Las Valientes

Por Deysi Sánchez

Me preguntan qué se siente vivir en un país feminicida, qué se siente ser mujer dentro de una sociedad donde impera el machismo. Nos preguntan qué significa para nosotras el movimiento que tiene dividido al país.

Si supieran lo difícil que es lidiar día a día con todas estas preguntas, peor aun, si supieran cuánto duelen las respuestas.

Las mujeres en México somos temerarias, desde el momento en que salimos a la calle, desde el momento en que decidimos estudiar una carrera universitaria, y en el momento en que decidimos encarar al patriarcado –ése que se viene mamando desde el nacimiento. Somos temerarias cuando decidimos cuestionar el sistema en el que crecimos; somos temerarias, incluso, cuando decidimos comenzar una relación, por el riesgo de convertirnos en una cifra más de feminicidio.

No me tachen de exagerada por decir esto, pero que en un país la mayoría de feminicidios sean a manos de las parejas de las asesinadas, es razón suficiente para tener miedo de iniciar una relación. Ser mujer en México, en este país en que odiar a las mujeres es algo normal, es ir siempre contracorriente: desde que nos mandan a servirle al hermano porque es varón, hasta el comentario de “para qué estudias, si te vas a casar y te van a mantener”. Y ojalá todo parara en comentarios de este tipo, pero no, es sólo un poco de lo que tenemos que enfrentar todas las mujeres en algún momento de nuestra vida.

Y luego, viene la infección que ha llevado a varias de nuestras madres y abuelas a vivir con su agresor: el amor romántico, ése en el que se tiene que ser sacrificada para el beneplácito de tu pareja, porque en el destino de la mujer está soportar a un hombre con todos los defectos que este tenga, no importa que sea borracho, mujeriego, que te golpee, como dirían los buenos católicos: “es tu cruz”… yo lo percibí de esta forma porque crecí en un lugar más rural que urbano, uno de esos pequeños municipios de Puebla, donde se puede encontrar casi de todo, pero no todo.

Mentiría si digo que mi educación fue la misma que la de muchas niñas de mi zona, pues, en mi familia de tres integrantes, mi papá, sí, tenía muchas actitudes machistas, pero no hacia mí, a mí siempre me empoderó, siempre me dijo que debía ser distinta y que jamás, ante nadie, debería de sentirme menos y menos dejarme humillar, y mucho menos por un hombre; mi mamá fue un elemento pasivo, aunque dentro de su pequeño entorno también era una mujer empoderada.

Para mí, no ha sido fácil darme cuenta de que crecí con privilegios que la mayoría de mis compañeras de escuela no tuvieron, pues pensaba que todas habíamos sido educadas de la misma manera, y sí, muchas veces taché de “pendejas” a las que no levantaban la voz, a las que eran sumisas y también a muchas que su máxima aspiración era tener una pareja e hijos.

Fue un tremendo golpe cuando me enfrenté con el mundo real, no ése donde mis papás me protegían, fue duro darme cuenta que al enfrentarme a mi primera relación de pareja, también fui presa del amor romántico, que “él” me quería a su manera y por eso no era romántico y detallista, y que también tenía a otras, pero regresaba conmigo porque me quería ¿qué ilusa, no? Pero ojalá todo fuera como una decepción amorosa, ojalá no hubiera más clases de violencias hacia las mujeres.

Lo que realmente me quebró, fue cuando comencé a dejar el yugo familiar atrás, a la edad de 15 años decidí ir a una preparatoria alejada de mi casa, transbordaba diario 3 transportes, me hacía dos horas en ir y dos horas más en regresar, sola. Fue ahí cuando descubrí cuál es el infierno al que se enfrentan todos los días las mujeres. Y no es que antes no fuera víctima de acoso, pero ahora era mucho peor. Los que se sentaban junto a mí para irme tocando las piernas, los que buscaban la forma para tocarme los senos, las nalgas, o ése que una vez cuando el camión llevaba pocos pasajes se puso a lado mío, se masturbó y eyaculó encima de mí… y, en ese momento no supe cómo reaccionar, tuve miedo y no se lo conté a nadie, porque sentí vergüenza, como si yo lo hubiera provocado por el simple hecho de ir sola a mis 16 años.

No pretendo aburrirlos contando todo lo que me ha pasado en la vida, pues han sido muchas situaciones. A  lo que quiero llegar, es que después de algún tiempo, cuando cumplí la mayoría de edad y fui descubriendo toda la clase de violencia que vivimos las mujeres en este país, no pude evitar sentir rabia.

Y digo que las mujeres de México somos valientes, porque todas, sin excepción alguna, corremos el riesgo de salir y no regresar jamás, de desaparecer y nunca ser encontradas. Para enfrentar nuestra realidad se necesita coraje, y clases de autodefensa por si las dudas. En un país donde matan a 10 u 11 mujeres al día se necesita valor para enfrentarte a la sociedad revictimizadora, porque si te violan, fue tu culpa, porque si te matan, fue tu culpa.

Justo por esa rabia que siento, es que me convertí en feminista, porque el dolor se convirtió en rabia, porque estoy cansada de vivir con miedo ante un estado feminicida. Porque siento una punzada aguda cada que veo en mis redes sociales noticias de desaparecidas y asesinadas. Y así como yo, somos miles de mujeres más, que nos hemos cansado de ser las vulnerables, de ser las que siempre tienen miedo. Por eso ahora justifico y aplaudo a todas las compañeras que gritan, exigen justicia, rompen y queman todo. Y como dijo Fátima Zamudio:

“Y la que quiera romper, qué rompa.  La que quiera quemar, qué queme. Y la que no ¡qué no nos estorbe!”.