¿Vamos a comer? (II)

Por Rodrigo Díaz Montes

Nos acomodamos de nuevo en el huevo gris de Carolina, me tocó de nuevo manejar y estaba por caer la noche. A Marcela se le olvidó pasar al baño antes de abandonar el lugar. Y eso se volvió una emergencia que no me permitió parar en el autoservicio para comprar lo que hacía falta en mi casa.

En el camino Melissa se volvió a contactar, esta vez con Marcela. Marcela, angustiada por las señales de urgencia de su cuerpo, no pudo concentrarse ni fungir como intermediaria, por lo que el teléfono quedó en manos de Carolina, le dió mi dirección y quedó de llegar en 45 minutos.

Ya en mi casa, con ánimo de ser buen anfitrión mandé comprar hielos, agua tónica, agua mineral y Coca-Cola. En mi casa siempre ha habido alcohol, pero nunca mezcladores.  Subí por la bocina para poner música, buena música para platicar. Puse ceniceros en las mesas, reacomode la sala para poder estar los cuatro juntos sin tener que gritarnos de lado a lado del cuarto.  Melissa seguía sin venir, no llegaba y nunca la esperé.

Días antes, uno de mis vecinos con los que me emborrachaba diariamente había hecho un trabajo de publicidad para un evento. Creo que era algo así como una tardeada veraniega en una terraza. “Estilo Nueva York”, decía mi amigo. El evento lo patrocinó una marca de ginebra, no recuerdo más allá de las botellas; eran negro brillante. Fue un fracaso y no hubo dinero para pagarle a mi amigo, por lo que recibió 5 cajas de producto y me vendió una, él quería dinero para comprar cerveza y yo se lo di.

Como empezamos con ginebra, seguimos con una de las botellas de la caja, limones partidos, agua tónica en la mesa y mucho hielo. Sebastián tomaba tequila y Marcela, ron. En ese momento y con esa botella abierta empecé a sentir una energía que jamás había sentido, al menos no con ella. Carolina había tomado una decisión, yo había hecho méritos suficientes y solamente me tarde 4 años. Aunque sentía eso, yo culpaba al alcohol, muchas veces me ha hecho ver cosas que no existen y más con Carolina.

No presté mucha importancia a esa sensación hasta que Carolina cambió de lugares con Marcela y quedó sentada a mi lado.

–Mejor– dijo ella mientras recargaba su lomo contra mi brazo.

En ese mismo momento yo estire mi brazo sobre el filo del respaldo y, sin abrazarla, su espalda quedó en mis costillas, cerca del pecho. Recargada en el mismo vecindario donde en mí habita ella.

Seguimos platicando, contando chistes, bebiendo y escuchando música cuando la vibración de su celular hizo que Carolina se apartara de mi lado. Revisó el celular y se levantó inmediatamente.

–Carajo– pensé inmediatamente, –Debe ser algún otro que la está buscando–.

Estaba equivocado, fue a la puerta de mi casa, Melissa ya había llegado.

Cuando por fin le puse cara y cuerpo a Melissa, inmediatamente llamó mi atención.

–Ro, te presento a Melissa– me dijo Carolina con el orgullo que una amistad sólida brinda a cualquiera.

–Mucho gusto, ¿Como estas?– le respondí mientras me acercaba a saludarla de beso.

–Muy bien ¿Y tú?– me respondió mientras sonreía.

Y que bonita sonrisa, blanquísima. Es de Acapulco y tiene una bellísima piel morena bronceada, de un color que solo se consigue con el sol costero. Su cabello negro sedoso y largo es cautivador. Sus ojos oscuros y enormes entrampan a cualquiera, son el acento perfecto a su belleza. En verdad es una de las mujeres más bonitas que había visto.

