El pañuelo verde

Por Hilda Cárdenas

Voy dejando una estela verde por las calles. Cuando voy en mi bici imagino que algo se queda a pesar de que yo me vaya, una estela, una línea, un hilo. Desde noviembre del año pasado en mi mochila llevo un pañuelo verde con la intención de mostrar mi postura, de ponerle un color al hilo que voy dejando.

Hace cinco años que soy conscientemente feminista. Antes, replicaba en mi mente y en mis redes el discurso trillado de “¿Por qué feminismo y no humanismo?”, “Ellos también sufren violencia” incluso llegué a la conclusión de que las feministas habían tenido una ausencia de padre en su infancia y todo el rencor que tenían hacía los hombres era un síntoma de aquello. Conservo esos apuntes en una libreta de viaje. Hace días al escribir sobre el caso de Fátima, pude descubrir algo de mi misma — siempre pasa esto con la escritura, uno se descubre en sus propias letras — me di cuenta de que esa antigua postura, le diré “sabelotodista”, me encontraba en un confort intangible, sin color, sin textura y sin miedo.

Decir que las feministas eran mujeres rencorosas con sus padres ausentes era mi defensa, yo no quería ver la violencia a pesar de que sus colores son crudos y su olor fétido es inconfundible. En mi confort intangible, todo aquello que podía dañarme perdía consistencia. Ahora, que soy madre de una niña que ya crece una inmensidad cada que volteo a verla, mi confort ha desaparecido. Todo es visible, todo raspa, sabe, se escucha y se puede oler; la violencia estructural pesa, la violencia verbal cala, la violencia en general punza y hiere todo mi cuerpo… y el de mi hija.

Cuando leí las noticias de Fátima mi primer pensamiento, el de defensa, el que trata de mantenerme en el confort para que no salga herida fue: “es culpa de la madre, no debería haber llegado tarde”. Este pensamiento me calmó, era una compresa caliente ante un dolor muscular, ante el dolor del músculo que bombea vida. Yo no soy esa madre irresponsable que llega 20 minutos tarde, considero que mi salud mental es estable, la escuela es segura, esa no podría ser mi hija… ¿o sí? La duda quiebra cualquier seguridad. He llegado tarde, a veces mis pensamientos me rebasan, los maestros tienen su vida propia, esa podría ser mi hija.

Ser feminista es, no sólo abrir los ojos, es abrir todos los sentidos. Duele. Me había visto vulnerable en tantas ocasiones que me había acostumbrado a poner la responsabilidad en mi misma tratando de mantenerme en la zona intangible de mi confort. “Si me pasa algo será por mi culpa”, entonces, trataba de seguir mi protocolo de seguridad para que el daño no llegara. Navaja, ropa cómoda, no provocativa, mirada de halcón… todo esto, de confort no tiene nada, y menos cuando una niña es mil veces más vulnerable que yo. Fátima pudo ser cualquiera.

Pensar en la irresponsabilidad de su madre me mantuvo unos segundos en una fantasía segura pero muy alejada de la realidad, estuve tranquila culpando a otros. Luego, empezó el hedor. Ninguna niña, por más tarde que su madre  — su padre, su tío o quien sea —  que llegue por ella , debería estar así de vulnerable. Los pensamientos de seguridad son un recurso de la economía psíquica para tratar de mantener la cordura ante una situación que podría desarmarnos, pero son sólo eso: pensamientos. Igualmente intangibles que el confort.

Lo intangible es peligroso, al menos para mí, porque me llevó a creer más en mis fantasías seguras que a los lugares reales. Es cansado vivir cambiándole la compresa caliente al corazón cada diez minutos, es insostenible, me perdería de la realidad al no verme vulnerable, tanto para bien, como para mal. Por eso, decidí llevar mi pañuelo a la vista de todos, un mensaje claro y por supuesto, visible.

La sociedad es un tejido de ideas, valores y creencias, cada uno somos un hilo dentro del entramado, el mío es verde y morado, tangible y hasta incómodo para los que no quieren ver. Nunca más será invisible. Voy por las calles imaginando que lleno mi camino de color, quiero que mi paso se sienta en mis recuerdos, que tenga sabor a fruta y olor a mar, quiero que mis hijos me recuerden con todos sus sentidos y que, principalmente, no se acostumbren a vivir en una zona intangible de fantasiosa seguridad.

 

Autor: Arturo Rodriguez García

Creador del proyecto Notas Sin Pauta. Es además, reportero en el Semanario Proceso; realiza cápsulas de opinión en Grupo Fórmula y es podcaster en Convoy Network. Autor de los libros NL. Los traficantes del poder (Oficio EdicionEs. 2009), El regreso autoritario del PRI (Grigalbo. 2015) y Ecos del 68 (Proceso Ediciones. 2018).