre Ulrike Meinhof

 

Nota: “Mujeres y revolución: una reivindicación necesaria”, es una serie de artículos desde los cuales se busca reivindicar la figura de grandes mujeres que han participado de manera preponderante en procesos de lucha revolucionaria y cuya labor ha quedado injustamente relegada en la historia.

 

Considero necesario destacar el papel que cada una de ellas ha tenido en importantes batallas por la emancipación de la clase obrera y la sociedad en su conjunto, no sólo como acompañantes sino como destacadas protagonistas en la lucha de clases.

 

Con esta serie también se pretende reafirmar la siguiente tesis: «Cualquiera que sepa algo de historia sabe que son imposibles las transformaciones sociales importantes sin la decidida participación de las mujeres».

 

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