De burbujas y remolinos

Reflexiones Apátridas

En las múltiples acepciones de las burbujas hay una frase que utilizamos para describir cuando alguien vive en su propio mundo perfecto, mientras afuera hay por lo menos una hecatombe. La ventaja de estas burbujas es que dentro no se tiene contacto con las calamidades de la vida real; la desventaja es que dentro no se tiene contacto con las calamidades de la vida real. 

A lo mejor tantos días sin salir me han destrozado la memoria, pero recuerdo que hace muy poco me encontré con decenas de contratiempos para reunir a unos amigos en casa. Quería hacer una cena informal para platicar, para convivir con ellos, pues me habían apoyado en un proyecto que llegó a muy buen puerto. Quería agradecerles con comida, —claro, pues no conozco otra forma de dar gracias—, y tomar cervezas y mezcal. ¿Viernes? imposible, ¿sábado? tengo clases, ¿domingo? es el día de la familia, en lunes ni pensarlo, esos días solo sirven para aceptar nuestra existencia. ¿Martes?, podría ser, pero es muy pronto para tomar. ¿Miércoles? híjole, déjame ver si puedo —una respuesta que, por más que hiera mi idiosincrasia, es muy común entre los tapatíos y por lo general significa “no puedo o no quiero pero no me atrevo a decírtelo”. No intenté con los jueves, no me apetecía, nada más por puro capricho. Este comportamiento mío y de mis amigos es común, con ese círculo de amistades y con otros. Una razón de esto podría ser que tengo amigos con los mismos comportamientos misántropos que los míos; otra, que preferimos el trato cercano pero solo a nivel digital, ¿para qué más? La convivencia personal es exhaustiva y a veces hasta resulta decepcionante e intimidante. Como la ocasión en la que conocí a unos amiguísimos de una red social y me di cuenta de que eran mejores personas virtuales. Pero el insomnio de esa noche no fue por mi decepción, sino porque en algún momento caí en la cuenta de que yo pude haber dejado —y de seguro fue así— una deplorable impresión en los demás. Tampoco es atípico que nos suceda esto, en el mundo virtual mostramos nuestra mejor imagen aspiracional y por otro lado nos hacemos grandes expectativas de esas personas y, lo sabemos bien, la realidad es cochina, ya está. 

Ahora bien, a lo mejor tantos días sin salir me han destrozado la memoria, pero recuerdo que odiábamos la rutina. Esa de levantarnos temprano, ir al trabajo, preparar críos para la escuela, hacer desayunos, lonches, sufrir el tráfico de las horas pico. Recuerdo —insisto, si mi memoria encuarentenada no me falla— que no queríamos verle la jeta al jefe o a los compañeros, o a todos, porque oh, misantropía, patrona de nuestros corazones, ruega por nosotros. Sin embargo, ahora que tenemos el distanciamiento social que tanto queríamos, la posibilidad de hacer jomofis y una excusa inapelable para no reunirnos con nadie de domingo a domingo, nos lamentamos amargamente de no poder salir a todas esas actividades y reuniones que a. C. (antes del Coronavirus) de todas formas no queríamos ni íbamos a atender y cuando mucho habríamos inventado alguna excusa, preferentemente una que alimentara la extravagante imagen de que tenemos una agenda ocupadísima. 

A veces creo que junto a mis contemporáneos sufro los estragos de haber consumido demasiadas apologías a la depresión en los noventa; o bien, que la generación millenial consumió demasiadas apologías al buenondismo y por eso estamos entre una quejadera insufrible y un optimismo bastante cándido que solo evidencia las burbujas en las que vivimos. Al menos así es en el maelstrom ese llamado Twitter y demás redes sociales.  

Por supuesto que cada quien sobrelleva esta situación inédita como mejor puede: con memes groseros o ingeniosos, enamorándose del subsecretario de salud, convirtiéndose en cazador de fake news o, con el mismo espíritu humanista, en propagador de explicaciones que el gobierno no quiere que sepamos, retratando sus desayunos o sus poses nuevas de yoga. Sí, que cada quien haga lo necesario para su salud mental, pero el cuento ese de que en vez de estar tirados en el sillón estaríamos con los amigos, la familia o explorando el mundo es tan creíble como que dedicaremos la cuarentena a terminar la tesis, la novela o por fin a aprender a tocar la guitarra. Esos supuestos nos ubican en una situación irreal; no es para menos, siempre será más atrayente lo que podemos ser y no lo que somos. Es muy posible que, por la fuerza de esta situación, todas las burbujas ya se hayan reventado y nosotros aún seguimos levitando en un mundo que ya no existe; es más, que nunca existió.

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Autor: Vonne Lara

Diseño libros e intento escribir otros. Amo la música, la cultura, la ciencia y la tecnología. Mamá cósmica.