Una filosofía muy hija de perra

Por Sergio Alberto Cortés Ronquillo

Si vamos por la calle, nos tropezamos y caemos, lo más probable es que digamos algo como “¡Chin-gue-sú!”; si estamos con un amigo y dice una estupidez, graciosa pero no por eso menos falta de inteligencia, lo más probable es que le digamos “¡Ay, no mames!”; si nuestro celular deja de funcionar de repente, diríamos algo como “¡Esta chingadera!” o “¡Esta madre ya no sirve!”; y si vamos a una fiesta, vamos a “Echar desmadre”.

Conforme crecemos, porque yo lo he visto con mis alumnos, nos damos cuenta del poder de las palabras, y algunas, sacadas de contexto, son especialmente transgresoras. Igualmente, al leer, hay ciertas palabras que más nos llaman la atención en comparación con otras; y no se diga de esos escritores que rompen con una normatividad establecida ya sea literalmente o no.

Y es que no podía comenzar con un título y una ligera introducción, con palabras “políticamente correctas”; no, pues vamos a hablar del filósofo de la maldad: El Marqués de Sade.

Clasificamos al grandioso Marqués, uno de mis escritores favoritos, como sexual, y aquí vienen dos conceptos: lo pornográfico y lo erótico. No confundamos: lo erótico radica en un descubrimiento de sí, de uno mismo, como Bataille dijo “El erotismo es lo que en la conciencia del hombre pone en cuestión al ser”. El erotismo permite el conocimiento más profundo de uno mismo al provocar este cuestionamiento, este cambio al respecto de sí con la realidad. El erotismo consiste más que en una simple venida (orgasmo, pues, para los ojos pudendos), en esa espera, ese deseo. Y deseo es lo que queremos, pues al acabar, no queda más que esperar a desear de nuevo. La diferencia es ésta, con base en Bataille de nuevo: la pornografía busca al objeto de deseo fuera de uno mismo, y lo erótico promueve esta búsqueda hacia el interior de uno mismo. Interior, no solitario, hay que aclarar.

Sin embargo, cabe muy bien plantearse aquí: ¿de verdad el Marqués de Sade es erótico? Cabe la mención porque los pasajes sexuales narrados en los libros de Sade no invitan a la imaginación, no tienen la santidad y la divinidad de las putas que se narran en la literatura latinoamericana, por ejemplo: son viscerales, inhumanos, grotescos. Abrumadores. No, yo no colocaría al Marqués de Sade ni en la pornografía ni en el erotismo: el Marqués es político, filosófico y hasta social. Esa es la perspectiva para leerlo de forma más adecuada: es humanista, la explicación de la sociedad desde la maldad.

Al leerlo obvio es, pues somos humanos, que nos conmocionen las escenas sexuales narradas, aberrantes en su totalidad. Cada quien tiene sus gustos, eso que ni qué, pero hay ciertas pautas interiorizadas por nosotros que nos indican si algo es correcto o no; no obstante, la pedofilia, coprofilia, zoofilia, y demás filias narradas en sus textos; quedan totalmente excluidas por la mayoría de nosotros. Y en una primera lectura, entremezclada con un posible asco, es posible que con eso nos quedemos; pero eso sería menospreciar, menoscabar, desdeñar, en mi opinión, al más grande de su género maldito. Y es que él no se quedaba en lo pornográfico, pues sus escenas sexuales bien podríamos considerarlas como tal. El Marqués, a través de un erotismo infecto (pues su literatura nos permite el conocimiento que Bataille plantea) se convirtió en el filósofo de la maldad.

Bataille hizo un análisis (mucho más completo) sobre Sade, y veía con cierta pereza la filosofía de él. A mí, sin embargo, me parece la fundación de su obra. El Marqués logra posicionar una serie de reglas morales con el sustento suficiente para considerarlas tan aplicables o “interiorizables” como las nuestras actuales. Es decir, buscamos promover el bien, la unidad, la bondad, la justicia y otras, como el sustento de nuestro vivir. Sade va más allá: busca la promoción políticamente correcta de la maldad, la injusticia, el terror y la perversión. ¿Por qué promoción políticamente correcta? Porque al estar sus personajes en un contexto de maldad, pecado, falta de moral e injusticia; es por eso que lo que a nosotros nos parece políticamente incorrecto, en su narrativa es lo opuesto: es políticamente correcto.

