La revolución se llama Fátima

Cartas desde México
Texto e imágenes: Adriana Esthela Flores
Tuvieron que ser las pintas en el Palacio Nacional, en el Metro, las estaciones de Metrobús, decenas de paredes. El graffiti en las fachadas de negocios, los globos con pintura roja, los pañuelos verdes, los vidrios rotos.

Los pasamontañas, la ropa, los velos negros.

La diamantina, las pancartas con el “mi papá abusó de mí cuando yo tenía seis años y sigue libre”, los carteles con las recompensas por quien dé pistas sobre feminicidas, las mantas.

Las flores en las manos junto a los letreros con los nombres, los centenares de nombres.

Las denuncias pronunciadas hasta el final de las marchas,  cuando la mayoría de los medios se han retirado para que, en los noticiarios, el titular sea “las feministas cometieron actos vandálicos”.

– Me despidieron del trabajo porque denuncié que me violó un marino

– Vine por el asesinato de mi hermana, ellos son mis dos sobrinos

– A mi hija la violaron y la dejaron expuesta en la calle y la fiscalía insiste en que fue un suicidio

Las muertas  que a nadie le importaron. Las muertas que pusieron la vida en defensa de su barrio. Las violadas, acosadas, rociadas con ácido, las golpeadas, torturadas, mutiladas, desolladas.

Fue toda esta rabia y no otra cosa, la que obligó al presidente Andrés Manuel López Obrador a emitir un decálogo hueco, sin delinear acciones concretas para frenar la violencia machista y que, sin embargo -y pese a lo que está ocurriendo- se negó a reunirse con las feministas que se lo exigían el pasado 14 de febrero; la que expuso la indolencia del gobierno capitalino al proteger monumentos y no a nosotras o la concentrada en aquella respuesta “Ahorita no”, de la jefa de gobierno, Claudia Sheinbaum;  la que desnudó el oportunismo político de izquierda (pidiendo aplausos en memoria de Ingrid Escamilla Vargas o insistiendo en redes que sí es “feminista y transformadora”) y la de derecha (con legisladoras quitándose los zapatos en memoria de las víctimas mientras permiten que mujeres mueran al seguirnos negándonos el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos). Fue la rabia feminista la que cuestionó a la prensa por las imágenes del cuerpo de Ingrid; la que evidenció la dolorosa negligencia en el feminicidio de la niña Fátima Cecilia.

Su muerte violenta ha cimbrado las estructuras de este país donde una mujer es asesinada cada dos horas. Ha provocado una convulsión de conciencias, pero ella no debía morir para dejar en evidencia el machismo nuestro de cada día y que ahora, a la 4T, le toca hacer frente con acciones reales  (como la creación de la Fiscalía especial para feminicidios) y no peticiones increíbles como la de volver más creativas las protestas.

No puede seguir mirando a otro lado ( la rifa del  avión, por ejemplo).

Les dejo la respuesta que me dio Lidia Florencio, madre de Diana Velázquez Florencio, asesinada el 2 de julio de 2017 en Chimalhuacán, cuando le. pregunté si esperaba una respuesta distinta del gobierno de López Obrador.

“Este gobierno es peor, nos ha invisibilizado aún más. Siempre ha evadido la palabra feminicidio. Cuando habla de violencia siempre habla de la violencia hacia la mujer  y hacia el hombre”.

Viene un paro el 9 de marzo. Habrá más movilizaciones, protestas

Hay una revolución en proceso.

Será de color violeta.

Nos vemos la próxima semana, con café y poesía (urgente)

 

Autor: Arturo Rodriguez García

Creador del proyecto Notas Sin Pauta. Es además, reportero en el Semanario Proceso; realiza cápsulas de opinión en Grupo Fórmula y es podcaster en Convoy Network. Autor de los libros NL. Los traficantes del poder (Oficio EdicionEs. 2009), El regreso autoritario del PRI (Grigalbo. 2015) y Ecos del 68 (Proceso Ediciones. 2018).

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