Aún recuerdo la primera vez que sentí miedo

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Por Verónica Muñoz Hernández. Texto e Ilustración

Tendría 9 años cuando paso, mientras mi hermana y yo nos bañábamos, escuchamos unos murmullos, nos dimos cuenta que a través de una ventanita que tenía el baño, unos primos nos estaban espiando desde un techo cercano. Nos asustamos y lo único que se nos ocurrió fue agacharnos para que no nos vieran desnudas; cuando salimos le contamos a mi papá, lo más duro fue que él no nos creyó. Cada día que me bañaba tenía que hacerlo incada por qué tenía miedo de que me vieran por la ventana;  a pesar de que años después se construyó una segundo piso en la casa de a lado y sabía que ya nadie podía verme, nunca deje de voltear a ver la ventana.

Ni en mi casa ni el la calle estuve a salvó del acoso, hubo un tiempo en que creí que quizás mi complexión delgada  jugaría a mi favor y así no se fijarían en mi cuerpo, pero me equivoqué. Esa pequeña seguridad que me dio mi físico se fue desvaneciendo con cada acoso que sufrí, dentro y fuera de la escuela, en el transporte, en la calle, en el metro, en el trabajo, en las plazas, en los parques, en las filas de cualquier servicio. La única solución que encontré fue vestirme más varonil; usé ropa holgada y llevé el cabello corto por unos años; lo hacía porque así me sentía más libre, fuerte y segura.

Con los años me acostumbré a estar alerta cuando me encontraba sóla, me acostumbré a seleccionar rutas “seguras”, a vestir de determinada forma dependiendo del lugar al que iba y por dónde pasaba, a procurar no sentarme a lado de ningún hombre en el transporte, a caminar rápido “por si me quisieran seguir no me alcanzarán”, a no hacer caso ni voltear  si me  gritaban o chiflaban y a aguantarme a que me insultaran por no hacerlo.

Me acostumbré a esa vida hasta que me embarace, entonces volví a tener miedo y preocupación; cuando los familiares me preguntaban qué quería tener ¿niño o niña? siempre respondí que no me importaba mientras naciera con buena salud, pero no era cierto, yo rogaba que no fuera niña, muy en el fondo de mi ser quería que fuera niño porque así no tendría que preocuparme, sabría que así no sufriría; nunca le conté a nadie lo que pensaba, ni mucho menos lo que sentí cuando me dieron la noticia de que tendría una niña, ese día fingí estar feliz, pero cuando estuve sola lloré.

Hoy mi hija tiene 11 años y no ha habido un solo día de su vida que no deseé que no sufra lo que yo sufrí, el solo pensarlo me aterra. No quiero esto para mí hija, no quiero esto para nadie.

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