Crónicas de una araña

Laberintos Mentales

Somos uno y varios, somos el reflejo de lo que otros ven, somos quienes aparentamos, somos quienes se enfrentan al espejo en completa soledad. Somos todas esas representaciones del ser que se confrontan, somos nuestros miedos, nuestras manías, nuestras filias, nuestros secretos y somos todo aquello que mostramos. Somos nuestras mentiras y nuestras verdades. En las tormentas en una conciencia etérea que se manifiesta en varios ángulos las perspectivas de una misma persona. Siendo así que conocí a alguien, una joven mujer que no es la excepción a lo antes enunciado. En la soledad del confinamiento me ha confiado de su voz el cosquilleo que le aqueja, ese hormigueo que recorre su cuerpo:

Me encuentro descubriendo que en el encierro está despertando un hambre que va más allá de lo fisiológico, una manía. El aburrimiento es un vehículo que me está llevando a actuar con impulsividad. Siento como el agua de la regadera recorre mi cuerpo cuando me ducho en la oscuridad. No hay quien me recrimine el tiempo que paso allí, pensando. Cada folículo se activa ante el río de pensamientos que recorren mi consciencia. El golpeteo de las gotas que tocan mi piel como un instrumento, me recuerda que estoy aislada del veneno que recorre el aire exterior. Pero el veneno que corre por mi conciencia sigue allí.

Si me vieran en la vida real, no soy nada espectacular. “Común y corriente”, otros dirían “gris”, “aburrida”, “sin chiste”. Muchas veces confunden mi amabilidad con imbecilidad, pues debo de reconocer que la gente tiende a intentar tomarme el pelo. Supongo que una parte de mí quiere ver hasta donde son capaces de lastimarme, de dañarme, de romperme, por lo que me quedo inerte hasta que sobrepasan un límite que hace mi mente estalle.

Cuando el abuso ha rebasado límites tolerables, cuando mis ojos quedan secos de tantas lágrimas derramadas, cuando mi cuerpo queda adolorido por el espasmo repetitivo del llanto, cuando mi integridad emocional y física está apunto de quebrantarse, eso que se esconde en mí, esa bestia dormida, se despierta. Y con él, en mí aparece el instinto por devorarme los pensamientos de otros. Esa parte manipuladora, narcisa y desenfrenada. Secó mis lágrimas y en ocasiones río. Soy consiente que parezco otra.

Soy como una araña, ese monstruo que devora al agresor quien queda enredado en las telarañas de mi narrativa. Ante otros aparece que aún persiste esa cuasi-inocencia, sin embargo, en el fondo me pongo a planear una estrategia para enredarlos con mis hilos. Hace poco, alguien que me lastimó mucho pasó de ser “persona” a “objeto” en mi mente. Como un gato que juega con una bola de estambre, me gusta rebotar ideas dentro de la cabeza de esa persona. En muchas ocasiones recuerdo el gaslighting que me hacía, y ahora disfruto desmentir sus memorias. Escucho su confusión al teléfono, un cosquilleo de satisfacción recorre mi estómago, el cual es similar a la sensación de la adrenalina por el enamoramiento.

Sin embargo, sólo hubo una persona que entendió mi mente parcialmente. En marzo de 3 años atrás conocí a un joven caribeño que me hacía reír, y me trataba con una gentileza que sólo disfrazaba las eventuales violencias que ejercía sobre mí. En el ínter, adoraba viajar con él, adoraba sus bobas bromas, me gustaba despreocuparme y que trajera alegría a mi vida. No fue hasta el funeral de una conocida que me maltrató frente a otros. El colmo que me menospreciaba, me acosaba, me gritaba… todo quedó atrás en ese momento, pues esa bestia despertó en forma de un dragón iracundo. Entre gritos y sollozos le eché en cara todo. Cuando ya no le tuve enfrente recuerdo haberme secado las lágrimas y reírme a carcajadas. Se lo había creído.

La seducción en mí no se manifiesta en el físico. La seducción tan calculada es una mezcla de palabras y actitudes que atacan las vulnerabilidades de quien se atreve a lastimarme: historial de familia, traumas, inseguridades. Toda aquella información que fue recopilada durante una fase previa donde el agresor en turno me ha considerado débil, imbécil, dócil. Mi retorcido juego adquiere matices de batallas en donde la presa termina subestimándome, no sabiendo que soy su oponente, logro invertir los papeles y con satisfacción se pisotean egos y se sala raspado.

Ha casi trascurrido un año desde que otra persona logró desenmarañar una de mis estrategias. Me senté en una silla mientras que observaba los mensajes del mundo exterior, estando yo en una ciudad foránea y con un desconocido. Como boca de profeta simplemente me dijo: “tus acciones parecen más actos premeditados, políticos… ¿cómo pude ser tan imbécil y caer tan fácil?”. Estoy casi segura que mi expresión se deformó en una mueca de satisfacción.

Sin embargo, como a cualquiera, la bestia puede dormir, y puedo seguir siendo la misma persona aburrida. Puedo mostrar mi gentileza y actuar desinteresadamente. Puedo ser una persona funcional y socialmente adaptada. Pese a todo, una vez alguien me preguntó: “¿te gusta la persona que eres cuando nadie te ve?”, sin dudarlo le respondí: “sí, mucho”.

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