Chulas fronteras del norte (1921-1941)

Por José Luis Enríquez Guzmán

 Ándandome yo paseando por las fronteras del norte
¡Ay, qué cosa tan hermosa! De Tijuana a Ciudad Juárez,
de Ciudad Juárez Laredo, de Laredo a Matamoros, 
¡Sin olvidar a Reynosa!

Piporro “Chulas fronteras del norte”

A 150 kilómetros de la línea limítrofe de Nuevo León con Estados Unidos se encuentra un poblado fundado a mediados del siglo XVIII bajo el nombre de Rancho la Manteca. Sin embargo, a principios del siglo XIX de sus calles salieron dos líderes insurgentes que pelearían en la guerra de Independencia junto a Mariano Jiménez: José Martín y Rafael Herrera. A finales de esa centuria, ya instituido como villa, recibió el nombre de Los Herreras, en honor a los combatientes insurgentes.

En las primeras décadas del siglo XX fue fundada una estación de ferrocarril, posiblemente por parte del proyecto industrial porfirista, que impulsó la construcción de vías férreas, principalmente en el norte del país y con inversión extranjera, en su mayor parte. A su vez, más hacia el noroeste, las ciudades fronterizas se vieron beneficias por la creciente industria del entretenimiento, que día a día atraía a más estadounidenses ávidos de alcohol y diversión que el artículo 18 de su constitución les prohibió tras la implantación de la Ley Seca.

Sin embargo, Nuevo León no vivió la bonanza en que se tradujo la búsqueda de entretenimiento, ya que la zona oriental de la frontera tuvo un repunte económico importante gracias a la construcción de proyectos manufactureros, que fueron imanes de migrantes provenientes del centro del país en busca empleos que eran imposibles de obtener debido a los daños que las luchas revolucionarias causaron a las actividades primarias y secundarias.

La madrugada del 16 de diciembre de 1921 debió ser cálida, mas no sofocante, un tipo de clima común durante el invierno en el norte. La tranquilidad de la penumbra de las únicas tres calles del pueblo, la principal, la del centro y la periférica, fue interrumpida a eso de las 3, ya que en la casa de Martín Ramírez su hija Elvira dio a luz a su primer hijo, producto del matrimonio con el agente aduanal Pablo González Barrera, con quien se había casado a penas en febrero de ese mismo año. De acuerdo con el acta de nacimiento de su primogénito, el niño nació sano, y recibió el nombre de Eulalio, en honor a su abuelo paterno, quien había sido capitán del ejército.

A pesar de la rigidez que denotan las fotografías de los padres de Eulalio, este cuenta que eran personas alegres, pero sin dejar a un lado la dura disciplina para educar a sus hijos. Don Pablo sabía tocar el violín y es seguro que amenizó algunas reuniones familiares que borraba, aunque fuera por un momento, la figura paterna inflexible. Por otro lado, su madre solía imitar a las personas que los visitaban. Eulalio dice que “era lo más divertido cuando imitaba a su comadrita, pero nunca fue profesional”. Es oportuno pensar que estas facetas poco conocidas de sus padres fueron clave en la formación artística del futuro Piporro.