Cuarentena, la otra lectura

Ernesto Palma Frías[1]

En una visión optimista y esperanzadora de la pandemia, podríamos beneficiarnos del tiempo libre que nos deja el permanecer en cuarentena. Es cierto que existe una infinidad de propuestas de actividades para hacer de cada día de confinamiento, una jornada provechosa, productiva y benéfica para la salud física y para el esparcimiento intelectual y artístico. Hay tiempo para estudiar, repasar, reflexionar, meditar, ejercitarse y leer.

En estos tiempos, disponer de un espacio diario para leer con tranquilidad y aprovechamiento, equivale a construir un futuro neurosaludable. No se puede leer y disfrutar de lo leído con prisas, con estrés. La lectura sosegada baja la tensión arterial, la frecuencia cardiaca y el cortisol plasmático. Leer permite conocer las experiencias de otros, aprender de ellas; es como soñar, un entrenamiento para la realidad, para la vida. Leer es uno de los placeres de la vida.

Lamentablemente, la lectura es una actividad que despierta poco interés en la  sociedad mexicana: nuestro país tiene índices de lectura por debajo de los estándares internacionales. El promedio de lectura de los mexicanos es de 3.3 libros por año, mientras que en países como España esa cifra llega a 7.5 libros, los alemanes leen en promedio 12 libros anualmente. La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) realizó un índice de lectura, en el cual de una lista de 108 naciones, México ocupaba el penúltimo lugar.

Escuchar la radio o ver televisión son actividades que hacen más comúnmente los mexicanos, en comparación con la lectura.

Ante la realidad de que el mexicano no lee -y eso crea una pobreza intelectual por encima de la ya conocida pobreza material- podría llamar la atención otra forma de interpretar la importancia de la lectura: los avances científicos en neurociencia, que han demostrado una relevante vinculación entre la lectura y la salud cerebral. Tal vez esta sea una de las razones que incentivan el hábito de la lectura -entre europeos y asiáticos- que puede ser útil para elevar el nivel de prioridad y de dotación de recursos al fomento de la lectura y que debería incluirse en la agenda de políticas públicas en México y Latinoamérica.

Todo lo que supone cultura (estudiar, pensar, escuchar música, leer, etc.) tiene una connotación en forma de huella cerebral,  que implica cambios en la conectividad cortical (plasticidad sináptica, creación de espinas dendríticas) y en las estructuras subcorticales que las conectan. Esta gimnasia cerebral es el mejor garante de una buena reserva cognitiva, que nos puede hacer falta en el futuro.

Para destacar la vinculación de la lectura y la salud cerebral es fundamental comprender el concepto de reserva cognitiva como la cantidad y calidad de nuestro bagaje intelectual. Es el blindaje que tiene el cerebro para protegerse del deterioro cognitivo que acarrea el paso del tiempo o las enfermedades degenerativas. Si una persona predispuesta a sufrir demencia cuando llegue a los 80 años de edad, cuenta con una considerable reserva cognitiva, presentará más tarde los síntomas.

Gracias a que las nuevas tecnologías nos permiten apreciar el funcionamiento del cerebro en tiempo real, es posible identificar  los diferentes niveles en los que se expresa la actividad lectora en el cerebro, muestran porqué leer un libro puede ser una experiencia rica en emociones.

De acuerdo con el director del Instituto de Neurociencias de la Universidad Autónoma de Barcelona España[2], la lectura tiene importantes implicaciones en el desarrollo neuronal:

Decodificar las letras, las palabras y las frases y convertirlas en sonidos mentales requiere activar amplias áreas de la corteza cerebral. Las cortezas occipital y temporal se activan para ver y reconocer el valor semántico de las palabras, es decir, su significado. La corteza frontal motora se activa cuando evocamos mentalmente los sonidos de las palabras que leemos. Los recuerdos que evoca la interpretación de lo leído activan poderosamente el hipocampo y el lóbulo temporal medial. Las narraciones y los contenidos sentimentales del escrito, sean o no de ficción, activan la amígdala y demás áreas emocionales del cerebro. El razonamiento sobre el contenido y la semántica de lo leído activan la corteza prefrontal y la memoria de trabajo, que es la que utilizamos para resolver problemas, planificar el futuro y tomar decisiones. Está comprobado que la activación regular de esa parte del cerebro fomenta no sólo la capacidad de razonar, sino también, en cierta medida, la inteligencia de las personas.

