La vida emocional en tiempos del COVID-19

Fotografía: Adriana Esthela Flores

Por Ernesto Palma Frías

El miedo es el común denominador del estado emocional de millones de personas ante la amenaza de contagiarse del coronavirus. Los medios de comunicación no cesan de informar sobre el avance de la pandemia. Declaraciones contradictorias y confusas de políticos que no saben cómo conectar con la gente en estos momentos.

En las calles deambulan cientos de personas confundidas. Unos pretenden protegerse con cubre-bocas mientras caminan apresuradamente. Los automovilistas transitan velozmente con las ventanillas cerradas. Todos evitan mirarse entre sí. Como si hubiera algo de peligroso en sorprender a alguien tratando de establecer algún tipo de contacto, así fuera una simple mirada. Y es que la pandemia parece que se dispersa por el más mínimo contacto humano: es mejor no saludar, no hablar con alguien desconocido que pudiera estar infectado.

Tal vez algunos especialistas y expertos en psicología o sociología, estén documentando esta experiencia mundial para determinar los efectos del aislamiento social en las personas. No hace falta la profundidad de estudios de laboratorio para comprender que se está modificando la forma en la que los seres humanos nos relacionamos con los demás.

Sólo con un poco de empatía es posible entender que además de los efectos en la salud física de las personas y en la economía local, esta pandemia ocasionará un cambio trascendental en la vida emocional de la humanidad. Sobre todo porque las naciones que se preocupan por atenuar las consecuencias de esta enfermedad, han desestimado en gran medida los efectos en la salud mental de las poblaciones más afectadas. Tal vez porque la prioridad es la salud física y la mitigación de los efectos económicos de las medidas adoptadas para evitar la propagación incontrolable de la pandemia. Aquí también cuenta el nivel educativo y cultural de las sociedades afectadas por el virus.

Qué sucede en países como México, con niveles educativos y culturales tan dramáticamente desiguales? Cómo interpreta la población mayoritaria, la necesidad de sumarse a los llamados de las autoridades sanitarias para evitar la propagación del virus?

En el caso de la población más consciente de los efectos de la pandemia, cómo gestionará emocionalmente el aislamiento y una eventual crisis económica que pronto lleve al desabasto, al vandalismo y al saqueo?

Cómo apoyar a la población que durante más de dos meses de contingencia ha estado expuesta al bombardeo mediático que genera estrés y temor, con sus consecuentes efectos en el sistema inmunológico de las personas?

Seguramente estos escenarios aún no son prioritarios para las autoridades que se encuentran abstraídas en el manejo de la crisis sanitaria en cuanto a reconversión de hospitales, compras de equipo y control de la crisis económica.

Es extraño que las comunidades académica y científica de nuestro país, guarden silencio frente a los innegables efectos socio-emocionales que ya afectan a millones de personas, como consecuencia de un manejo tardío e irresponsable de la pandemia.

Tal vez estamos demasiado atentos de cómo se han manejado otros países y le restamos importancia a la vida emocional por considerarla no prioritaria, en comparación con la necesidad de salvar vidas. Lo cierto es que de acuerdo con estudios recientes en psico-neuro-inmunología,  la devastación anímica y psicológica que producen el estrés y el miedo, por periodos prolongados, puede resultar tan dañina en la salud física de las personas, que pronto nos llevará a considerar cómo enfrentar otros graves problemas de salud pública.

Alguien debería llamar la atención de las autoridades sanitarias sobre este aspecto  del control de riesgos de la pandemia: estamos a tiempo de evitar una espiral de violencia y conductas colectivas que pongan en riesgo la seguridad y la integridad de miles de personas. Si el gobierno no presta atención a esta necesidad de salud pública, las organizaciones privadas y organismos internacionales, deberían incluir en la agenda de control y manejo de la crisis sanitaria por el COVID-19, la prevención y atención de la salud emocional de la población.

No se puede culpar a la gente común por ignorar o minimizar los riesgos de una pandemia como la que azota al mundo en estos momentos. Partamos por reconocer que no estábamos preparados para reaccionar en forma colectiva y solidaria. Como sociedad tendemos a reaccionar instintivamente frente a catástrofes naturales, porque aunque devastadoras, como en el caso de los terremotos, son episodios breves y de efectos tangibles. Una campaña improvisada y descoordinada con la que se pretende enfrentar colectivamente la pandemia COVID-19, sólo tendrá efecto en cierto sector de la población, por un tiempo considerablemente breve e insuficiente para evitar contagios en forma eficaz.

La conciencia colectiva sobre los riesgos y el peligro es inestable y tiende a desaparecer con rapidez, por lo que es necesaria una estrategia científica y profesional de manejo de información en forma gradual, que contemple una intensa cercanía y vinculación con líderes comunitarios, agrupaciones ciudadanas, empresariales, profesionales, organizaciones civiles, comunidades universitarias, iglesias, sindicatos, etc.

La idea es crear, impulsar y/o fortalecer redes de información, apoyo y coordinación con las autoridades sanitarias, para mejorar la efectividad de las medidas preventivas de la emergencia sanitaria. Además, es necesario involucrar a los especialistas en salud mental, a los centros de investigación, universidades, y colegios de profesionistas, para que se diseñen estrategias de atención y orientación a la población que requiera asistencia profesional en materia psicológica y de salud emocional. En este sentido, hay una amplísima experiencia que demuestra la efectividad de atención psicológica en su modalidad virtual. Lo importante es que estos especialistas puedan asesorar también, a los responsables de las campañas y mensajes públicos en el manejo de la crisis.

Habrá sin duda, muchas lecciones derivadas de la pandemia, ojalá y entre ellas la sociedad y sus representantes valoren la importancia del factor socio-emocional en el manejo de una crisis sanitaria. Los especialistas en educación, sabemos que históricamente la vida emocional ha sido relegada, incluso por la propia psicología tradicional, y hoy cobra relevancia a la luz de los nuevos descubrimientos en neurociencia.

Es el momento de cambiar el discurso oportunista por el mensaje útil que necesita escuchar la gente. Para ello es necesario que los voceros del gobierno, incluyendo a los habilitados en el sector salud, se asuman como comunicadores socialmente responsables  de la información que se transmite a la población. No sólo se trata de leer informes estadísticos y de transmitir mensajes con subtextos ideologizantes. Tampoco la sociedad espera matices engañosos e información científica a secas o manipulada. La sociedad espera la verdad de lo que sucede y lo que vendrá, pero sobre todo qué se está haciendo para enfrentar la crisis y qué se necesita para salvaguardar la salud integral de la población.

Luego se podrá proyectar una actuación -con sentido de congruencia- de todos los actores de la vida nacional: políticos, empresarios, líderes de opinión, etc. Se trata de potencializar liderazgos y crearlos donde no los hay. El reto es generar un concierto armónico que ofrezca espacio a todas las voces y expresiones en favor de la conciencia pública y la solidaridad.

Si se presta atención al factor socio-emocional, estaremos preparando a ésta y a las futuras generaciones de mexicanos para enfrentar con dignidad  calamidades como el COVID-19 y las que vengan.

*Ernesto Palma Frías. Es Director Ejecutivo de la Fundación Mexicana para la Excelencia Educativa.

Correo electrónico: excelenciaeducativa01@yahoo.com

 

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