Las monstruosidades maravillosas de Chuck

Por Sergio Alberto Cortés Ronquillo

Decidir un libro que haya cambiado nuestra vida sería un reduccionismo que rayaría en lo absurdo. Cuando uno se adentra en el reto de la lectura, no solamente va a afrontar a escritores y textos que sí cambian sus paradigmas sobre la vida, el arte, la literatura, y para los que nos dedicamos a la escritura; nuestras letras mismas. Es decir, abrir un libro solamente te deja una certeza: vas a cambiar. Aunque no te des cuenta, vas a cambiar. Sin embargo, y sin importar si lees mucho o poco, (que no existe tal cosa como leer poco cuando de literatura hablamos) hay títulos sobresalientes. Incluso si se te olvidan, siempre están ahí como lo están las memorias reprimidas que modifican nuestro actuar.

Hubo varias revelaciones en estos últimos años de mejoramiento, hablando de escribir, de algunos que influyeron en mis formas literarias que cabe resaltar: José Saramago me enseñó que se puede hipertrofiar la imaginación para denotar lo que sucede en la vida real con una fidelidad escalofriante, Douglas Adams con su saga que inicia con la guía del autoestopista intergaláctico demuestra con una maestría única que un libro puede ser tanto para los lectores más jóvenes como para los más avezados y, aún siendo el mismo texto, dejar satisfechos hasta a los paladares oculares más exigentes. Los franceses Fréderic Beigbeder y Michel Houellebecq llevan el existencialismo a un extremo psicótico, una enfermedad mental que te obliga a regurgitar y hasta preguntarte qué clase de mundo de porquería permitiría a alguien escribir con semejante brutalidad. Te molestan porque te gusta lo que lees. Pero hay uno en medio de esta trilogía: hipertrofia imaginativa, lo cómico de la vida, y la brutalidad de la existencia, sólo uno que llevó estos tres extremos a un equilibrio que yo calificaría como extrañamente perfecto: Chuck Palahniuk logra conjuntar una narrativa de locura total, resaltar la toalla como el instrumento más importante del universo, y una depresión asesina.

Chuck Palahniuk es el único que respeto en cuanto a letras optimistas se refiere.

Conocida, digamos en exceso, la novela escrita en tres meses: “El club de la pelea”, con una adaptación cinematográfica de Fincher soberbia. El libro lleva la psicología doble del personaje, en sus pocas páginas, con una maestría tal que daría pie a excelentes análisis psicológicos. Está su saga aún sin terminar, de “Condenada” y “Maldita”, falta la tercera parte de esta adolescente gorda que se hace amigos en el infierno porque se murió ya que era una adicta de mierda (no es exageración, y pido una atenta disculpa, al leer la saga, esa es la única descripción de la protagonista en la mente del lector). Tiene a sus zombis que deciden serlo para salir de la tortura que es la vida, un cuento que justifica comprar “Invéntate algo”. “Eres hermosa” es la perspectiva sexista de la mujer que hace lo que sufre en vida propia.

A Chuck lo clasificaría entre aquellos escritores que he leído que tienen una forma satírica y brutal de ver la vida, es una visión deforme, totalmente extrema y vulgar, un terrorismo de la fealdad llevada al límite. Chuck Palahniuk al mostrar estos defectos, al mismo tiempo conlleva una especie de optimismo subliminal. Pareciera ser un animador que está harto de que sus chiquillos no funcionan y les dice la verdad, con todo y groserías, para que éstos reaccionen. Así es Chuck: te grita en la cara, te escupe, te patea y te pisa para que te des cuenta de tu error. Digamos que es un optimismo insolente, un ánimo impertinente. Totalmente incómodo.

Sin embargo, los galardones se los lleva, sin duda alguna, e incluso sobre el mítico club de la pelea: “Monstruos invisibles”.

Para no hacer el dichoso spoiler, sólo diré que es sobre una muchachita que queda deforme luego de un accidente y es ayudada por un transexual a encontrarse de nuevo por medio de la invisibilidad. No una literal, eso sería restar el gran renombre que Palahniuk se ha hecho, sino por medio de esconderse. Este libro, al igual que el del club, tiene un final bárbaro e inesperado. En mi opinión, mucho más chocante que “El club de la pelea”. La cuestión tal vez radica en que la lectura es diferente: rompe con la linealidad temporal en la narrativa, y no al estilo de los autores latinoamericanos: es una verdadera revoltura de eventos pasados y presentes sin más aviso que el dado por la protagonista, pues está escrito en primera persona, y en un espacio que da entre párrafos. Prácticamente narra, de párrafo en párrafo, eventos presentes, anteriores y otros muy del pasado.

Además, está plagado de silogismos cuyas premisas no están dadas inmediatamente antes de la conclusión, pero que son seña de lo que pasa a lo largo de todo el libro, y es en esos silogismos donde radica su optimismo infernal. Para muestra: “… los padres son una especie de Dios. Claro que los quieres y te gusta que estén ahí, pero solo los ves cuando quieres algo” o “No hagas lo que quieres. Haz lo que no quieres. Haz lo que te han enseñado a no querer… Haz las cosas que te dan más miedo”, y qué tal “Tu nacimiento es un error que te pasas toda la vida tratando de enmendar”.

“Monstruos invisibles” te muestra dos cosas: justamente que los que tenemos un defecto (que al final de cuentas, somos todos) estamos sobre la delgada línea de lo espectacular y lo subliminal. Nos han enseñado que a un defectuoso (seguramente sería la palabra que usaría Chuck) no hay que verlo directamente: hay que volverlo invisible para no dañarlo. ¿Eso acaso no radicaría en ignorar el hecho de que alguien diferente también es un ser existente y, como tal, merece ser visto? Entonces, por medio de ignorar el defecto, solamente lo resaltamos. Hemos disfrazado la grosería de ignorar al distinto con la palabra respeto cuando, en realidad, una patada en la cara sería más amable que el hecho de ignorar.

Con “Monstruos invisibles” no solamente denota la dificultad de ver a los que son deformes o distintos, sino que el acto de leer el libro es justamente lo que se hace con esta gente: no se lee con gusto, pero el morbo te mueve a hacerlo. ¿Quién quiere sufrir doble: por sí mismo y por el otro? Con esta novela, Chuck se vuelve como el Marilyn Manson de los literatos: es la voz de los diferentes, de los marginales, y tal como el metal industrial del cantante, Chuck te lo grita en la cara, te escupe; y si tú eres el deforme… te hace amarte y amar la vida de porquería en la que te ves obligatoriamente inmerso.

De la literatura contemporánea, Palahniuk es uno de esos escritores proféticos pues tiene un estilo duro, no se anda con juegos y no se enfoca en un morbo sinsentido: puede llevar la literatura a un nuevo tipo de narrativas que, por más vulgares que parezcan ser en una lectura superficial, revelan las características más horrorosas del ser humano, justo aquellas que vuelven al hombre lo que es actualmente: un monstruo que quiere ser invisible para que no vean su deformidad, lo que es en realidad detrás de ese velo llamado moralidad. Chuck va más allá de la normatividad social y desnuda al hombre, nos muestra por qué todos somos monstruos invisibles, sí, pero también por qué somos monstruosidades maravillosas.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s