Y es por eso que resulta desagradablemente ilustrativo leerlo.

Por ejemplo, la Dubois justificando sus actos a Justina respecto a la debilidad de la mujer en la sociedad (según el texto, para no dar lugar a malinterpretaciones): “Es muy fácil condenar el robo cuando se tiene más alimento del que se podría comer; es muy fácil decir la verdad cuando nada se ganaría con la mentira… Pero Justina, nosotras, que somos despreciadas por ser débiles, despreciadas por ser pobres, dominadas por ser débiles… No podemos permitirnos el lujo de tener principios tan sublimes”. Porque, y quien diga que no es porque lo ignora, criticar aquello visto como horroroso, también lo leí en otro libro de Sade, solamente lo hacemos porque nos llama la atención y no podemos hacerlo, porque no somos libres para tal.

¿Qué decir, por ejemplo, de los celos? Con Julieta vemos: “Examina brevemente la naturaleza de ese estúpido rasgo de carácter que son los celos; debes darte cuenta que lo celos de un hombre por su amante no dicen mucho, como se cree, del aprecio en que la tiene; al fin y al cabo, lo que hace celoso al amante no es el afecto que por ella siente, sino el temor a la humillación pública si su querida cambiara de sentimientos hacia él”. O bueno, “mejor esto a nada”. Y es más atractiva una relación destructiva a destruirse uno solo. Al menos, pareciera ser más divertido en conjunto.

Y yo justificando mi gusto hacia este escritor, diría desde el Tocador: “¿Es posible ser tan bárbaro que se condene a muerte a un desdichado individuo cuyo único delito consiste en no tener los mismos gustos vuestros?”

No fueron discursos político-filosóficos lo único que escribió Sade. Tiene algunos cuentos, por ejemplo, que se alejan de esta temática erótica. Sin embargo, hay que admitir: a fin de cuentas, no son las escenas sexuales el gancho del escritor para el lector; más bien, es la escena sexual la materialización y el fundamento para generar una propuesta de comportamiento paralelo al nuestro. Paralelo, mas no inexistente. Si comparamos la realidad de las novelas de Sade con cualquier otra realidad, la nuestra sobretodo, las similitudes resultan mucho más provocativas y hasta inquietantes que sus escenas sexuales.

Ahora, digamos que no tiene belleza en su escribir, y por eso no lo podemos considerar serio (recordemos las tres características de Bloom: una enseñanza, perdurabilidad, ficción, belleza narrativa…). A este punto yo diría: ¿qué hay de Saramago y Henry Miller? ¿Qué hay de Laura Restrepo, de Rulfo, Hubert Selby Jr., Palahniuk? Ellos rompieron un parámetro y se hicieron leyenda, decidieron jugar con las reglas impuestas como la temporalidad lineal o la misma puntuación y estructuración del texto y crear su propio estilo. Así es en el caso de Sade, pues su belleza narrativa radica en trasgredir y usar palabras, para nosotros, “políticamente incorrectas” como semejantes tetas, tremendas vergas, pomposos culos, y sígale usted.

Para finalizar, a uno nunca le falta la risa con frases como “Pero tu miembro formidable, comparado con el de este mozo, es como un pedo ante un ventarrón.” O “¡Menudo culo tienes! Tiemblo al pensar en los atronadores pedos que tienen que salir de entre esos carrillos musculosos de vez en cuando…”

Así, pues, lo hermoso de la literatura es que podemos dejar de lado nuestras creencias y afrontar otras por más chocantes o extravagantes que parezcan. Y recomiendo, no un fuerte estómago, sólo disposición a ver lo que no han visto en caso de no haberlo leído. Disposición antes de que la lectura ataque con “Abre las piernas, putilla. Te la voy a meter hasta la garganta”.

Autor: Arturo Rodriguez García

Creador del proyecto Notas Sin Pauta. Es además, reportero en el Semanario Proceso; realiza cápsulas de opinión en Grupo Fórmula y es podcaster en Convoy Network. Autor de los libros NL. Los traficantes del poder (Oficio EdicionEs. 2009), El regreso autoritario del PRI (Grigalbo. 2015) y Ecos del 68 (Proceso Ediciones. 2018).

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