El libro que lo tiene todo

Por Sergio Alberto Cortés Ronquillo

A través del tiempo, uno que goza de la literatura, se encuentra con libros que dejan una huella particularmente marcada ya sea por una u otra razón. Recuerdo cuando leí “Cien años de soledad”, al final, justo cuando acabé, no sabía si reír o llorar o gritar o berrear. Fue ese el descubrimiento de la literatura para mí, incluso sin haberlo querido leer al inicio pues me parecía aburrido; no pude dejarlo de lado hasta acabarlo. Fue la misma experiencia con “Pedro Páramo” del gran Rulfo. Antes del “Péndulo de Foucault” de Eco, que tampoco pude abandonar hasta acabarlo; leí este libro, el que lo tiene todo, que me causó todo el tiempo la misma impresión que haber acabado de leer el libro de Márquez. No pude dejarlo ni para salir de mi casa, y eso a sabiendas de que no podría leer. Debía tenerlo conmigo. Casi fetichista me sentí. El libro del que hablo es “El Silmarillion” de J. R. R. Tolkien.

Es la biblia del mundo de Tolkien, la creación de un mundo que tiene las mismas historias de nuestra realidad, esas de pasiones, horrores, héroes e infamias; todas reimaginadas. No podemos decir que sea un ejercicio de imaginación histórica, porque no son eventos de la historia universal replanteados, no, para nada: va mucho más allá. Es un libro épico. Y épico queda corto: la experiencia de leer este título queda en lo indescriptible porque te quita la respiración tantas veces como números hay del cero al número más grande imaginable.

Habré de ser sincero y es que en un inicio puede resultar medianamente tedioso debido a su narrativa: es como los clásicos, de una escritura pausada, atención al detalle y descripciones que no dejan lugar a dudas; sin embargo, conforme avanzas en la lectura, se va abriendo un mundo tan extraordinario que uno duda de que esta obra sea un texto meramente ficticio, uno duda de que pueda llegar a tener un fin, uno duda que el clímax sea alcanzable en algún momento porque todo tiene un aura de emoción acrecentada. Los personajes tienen tanto de humanos que olvidas que son elfos, descendientes de “dioses”. Las aventuras están bañadas de un tinte ficcional inevitablemente impregnado que, no obstante, concuerda totalmente con esa realidad narrada y hasta la nuestra. No cae en moralismos. Las cuestiones de traiciones, pleitos políticos o pasionales son abundantes y siempre en una continua tragedia andante. No todas son historias donde el bueno gana, y ni siquiera pareciera haber buenos y malos de no ser porque se deja claro que es Morgoth el enemigo de los Ainur y los Valar.

Los personajes tienen algo de entrañable y a pesar de ser muchos, muchísimos (hay que tener el árbol genealógico a la mano; quien piense que leer a los Buendía es confuso: bienvenidos a las ligas mayores); estos no se pierden, no los olvidas. Te confundes, sí, al menos eso me pasó, pero nada que una pequeña relectura de líneas arriba o de las referencias, no pueda salvar. Además, tenemos el internet, usémoslo para cosas útiles: investigar. Y es que es bien fácil perderse al leer “Ahora bien, Hador Lórindol, hijo de Hathol, hijo de Magor, hijo de Malach Ardan, se unió a la casa de Fingolin…”

Yo no habría comenzado a escribir novelas haber visto las películas del Señor de los Anillos de Peter Jackson. Desgracia e ignominia la que hizo con el Hobbit, pero de cine mi conocimiento es muy limitado. Cuando vi esas películas me quedaba sin aliento y me maravillaba al mismo tiempo que me aterraba con los personajes, los eventos, las peleas, la trama, la maldad y la virtud. Eso ya hace años. Cuando leí este libro por segunda vez, esa sensación regresó: la ensoñación, el no poder dejarlo de lado, llorar, sentirse vil, feliz, animado y asustado. Estupefacto. Es casi un estado continuo de limerencia (o sea, algo así como el estado mental involuntario cuando estamos en una relación romántica).

De cosas muy particulares: Sauron, el gran ojo de la Torre en Mordor, es nada comparado con Morgoth que tenía su ejército de Balrogs (el demonio de fuego que mata Gandalf en el puente de Khazad-dûm). ¡Sauron era su achichincle! Y de cosas que, de verdad, me hicieron sentir escalofríos: la batalla entre Fingolin y Morgoth. Todavía los siento al leer éstas líneas, la emoción y la ilusión son desbordantes: “Morgoth salió, subiendo lentamente desde el trono profundo, y el sonido de sus pisadas era como un trueno bajo la tierra. Y salió vestido con una armadura negra; y se erguía ante el Rey como una torre coronada de hierro y el vasto escudo, negro y sin blasón, arrojaba una sombra de nubes tormentosas. Pero Fingolfin brillaba como una estrella; porque la cota de malla era de hilos de plata entretejidos, y en el escudo azul llevaba cristales incrustados; y desenvainó la espada, Ringil, que relució como el hielo”. El amor de Beren y Lúthien es digno de canciones, deja de lado un romanticismo barato, común en la actualidad, y se enfoca en lo épico, es todo una constante pérdida de la respiración; es un amor legendario y grandioso, que yo me atrevo a comparar con clásicos como “El amor en los tiempos del cólera”. Sí, ya sé que son historias totalmente diferentes, pero te hacen creer, genuinamente, que el amor sí existe. ¡Todo gracias a la ficción! Obviamente, no dejemos de lado las fatalidades acontecidas a Húrin y su estirpe.

El Silmarillion tiene traiciones rastreras, las más épicas y descorazonadoras historias de amor, equivocaciones de seres mortales y divinos por igual, creaciones y destrucciones de mundos, civilizaciones tan grandes que caen gracias a la ceguera generada por sus pasiones descontroladas, sobrecogedoras tragedias… Sin duda, tiene todo, todo lo que se puede contar en la literatura.

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