Los peores vecinos del mundo (I)

Fotografía: Duân Smetana en Unsplash

Todos tenemos a los peores vecinos del mundo.

En pijama, con la cara y los dientes limpios, te introduces en esa abertura de pétalos frescos y blandos de las sábanas, tu cabeza abandona su postura erguida y se explaya en la frescura de una almohada mullida. Meditaciones finales del día, un último trago al vaso de agua, oprimes un botón: obscuridad. Descansan conos y bastones, pequeña hibernación. La calma abraza la habitación, el cuerpo, la mente. Constantes vitales aminoran su ritmo —y lo seguirán haciendo hasta casi acariciar la muerte. Sueño ligero, la antesala del universo ignoto de los sueños. De pronto, una tuba ataca una nota, le responden en tropel trompetas, trombones y clarinetes, bombo y platillos se unen al coro. La voz embeodada de un hombre termina de arrancarte de aquel limbo dulce en el que flotaste unos segundos. El fragor musical retumba en tu pecho al ritmo de notas gravísimas que vibran en tu ventana, en el vaso de agua, en tu cráneo. A la voz torcida, a veces hecha grito y otra berrido, se le une otra voz in situ: un graznido en tonalidades de una clave extinta. El volumen aumenta, o mejor dicho, el escucha cantaor lo sube con gran magnanimidad hacia los vecinos de toda la cuadra. Un remate doble de bombo, dos platillazos finales. El silencio acaricia los oídos: embeleso aterciopelado. Las ventanas, los vasos con agua, el cráneo tuyo y el de tus cohabitantes, así como las ventanas, los vasos con agua y el cráneo de decenas de personas de la cuadra dejan de vibrar. Saborean la tregua demasiado pronto: una tuba introduce una nueva canción. En la oscuridad, tal vez con los ojos abiertos —confusión de conos y bastones— babélica realidad. Preguntas existenciales. No, una sola: ¿es esta una nueva canción o regresé en el tiempo? El alboroto de bahorrina que inunda la cuadra parece, solo parece, otra canción. Resuelves el enigma: los clarinetes chillan, torturados, bajo un martirio distinto. Te convences, es otra, descansas. Sí, lo haces, pues no hay verdad que no de paz y que no aniquile. Alivio corto, ínfimo. Una voz más aguda que la anterior aturrulla a todos los escuchas silenciosos insomnes que, ridículos, yacen aún en sus aposentos cuando hay una fiesta allá afuera. Es decir, en una casa, en una habitación, con una sola persona que, generoso, se desgañita para todos los vecinos que, ingratos, desairan sus artes. Lo dicho: todos tenemos a los peores vecinos del mundo.

 

Autor: Vonne Lara

Diseño libros e intento escribir otros. Amo la música, la cultura, la ciencia y la tecnología. Mamá cósmica.

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