Estudios recientes sobre el tema, muestran que palabras asociadas con olores (“perfume”, “café”) activan el córtex olfativo primario de los sujetos que las leen. Áreas muy concretas del cerebro relacionadas con la experiencia sensorial se activan al leer metáforas relacionadas con la textura: metáforas como “el cantante tenía una voz de terciopelo” activan el córtex sensorial. Los investigadores también han descubierto que expresiones relacionadas con el movimiento activan el córtex motor, el área del cerebro que coordina los movimientos corporales.

La lectura, por tanto, nos permite llevar a cabo una simulación de la realidad, que es completa cuando nos ponemos en el lugar de los personajes, para experimentar sus pensamientos y sentimientos.

De hecho, hay estudios que indican que los individuos que leen narrativa de ficción con asiduidad parecen estar mejor predispuestos a entender a otras personas y a empatizar con ellas. Cuando se lee se activa la corteza visual, áreas específicas para otorgar valor lingüístico a la información visual, áreas que otorgan significado a lo que se lee, áreas del lenguaje  y áreas relacionadas con la emoción o el placer de la lectura.

La neurociencia nos permite apreciar diferencias en el tipo de actividad cerebral en función del tipo de texto que se lee, dado que se ponen en marcha mecanismos cognitivos distintos. Los textos científicos son bastante uniformes, con estructuras comunes (introducción, material y métodos, resultados, discusión y conclusiones en los artículos de investigación) y poco espacio para la creatividad. Por el contrario, la poesía, la novela, el ensayo y otros géneros literarios, activan la memoria, la abstracción, el placer, la memoria prospectiva y las capacidades ejecutivas para su perfecto disfrute. En este sentido, el tipo de lecturas define mucho de lo que somos y de lo que seremos.

Las lecturas exigentes  necesitan de un cerebro con todas sus funciones cognitivas, especialmente las ejecutivas, atencionales y los diferentes tipos de memoria en perfecto estado, pues de lo contrario no se lee, sólo se pasan páginas.

Leer, leer mucho, es el paso previo para luego escribir y escribir es terapéutico, como saben todos los escritores. Muchas personas que sufren  problemas de salud sienten el impulso de escribir sus días de enfermedad, de contarlos y compartir sus experiencias. En estos días de confinamiento, el ejercicio alterno de la lectura y la escritura, podría cobrar un nuevo significado en la vida de las personas: proyectar las emociones y la posibilidad de generar un necesario diálogo interior, que termine mitigando el estrés y la ansiedad.

Un reto formidable de esta pandemia es redescubrir el potencial que guarda cada persona para  enfrentar los retos que inherentes a una postcrisis y de igual forma, las instituciones responsables del diseño e instrumentación de políticas públicas, deberían estar atentas de las nuevas necesidades de la sociedad a partir de la experiencia del confinamiento. La lectura es una práctica que encierra potencialmente beneficios en la vida de las personas mayores y efectos positivos en el gasto público en medios utilizados para tratar las enfermedades cerebrales.

El horizonte demográfico inmediato es el de una sociedad que envejece rápidamente y que plantea nuevos desafíos a las políticas públicas del ámbito social, como el de capitalizar la experiencia para generar más conocimiento y productividad más allá de la edad laboral, el de potenciar la calidad de vida, el de controlar los costos de los servicios de salud y geriatría, el de prevenir la manifestación de enfermedades cerebrales o vinculadas a la degeneración neuronal, a través de una intensa campaña para promover la lectura en todos los sectores de la población. Por lo pronto, hagamos un espacio en nuestra agenda cotidiana para dar cuenta de esa lectura pendiente. Su cerebro lo agradecerá.

[1] Lic. Ernesto Palma Frías. Director Ejecutivo de Fundación Mexicana para la Excelencia Educativa. Correo electrónico: excelenciaeducativa01@yahoo.com.

[2] Dr. Ignacio Morgado Bernal.

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