Fantasmas digitales

Laberintos Mentales

Mi cuerpo físico habita en un departamento desde cuyas ventanas se pueden ver galopar a los caballos, los sembradíos, y gente comprar los víveres. El tren que corre hacia el norte no se detiene, y en su paso el rugir de la maquinaria silencia momentáneamente el trino de las aves. Más al sur, por el malecón del río, se pasean las garzas gráciles, y algunas se refugian en los árboles ante el calor del verano que también quema a la poca gente que pasea por allí. El miedo al contagio ha cerrado los establecimientos, sin embargo al clima y a la naturaleza ello le es indiferente.

Pareciera que a sólo 30 minutos de distancia, donde se resguarda mi familia, la escena es radicalmente distinta, asomose la desesperanza en los hospitales, inundándolos. El terror se asoma en los diarios, en las redes. En mi pueblito me encuentro aparentemente sola, sin salir. Sin embargo, no puedo más que estar agradecida por tener lo necesario para resguardarme aunque no pueda ver momentáneamente a mi familia. Sola estoy, mas no solitaria. Mantengo mi ánimo auxiliándose de las redes y sus bondades. La fiesta en Twitter y mis llamadas con la abuela. Y algunas noches por semana en buena compañía, hago intercambio de idiomas.

No obstante, el encierro es la fuerza que nos confronta con nosotros mismos. El ser humano existe parcialmente a través de otros y confirma su existencia por la interacción social que tiene. El vernos al espejo es enfrentarnos, lo cual normalmente podemos evitar mediante la enajenación de la rutina. Pero cuando la rutina desaparece, el mundo se detiene, los demonios se asoman, las sombras se oscurecen y nos vemos obligados a encontrar la manera de sobrevivir: un poco de alcohol más, comida chatarra, dormir más… todo para no sentir la ansiedad que se va acumulando con el sentimiento que las paredes del encierro se compactan con el paso del tiempo.

Sintiendo el viento del atardecer entrando y susurrando por la ventana del estudio, mientras que preparaba otro texto para esta columna, a través de ese mismo ambiente llegó una misiva electrónica de alguien a quien ya consideraba fuera de mi vida. Fantasma electrónico que vino a perturbar mi paz, llegó con comentarios cuya lógica contradictoria empezaron a jugar con mis circuitos que intentaban descifrar el mensaje. Críptico rompecabezas verbal que intentaba armar conforme iba avanzando la conversación. El reloj de arena de mi escritorio marcaba el tiempo en el que una pregunta se hacía y se mal respondía.

El encierro puso bajo la lupa la psique de esta persona, y me la mostró de una manera tan perturbadora que sentí como un impostor se hubiese apoderado del cuerpo de él, puesto que le desconocí completamente. En unos pocos minutos el dolor que tanto me había infligido durante el tiempo que le traté, regresó, y terminé deshecha en lágrimas. El remanso de paz, mi tranquilidad proporcionada por los ansiolíticos, el sueño, el cuidado de mi alimentación, y mi mejora del sueño se fueron momentáneamente al traste por un incidente.

No estamos aislados, simplemente el calor humano se siente diferente. Me recuperé a las horas después de haber bloqueado teléfonos, redes sociales, cuentas de mensajería, y todo medio que fuese posible. Esta situación tan inusual de un mundo paralizado nos redescubre como humanos. Supongo que no es momento para descifrar misterios, no es momento de ponernos más al límite de lo que ya estamos. La indulgencia no está mal puesto que cada día nos enfrentamos a cifras de muertos, contagios, hospitales rebasados, falta de insumos, privilegio, vulnerabilidad. Ello nos va minando la paz. Nadie es inmune al horror, y en este momento lo que podemos hacer es en la medida de lo posible evitar a la gente que sólo viene a sacar sus frustraciones con nosotros, o que simplemente mueve fibras sensibles. Me había rehusado a bloquear personas, pero en esta ocasión me di oportunidad. Es esencial siempre poner límites, pero bajo estas circunstancias es una habilidad cuya ausencia o presencia es la diferencia entre la vida y la muerte.

Autor: Arantxa De Haro

Escritor amateur, multidisciplinario por pasatiempo, aficionado a los idiomas

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