Melissa terminó de saludar a los demás y de una bolsa azul enorme que traía al hombro sacó una botella de vodka y un té de frutos rojos. Me pareció un excelente detalle prever lo que quiere uno tomar, sobre todo cuando son tragos de ese estilo. Una muestra de simplicidad y descarga que es envidiable, naturalmente quedé encantado de esa mujer, me gustaría nunca llegar a conocerla bien, porque vería todos sus defectos. Y sabiendo que me gusta sufrir, seguramente terminaría enamorado de ella.

Le ofrecí todo para completar su kit prearmado, limones, hielos, agua mineral, agua tónica, etc… Solo pidió hielos, un vaso y unas cartas. Subí por ellas y cuando bajé vi que mi lugar, a un lado de Carolina se había quedado, no vacío, reservado. La energía se volvió más intensa, podría ser que el alcohol no tuviera mucho que ver en esto, tal vez.

Puse las cartas sobre la mesa. Seguimos platicando, el ginebra empezó a fluir, los juegos se empezaron a jugar y no dejó de fluir y no dejamos de jugar hasta bien entrada la madrugada.

Mientras más pasaban las horas, más se aligeraban nuestros sentidos. Melissa me enseñó un juego de cuyo nombre no me acuerdo, pero que es verdaderamente imposible de ganar. Esto se tradujo en cantidades masivas de ginebra que inundaban mis venas, como para 3 borrachos. Pero casi siempre he podido dominar el exceso de alcohol, a veces, como en esta, hasta me acuerdo de las cosas.

 

En algún momento de la noche, Sebastián y Marcela nos estaban contando una historia de alcoba, bastante divertida pero más difícil de platicar. La risa derivada de un desmayo y mucha angustia dentro de la historia, que se puede resumir en mala puntería, me hicieron tirar mi enésimo trago sobre la mesa. Ya volado en ginebra fui a la cocina por un trapo para limpiar. Carolina me alcanzó en la cocina y no me había dado cuenta. Voltee para regresar y me topé instantáneamente con ella, sin decir nada señaló sus labios, pidiéndome un beso.

Fue la primera vez en que la noche se congeló. Ahí estaba ella, parada frente a mi. Con su piel clara y su pelo negro, ondulado y largo. Sus labios rosa pálido estaban esperando que los tocara con los míos. La besé, y justo cuando a través de los labios iba a soltar la pasión ella se alejó. Me dejó estupefacto, con una sensación parecida a cuando uno se sienta, suelta el suspiro e inmediatamente se tiene que levantar de nuevo. Ella llenó su vaso con hielos y los dos nos devolvimos a la sala.

Cada vez yo me veia mas tentado a dejar de reposar el brazo en el filo del sillón y hacerlo en el hombro de Carolina. Ella por su parte se hundía cada vez más en mí, poniéndose casi de manera perpendicular a mi, como pidiendo por ese abrazo.

Recibí de ella un mensaje que decía:

“Tranquilo, que aquí nadie sabe de nosotros, somos amigos y los amigos se abrazan de vez en cuando”

Sebastián es el único que no sabía. Y estoy seguro que pudo haberse dado cuenta si se hubiese interesado, pero es más inteligente que eso, decidió no importarle.

Melissa y Marcela sabían perfectamente sobre todo lo que ha pasado, una es su mejor amiga y la otra la conoció al mismo tiempo que yo, hace ya muchas estaciones. Yo decidí no ignorar, pero tampoco prestar mucha atención a su mensaje, la abracé y me puse a platicar con Melissa.

Entrada la noche, mientras me dirigí a la cocina para cortar limones, ella me volvió a seguir. Me preguntó, con temor al “¿qué dirán?”, pero con horror al “¿qué hubiera pasado?”:

–¿Me puedo quedar?

–Claro que si, es tu casa- le respondí, con esa amabilidad gallarda de alguien que quiere tener sexo. Más que tener sexo , yo quería hacerle el amor.

