Por: Ezra Alcázar / Fotografía: Adriana Esthela Flores

El COVID-19 sigue avanzando en nuestro país y Latinoamérica, y los números, así como las medidas de algunos países para enfrentarlo no son muy alentadoras. México ha cruzado la barrera de los 200 contagiados y las calles, poco a poco se van liberando. Sin embargo, en redes sociales se ha desatado un debate sobre el actuar del gobierno y la exigencia de algunos grupos de pasar a un estado de aislamiento más estricto. Países como Chile, España o Italia han tomado medidas en donde la gente no puede salir de sus casas sin un permiso especial para trabajo, compras o visitas médicas. Exigir en un país como México que se impongan esas medidas es someter la libertad a la contingencia.

Nuestro país ha demostrado en más de una ocasión tener una sociedad civil resistente y activa, el temblor de 2017 o la manifestación del 8M son algunos ejemplos de la organización civil de los mexicanos. Pedir medidas más estrictas frente al COVID-19 contradice nuestras luchas ganadas. Pero la libertad debe ir acompañada de la responsabilidad.

El coronavirus ha hecho visible más de un problema en los países globalizados: el estado crítico de los sistemas de salud por todo el mundo, así como la precariedad laboral y de la vejez. En México 6 de cada 10 trabajadores viven en la informalidad, por lo que detenerse o hacer trabajo en casa no es una opción para esas personas. Hay que pensar en los voceadores, cerillitos, despachadores de gasolineras y muchos más que ahora mismo tienen frente a ellos una situación tan difícil, pues aunque ellos no puedan parar, sus ingresos se verán menguados.

Detener por detener, no. Detener responsablemente, reducir reuniones y acciones no esenciales, sí. Es fundamental que entendamos como sociedad que no debemos llegar al punto crítico de confinamiento casi policial, de estado de sitio. Mantener las libertades ante todo es la lucha necesaria en este momento de crisis, pero para lograrlo será preciso ser responsables de nuestra higiene y desenvolvimiento. Para que nadie se quede sin ingresos, para que cuidemos nuestra salud mental, para no politizarlo todo. Pues aunque estamos ante uno de los puntos de más expectativa ante la administración actual, la salud pública es responsabilidad de todos.

Debemos crear redes de apoyo no sólo para protegernos del contagio, también para mantener la normalidad de la vida lo más posible. Debemos seguir discutiendo el machismo y el Tren Maya, el golpe en Bolivia, las elecciones en Estados Unidos, la campaña racista de Modi en India, la secreta dictadura de Putin a quien veremos en el poder —por ahora— hasta 2036, y claro, la primavera chilena.

No sometamos las libertades a la contingencia, responsabilicémonos en las medidas para evitar el contagio del COVID-19 e intentemos mantener la vida por nuestra salud mental y la economía de muchos.

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