Esperanza y optimismo ante la pandemia

Imagen: La caja de Pandora. John William Waterhouse

Por Ernesto Palma Frías[1]

Pandora- princesa de la antigua Grecia- recibió una misteriosa caja que le enviaron de regalo los dioses celosos de su belleza. Le dijeron que jamás debía abrir el regalo. Pero un día, dominada por la curiosidad y la tentación, Pandora, levantó la tapa para espiar, dejando en libertad las grandes aflicciones del mundo: la enfermedad, los malestares y la locura. Pero un dios compasivo, le permitió cerrar la caja justo a tiempo para atrapar el único antídoto que hace soportables las desdichas de la vida: la esperanza.

Desde la perspectiva de la inteligencia emocional, abrigar esperanzas significa que uno no cederá a la ansiedad abrumadora, a una actitud derrotista, ni a la depresión cuando se llega el momento de enfrentar desafíos o contratiempos. Las personas que abrigan esperanzas  muestran menos depresión que las demás, ya que actúan para alcanzar sus objetivos, son menos ansiosas en general y tienen menos dificultades emocionales.

Abrigar esperanzas en medio de la pandemia equivale a creer que cada persona está haciendo lo necesario para evitar contagiar o ser contagiado; que científicos de otros países trabajan incansablemente para encontrar el antídoto contra la enfermedad; que existe una voluntad colectiva que se traduce en esfuerzos comunes y que encontraremos las formas de salir de esta coyuntura sanitaria. En lo económico, que ninguna crisis es para siempre.

Habrá soluciones, porque somos un pueblo creativo, imaginativo y con mucha enjundia. Los desastres nos fortalecen. Además, la historia nos ha demostrado que “no hay mal que dure cien años”.

Al abrigar esperanzas, surge el optimismo, que significa que todo saldrá bien a pesar de los contratiempos y las frustraciones.

Desde el punto de vista de la inteligencia emocional, el optimismo es una actitud que evita que la gente caiga en la apatía, la desesperanza o la depresión ante la adversidad. El optimismo reporta beneficios en la vida de las personas, siempre y cuando sea un optimismo realista; un optimismo demasiado ingenuo, puede resultar catastrófico.

Según la Real Academia Española, el optimismo es la propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable. El optimismo inteligente no es un optimismo idealista o engañoso que falsea la realidad, sino una actitud que busca obtener el aspecto positivo de cualquier situación.

El optimista inteligente confía en que le van a ocurrir cosas positivas y trabaja para conseguir el éxito, conoce sus limitaciones y es consciente de la realidad, pero prefiere centrarse en sus posibilidades para conseguir lo que se propone.

El optimismo inteligente es una habilidad que se aprende y se desarrolla con la práctica. Se trata de encontrar el aspecto positivo de cualquier situación, en contraposición con el pesimismo que nos lleva a percibir el aspecto negativo de una situación; minusvalorar o magnificar un hecho; adelantar acontecimientos convencidos de que las cosas nos van a salir mal; interpretar las intenciones de los demás sin una base real; a sentirnos culpables de lo que ocurre a nuestro alrededor; o a centramos en lo que se podría haber hecho en el pasado.

El aislamiento social podría ser una gran oportunidad para ejercitar nuestra capacidad de ser optimistas y de enseñar a nuestros hijos y familiares a tener esperanzas. Es necesario hacer una introspección que nos permita identificar nuestras fortalezas personales y centrarnos en ellas. Aceptar la realidad y trazar metas realistas. Comenzar a diseñar el futuro. Hacer un recuento de lo que hemos dejado pendiente. Mirar hacia nuestro interior y descubrir la fortaleza que nos impulsa.

Tener esperanza y discernir con optimismo son elecciones personales. Decidir cómo sentirnos frente a la adversidad es una muestra de fortaleza y sensatez. Elegir no dejarnos arrastrar por la desesperación o la apatía, es signo de nuestro libre albedrío.

Elegir la esperanza y el optimismo como recursos para enfrentar el confinamiento social, es la mejor opción para fortalecer nuestra salud mental y con ello preservar nuestra salud física. En su extraordinaria obra, “La inteligencia emocional”, Daniel Goleman se refiere al estudio realizado por Bruce McEwen, psicólogo de la Universidad de Yale, sobre el vínculo estrés-enfermedad, destacando una amplia gama de efectos: la alteración de la función inmunológica hasta el punto que puede acelerar la metástasis de cáncer; el aumento a la vulnerabilidad a las infecciones virales; el exacerbar la formación de placa que conduce a la arterioesclerosis y la coagulación sanguínea que provoca el infarto de miocardio; la aceleración del inicio de la diabetes Tipo I y el curso la diabetes Tipo II; el empeoramiento y desencadenamiento de los ataques de asma.

El estrés también puede provocar la ulceración del aparato gastrointestinal, ocasionando síntomas de la colitis ulcerosa y de la inflamación intestinal. El cerebro también es susceptible de los efectos del estrés prolongado, incluyendo el daño al hipocampo y por lo tanto a la memoria.

Aún es temprano para establecer la relación entre la vulnerabilidad de las personas al contagio de un virus como el COVID-19, como consecuencia de periodos de estrés por tiempo prolongado y que comúnmente traen como consecuencia el debilitamiento del sistema inmunológico. Sin embargo, estos estudios basados en el impacto médico de la aflicción sobre el debilitamiento inmunológico, permiten apreciar una ventana de oportunidad en el abordaje sobre la prevención y eventual blindaje emocional para enfrentar la oleada de contagios de coronavirus.

Una actitud de esperanza y optimismo inteligente, conducen a la empatía y al altruismo, que están en  la cúspide la neuroevolución humana. Es decir, en sentido contrario, la falta de empatía es el origen de conductas disruptivas y en algunos casos criminales, como la violencia intrafamiliar, la rapiña y las agresiones, propias de personas con déficits en su desarrollo socio-emocional. Quienes tienen actitudes altruistas, han superado etapas de desarrollo neuroevolutivo que los ubican en niveles superiores de desarrollo psicosocial. Kristen Monroe (“The Heart of Altruism), propone reservar el término altruismo para las acciones realizadas por el bien del otro, asumiendo algún riesgo, sin esperar nada a cambio.

Según ella, las buenas intenciones son indispensables para el altruismo, pero no bastan. También hay que actuar, y la acción debe tener un objetivo preciso: el contribuir al bienestar del otro.

Sin duda, esta pandemia nos dejará muchas lecciones, como el reto formidable de evolucionar, acendrando en nuestra conciencia expresiones profundamente humanas como la bondad, benevolencia, gentileza, fraternidad, sororidad, compasión, esperanza, optimismo y altruismo.

Ojalá y nuestra sociedad descubra la oportunidad de reflexionar en torno a la necesidad de fortalecer a las nuevas generaciones, con herramientas y recursos socio-emocionales, que les permitan afrontar con mayores posibilidades de supervivencia, los enormes retos que les aguardan en materia ambiental, económica y de salud. Por ahora, tener esperanzas y pensar con optimismo, es la mejor forma de inocularnos contra la adversidad.

[1] [1] Lic. Ernesto Palma Frías. Director Ejecutivo de Fundación Mexicana para la Excelencia Educativa. Correo electrónico: excelenciaeducativa01@yahoo.com