Quería entregarme en cuerpo y alma a alguien que lleva dominandome por años. Por fin, después de vivir a sus pies por tanto tiempo, iba a probar las mieles de su cuerpo, de su placer. Esa piel blanca por fin contrastaría con mi piel almendrada. Moría por ver su cabello negro sudado y sus ojos enormes de color avellana profundo entrecerrados por el placer que solo se puede obtener en la cama.

Yo sentía la sed de un esclavo que al fin iba a beber del mismo vino que su amo. Ese soy yo, un esclavo y ella es mi ama. Me domina en cada centímetro del cuerpo, en cada pensamiento. Estoy seguro que ella logra hacer que piense lo que ella quiere y por algo lo hace. Tal vez por diversión o tal vez es un amor muy enfermo, quién sabe; qué importa. Este momento se interrumpió por un trueno que cayó cerca. Con el trueno se rompió el cielo y empezó a llover.

Después de dos copas más, aprovechando que los demás estaban preparando sus tragos en la cocina, ella hundida en mi pecho y mis brazos, con una mirada amorosa y una sonrisa de ilusión me dijo:

-–¿Sigues teniendo la casa en Querétaro?–

-–Sí– respondí mientras la veía, completamente enamorado.

-–Vámonos el viernes y regresamos el domingo– contestó ella mientras jugaba con la manga de mi camisa

-–¿Y tus papás, te va a dar permiso?– Le pregunté yo, pensando en su madre, una señora encantadora, que siempre me ha tratado con mucho respeto y cariño.
-–Es verano, no hay problema– me dijo mientras se giraba, y quedando frente a mí, ponía su mano en mi mejilla. –Aparte, tú y yo nos debemos eso, una escapada, dejar todo atrás– a la vez que apretaba mis mejillas y me daba un beso en los labios forzados hacia adelante.
-–Vámonos– respondí con cierta incredulidad. Esa idea era muy buena, como un sueño. Un sueño en realidad.

Regresaron los otros invitados, nos alejamos un poco tratando de disimular la escena que seguramente presenciaron. Sebastián y Marcela no se percataron, o fingieron demencia. Melissa solo me miró, me sonrió y me guiñó el ojo. La noche siguió.

Cerca de la hora de llegar a su casa, ella mandó unos mensajes a sus padres, con muchas mentiras supongo, y consiguió solamente un permiso, por mensajes de texto me dijo:

–Hoy o el viernes, tú decide–, me dijo un poco molesta con la pantalla.

-–Hoy, el viernes no es seguro, te va a dar miedo– Respondí queriendo ya tenerla en mi.

Sebastián y Marcela estaban ocupados en lo suyo, no recuerdo si besándose o discutiendo. En algún cambio de copas Melissa se dirigió al baño y nos quedamos en un silencio muy cómodo para los dos, la música se volvió ruido blanco. Sentados, viéndonos e ignorándonos al mismo tiempo.

Yo me sentía como un niño que va a dar su primer beso o como adolescente que por primera vez va a tener sexo. Lo mágico del momento se aprecia mejor gracias al tiempo y sobre todo, la experiencia. Esas emociones y nervios de los momentos previos se vuelven más difíciles de encontrar y con un poco de reflexión sobre el aquí y el ahora, se aprecian más.

–-Dile que quieres que me quede, a ver si sospecha– dijo ella en mensaje.

—No es idiota, obvio va a sospechar– le respondí mientras la miraba con los ojos a punto de saltar de las cuencas de mi rostro mermado por el ginebra.

-–Tú solo dile– me respondió mientras sonreía con cierta curiosidad de lo que iba a pasar

Cuando Melissa llegó, jalé aire por la boca y le dije

–- Yo creo que Carolina está ya muy borracha, es mejor que se quede–

–-Sí, sin duda creo que es mejor que se quede– Respondió ella con una sonrisa de cómplice, sabiendo perfectamente que íbamos a pasar la noche juntos, muy juntos.

 

***

 

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