Reflexiones Apátridas

Por Vonne Lara

 

Nosotros somos lo marranos,

Nos divertimos como hermanos

Nosotros somos los cochinos,

Proliferamos como chinos.

“Nosotros somos lo marranos”, El Personal

Hasta hace unos meses en ocasiones me llamaba la atención la presencia de los botes de gel antibacterial en casi todos los lugares públicos, como escuelas, oficinas, museos, incluso en muchos puestos de tacos. Me recordaban la emergencia sanitaria de 2009 y como muchas de nuestras costumbres cambiaron desde entonces. Así como los días en los que fui al trabajo con cubrebocas y el miedo que sentía de que mi hija se enfermara. Aunque tengo esos recuerdos, en realidad hay muchas cosas que se me escapan, con seguridad porque en aquel entonces estaba pasando una etapa personal muy complicada: me había separado de mi esposo y recién me había mudado a una casa nueva con la mitad de mis pertenencias y de mi corazón.

En plena contingencia por la nueva pandemia muchos recurren a lo que sucedió aquella vez, recuerdan los días que no fueron a trabajar, lo que hicieron durante su confinamiento, y un montón de testimonios de los que carezco. Para mí esa época fue tan gris que no recuerdo más que una sensación de vacío, un cubrebocas y el miedo por mi hija. Ah, y que mi jefe de entonces era un cacique y no nos dio ni un solo día para trabajar en casa.

Por eso a veces me detenía a observar los botes de gel antibacterial, como reminiscencia de una emergencia sanitaria que muchos afortunados logramos superar —y mi corazón también. Los veía y me parecían objetos tristísimos, incluso sucios. Las cosas públicas siempre tienen un halo de suciedad, un “uy, qué asco” que nos hace levantar los meñiques aunque igual abonamos a ese estado con nuestro paso, con nuestras bacterias, con nuestros hábitos solo pulcros para nosotros. Porque, claro, todos lo sabemos bien: los demás son los cochinos. Todos presumimos de recoger nuestra basura cuando vamos a la playa o al bosque, de jalar la palanca en baños públicos, o de bañarnos todos los días. Y lo decimos con tal superioridad como si, en primer lugar, la higiene fuera una virtud.

Me hacen mucha gracia el gran esfuerzo que hacemos los humanos para alcanzar una limpieza y esterilidad imposibles. Generalmente solo son medidas burdas que maquillan nuestra suciedad intrínseca; como los perfumes en todos los productos: lavanda en el shampoo, algodón (?) en los jabones, naranja en el cloro, menta en la pasta de dientes, buqués exóticos en los inútiles perfumes y, sí, lima limón en los geles antibacteriales. Usamos productos para negar el cuerpo y sus procesos naturales. Le decimos no sudes, no huelas, no crezcas, no te caigas, no te ensucies, no manches. ¡Se cancelan todos los poros y orificios del cuerpo! Las toallas femeninas perfumadas son la cúspide del absurdo. Puedo decir, no sin pena hacia mi propio cuerpo, que descubrí el verdadero olor de mi sangre menstrual hasta hace muy poco cuando comencé a usar la copa y me sorprendió su neutralidad; de inmediato pensé en el inmundo olor de los perfumes en las toallas sanitarias. ¿Cómo es posible que se prefiera el olor artificial a brisa primaveral sobre el de la sangre limpísima? ¿por qué accedemos a negar, no solo nuestros fluidos —que no desechos— sino nuestros ciclos más vitales?

Luego está la discusión nunca finiquitada sobre la eficacia de los geles antibacteriales. Que sí, que sí, que el alcohol esteriliza, pero solo si contiene cierta cantidad. Que no, que no, que solo embarra la suciedad pero igual hay que usarlo por si acaso. Porque estamos cayendo —no nosotros, claro, pues los locos siempre serán los demás— en la psicosis colectiva. En el horror por la vida microscópica, por las gentes con sus bacterias y su suciedad. No me des la mano, no me beses, no huelas, no tosas, no estornudes, es más, no existas.

Y mientras se evidencia nuestra cara más fea, cuando compartimos noticias falsas,  teorías conspiranóicas y memes aplaudiendo nuestra mexicanidad más tóxica, el planeta parece respirar un poco mejor sin nosotros, o mejor dicho, sin la gente —ese grupo genérico y arbitrario que nos exime de responsabilidad. Se limpian los canales de Venecia; se logran ver volcanes y montañas en las ciudades más contaminadas del planeta. Es feo, sí, pero aun con todos los esfuerzos por suprimir nuestra suciedad inherente y nuestra propia naturaleza con miles de aromas perfumados, y a pesar de las altas dosis de superioridad que le apliquemos al asunto, la verdad salta a la vista y a la razón, y es la de que en realidad, siempre, nosotros hemos sido los marranos.

 

 

 

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s