Lo que aprendí después de todo…

Por Edna A. M. / Fotografía: Claudia Emilia P. G.

Tengo que confesar, por vergonzoso que sea, que no sé qué es el Feminismo. Parte de eso es mi culpa, lo admito, no me he tomado el tiempo para informarme y documentarme adecuadamente sobre la filosofía de este concepto.

Pero creo que también tengo una excusa. Había perdido el interés.

Verán, nací en 1987 y tengo una madre que nació en 1959. Mi madre siempre creyó que entendía el Feminismo y que lo vivió siempre como una mujer independiente, tan convencida de que estudiar era el arma que la ayudaría a superar cualquier obstáculo en la vida. En su época una de las premisas más recurrentes del Feminismo era la independencia económica de las mujeres. Piensa hasta la fecha, que ser una mujer independiente económicamente es lo más importante, y esto tiene una razón:

Mi madre fue la primera de sus hermanas, de las que estudiaron, que tuvo que trabajar para poder ir a la Universidad, después de negarse a estudiar para ser enfermera o secretaria, porque esos eran los oficios que, según mi abuelo, las mujeres podían realizar y solo, si ella se decidiera por uno de ellos, él continuaría dándole dinero para libros y transporte.

Mi abuela, por otro lado, le dijo a su hija que podía estudiar lo que quisiera, que dentro de sus posibilidades la ayudaría económicamente, porque mi abuela siempre trabajó, lavando ropa de otros o limpiando casas. Pero aun así, mi madre tuvo que posponer sus estudios mientras trabajaba para ahorrar dinero, porque quería ser Ingeniero. Al final, su impaciencia y voracidad la obligaron a tomar otro camino. Ahora es Economista, con una larga carrera como funcionaria pública de nuestro país, con una hija que no entiende qué es el Feminismo.

Yo a diferencia de ellas, y no teniendo la limitación económica tan arraigada, creí durante buena parte de mi vida, que la premisa más importante del Feminismo era demostrar feminidad sin dejar de usar nuestra inteligencia para superar cualquier obstáculo, ya fuera cultural, sociológico, económico,  es decir, ganar el reconocimiento, y con ello ser lo que queríamos ser. Y en mi ingenua inocencia pensé que ganándome el reconocimiento de otros, podía ser veterinario, médico, ingeniero, arquitecto, astronauta, ama de casa, atleta o bailarina exótica, madre o abogada (que fue mi decisión definitiva).

Pero pasaron los años y el concepto ya no era tan claro para mí, porque a mi alrededor, las mujeres comenzaron a ser criticadas por hombres y más fuertemente comenzamos a criticarnos entre nosotras por cosas como, querer casarse y tener muchos hijos, o no querer estudiar, incluso por la forma en que nos vestíamos, o la forma en que nos maquillamos o no, o la forma en que hablamos y, por último pero no menos importante, la forma en que nos relacionamos con los hombres que nos rodeaban. Parecía un insulto, en la cara de las mujeres que habían luchado para que las mujeres pudieran votar, que hubiera mujeres que no querían votar, o querer tener hijos y casarte, cuando había mujeres que habían muerto para que a las mujeres se les reconociera el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos y no tener hijos. Parecía que si no jalábamos todas por igual, la libertad no existía.

También me dejé llevar por este concepto de feminismo que era nuevo para mí, porque lo veía todos los días, era más fácil decir que no tenía novios porque me quitaban el tiempo para estudiar o incluso divertirme, o que no quería tener hijos porque atrasarían mi desarrollo profesional.

El concepto parecía para mí menos aspiracional pues parecía que sólo había que seguir la línea de, lo que hagan ellos, nosotras también podemos, y en su momento definitivamente tenía más efecto en la sociedad. No entiendo por qué pero entre 2006 y 2011, esta imagen me ayudó a creer que entendía el Feminismo.

Pero, por estúpido que suene, un día me enamoré. Todo cambió entonces porque hubo un choque de deseos. Quería permanecer fuerte e independiente, pero al mismo tiempo, quería sentirme parte de una pareja y como soy heterosexual, esa pareja ansiada, era un hombre. Quería tener la opción de tomar mis propias decisiones, pero también quería formar un equipo de vida con un hombre.

Fue entonces cuando el concepto de feminismo con el que viví mi juventud, ya no era simple, porque al parecer, esas dos cosas no eran compatibles, y me obligué a mirar a mi alrededor, a los hombres que me rodeaban y todo se derrumbó, porque me di cuenta de que también tenían imposiciones culturales, sociales, económicas, políticas y, a veces más estrictas que las mías.

Entendí que los hombres, tienen sus propios problemas y que el esfuerzo del Feminismo debe encaminarse a hacerles entender que todas sus energías deben ir encausadas a resolver esos problemas, de imposiciones sociales, de beneficios no ganados, de expectativas sociales que los encadenan a un estereotipo que, si no se sienten suficientemente fuertes para llenar, lo que intentan es minimizar a quien tengan a lado, y generalmente es otro ser humano. Y aunque hago esta afirmación, refiriéndome a hombres, también vi este comportamiento en mujeres.

No es una justificación al maltrato, al odio, a la violencia o incluso a la incomprensión. Creo que pocas veces se ha establecido que la raíz del problema no son ellos, si no el cómo son percibidos. El problema es similar para las mujeres, cuando tienes generaciones de crianza sobre ti, diciéndote que debes conformarte, que debes cumplir con ciertos estándares de belleza o incluso de ambición, es muy difícil salir y reconocerte que puedes ser lo que quieras. Pero se puede.

Tengo la firme creencia de que cuando logremos comprender que podemos ser lo que deseemos, sin importar si es bueno o malo, a ojos de una sociedad juzgadora, reduciremos las fuentes de víctimas de esta guerra de géneros que se ha llevado, porque no habrá víctimas por subvaloración, ni víctimas por sobrevaloración.

Hoy, el feminismo ya no es importante para mí como concepto o filosofía, entendí en estos días tan revueltos que ahora es importante para mí como estilo de vida, como lo hicieron mi madre y mi abuela, mujeres sabias, que creen que uno tiene que saber qué es y quererse y apreciarse, para apuntar mejor a lo que queremos llegar a ser con expectativas propias sin referentes externos.

Creo fervientemente que la mujer o el hombre que sólo tiene referentes externos, vivirá la opresión de manera persecutoria, sin importar qué papel juegue en ella.

Lo que yo aprendí en estos días de protesta por el 8 de Marzo (Día Internacional de la Mujer) y de Paro Nacional en México (9M), es que sin importar si eres hombre o mujer, después de la ira y de la llamada de atención, debemos sólo esperar que todos nuestros referentes sean internos, nuestras comparaciones sean con nosotros mismos, y que incluso al expresar nuestras ideas, es irrevocable el respeto al otro.”

 

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